Al tema 9: No escribas

Una mujer sentada frente a una máquina de escribir antigua, estamos a su espalda y ella nos mira, posando, observándonos por encima del hombro. Viste una camisa de algodón marrón muy ancha. El relato se titula: "No escribas".
No escribas. Imagen libre de licencia: Pexels.

No escribas es un relato de fantasía y terror cómico perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema generado automáticamente por las aplicaciones de Android What to Draw?, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí, y la aplicación Art Prompts, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí.

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Tema a utilizar:


Captura de pantalla de la aplicación What to Draw en la que me sugiere el siguiente tema para mi relato: "Todo lo escrito por esta famosa escritora acaba ocurriendo".
Captura de pantalla de la aplicación What to Draw.
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SI TUVIÉRAMOS que explicar cómo empezó toda esta historia, seguramente deberíamos dejarnos de artificios, dejar a un lado los adornos y llamar a las cosas por su nombre: todo empezó por culpa de la estupidez humana. Esa estupidez que te lleva a alojarte en una cabaña abandonada en un lago donde han muerto tantas personas que la propia Muerte ha decidido quedarse a vivir allí para ahorrarse el transporte, esa misma estupidez que te hace preguntar si hay alguien ahí después de escuchar el ruido de unas pisadas en tu apartamento a las tres de la madrugada, a pesar de vivir sola. Para entender a qué me refiero debemos remontarnos a hace exactamente un mes.

24 de noviembre de 2021


Todo empezó la mañana en la que Raila amaneció con treinta años y el convencimiento de que quería ser escritora. No era una mala manera de empezar el día. Sus amigos, algunos mayores que ella, le habían avisado de que la crisis de los treinta caía sobre las personas a plomo, pero para Raila no era más que una leyenda, como aquellas que ansiaba escribir. Ese mismo día salió de casa con la firme intención de hacerse un regalo a sí misma. Lo tenía claro, iba a regalarse una máquina de escribir antigua y empezaría su primer cuento a la vieja usanza.
      Salió a la calle vestida con un jersey de punto amarillo, unos pantalones naranjas y unos zapatos marrones, caminó por una calle llena de anticuarios y se relamió con todos aquellos objetos que hablaban de un tiempo pasado. En un escaparate vio una muñeca de trapo que posiblemente habría andado por sí sola y matado a toda una familia, más allá una mecedora que seguramente en otro tiempo gustaba de moverse sola y en otro escaparate vio una mano negra de mono con un único dedo levantado, ese dedo que puede invitar a dos cosas fundamentales: 1) que alguien se vaya a la mierda o 2) que alguien te parta la cara por enseñárselo. Raila entró en el anticuario de la mano de mono, porque justo al lado de ésta había una máquina de escribir negra con manchas rojas.
      La puerta se abrió, golpeando una campanita situada en el dintel. La tienda olía a historia, aunque también olía un poco a polvo y a viejo decrépito, pero sobre todo a historia.
      —¿Hola? —preguntó Raila.
      Se acercó a un mostrador y esperó, mirando al muñeco de ventrílocua que se sentaba devolviéndole la mirada fijamente. De la trastienda salió un viejo decrépito que olía tanto a historia que Raila se preguntó cuánto hacía que no se bañaba.
      —¿Qué desea, jovencita? —preguntó el viejo.
      —Pasaba por delante de su tienda y no he podido evitar fijarme en lo que tiene en el escaparate.
      —Oh, lo siento, yo no he puesto la mano de mono en esa posición. No es la primera vez que entran a pedirme explicaciones. Verá, la historia de por qué la mano tiene ese dedo levantado es que…
      —Me refiero a la máquina de escribir.
      —Oh, eso…
      —Quisiera comprarla.
      —¿Quiere comprar algo de esta tienda?
      —Sí…
      —¿Por qué? ¿Quiere morir joven?
      —No creo que me muera por comprar una máquina de escribir, ¿no?
      El viejo decrépito miró al muñeco de ventrílocua y suspiró.
      —Como usted quiera.
      —¿Cuánto cuesta?
      El anciano no respondió, pasó al lado del mostrador en el que estaba Raila, se acercó al escaparate, cogió la máquina de escribir y la colocó junto al muñeco.
      —Cien euros.
      —Pero está llena de pintura.
      —¿Cuál pintura?
      —Mire todas esas manchas rojas.
      —¿Eso? ¿Pintura? Claro… pintura roja… tiene usted razón, es injusto cobrarle cien euros por una máquina de escribir llena de pintura roja. Dejémoslo en cincuenta. ¡No! ¿Sabe qué le digo? Mejor veinticinco. De hecho, ¿qué le parece si soy yo el que le da a usted los veinticinco? No se hable más, es un buen trato.
      El viejo sacó un fajo de billetes de su bolsillo y colocó veinticinco euros encima del mostrador con un golpe.
      —¿Se está burlando de mí?
      —No, señorita, le hablo totalmente en serio. Por favor, coja el dinero, la máquina de escribir y váyase. ¿No quiere llevarse nada más? ¿La mano de mono?, ¿este muñeco? Por favor, llévese también el muñeco.
      —No… gracias, solo quiero la máquina.
      —Tengo un ejemplar del Necronomicón, se lo dejo a buen precio: cincuent… no, doscientos euros de mi bolsillo.
      —Gracias, pero no.
      Raila cogió el dinero, la máquina de escribir y salió de allí cagando leches. El viejo decrépito empezó a temblar, el muñeco había girado la cara hacia él, negaba con la cabeza y de repente le dio un bofetón que la joven no vio porque ya había puesto varios metros de distancia entre la tienda y ella.
      Una vez en casa, Raila dejó la máquina de escribir en el escritorio de su estudio, cogió una hoja de papel y la colocó en la platina de la máquina. El rac-rac del rodillo le produjo mucho placer, ya se sentía escritora. «Veamos, ¿qué puedo escribir?», pensó dándose golpecitos en los labios con el dedo índice.
      Como si una bombilla imaginaria se encendiera a pocos centímetros de su cabeza, Raila empezó a escribir un cuento corto sobre un viejo decrépito muerto en el suelo de su tienda de antiguedades. Los dedos volaban por el teclado, el clac-clac era seguido del clinc y el rac y, entre toda esa orquesta de sonidos, un suspiro placentero brotó de la boca de Raila. Acababa de escribir su primer cuento.
      Se levantó de la silla, se crujió la espalda y se fue a la cocina para prepararse un café. Estaba contenta, se sentía feliz de haber tomado aquella decisión, siempre había querido ser escritora, pero le daba demasiada vergüenza.
      La cafetera burbujeó cuando la bebida estuvo preparada, la echó en una taza de porcelana y volvió al estudio, soplando el café hirviendo. Cuando llegó al estudio lanzó un grito de espanto y la taza se le cayó al suelo. Plantado en medio de la habitación, observando lo que Raila había escrito en el papel, estaba el viejo anticuario. El hombre se giró hacia ella y miró la taza rota en el suelo.
      —Ventrílocua está mal escrito —dijo el viejo—. Va con uve y tilde en la “I”.
      —¡¿Qué cojones hace en mi casa?! ¡¿Cómo ha entrado?!
      —Por el cuento —dijo el hombre señalando la máquina de escribir.
      —¡Váyase o llamo a la policía!
      —Hágalo, por favor, pero envíelos a mi tienda. Creo que estoy muerto. Bueno… no lo creo… básicamente su cuento se titula: Viejo decrépito muerto en su tienda de antigüedades. Un consejo, escoja títulos más cortos en el futuro. ¿Por qué me ha matado, señorita?
      —¿De qué está hablando?
      —Esa máquina está maldita, como todo lo que hay en mi tienda. Todo lo que usted escriba con ella se cumplirá. En este caso ha escrito: «Entonces el muñeco de bentrilocua le clavó en el pecho la mano de mono por el dedo corazón levantado y el viejo decrépito murió en el acto».
      —¡Me está tomando el pelo! ¡Largo de mi apartamento!
      —No puedo irme hasta que usted queme el cuento que ha escrito. Pero sigo sin entender por qué ha decidido matarme. ¿Fui demasiado insistente? ¿Quizá le di poco dinero por llevarse la máquina de escribir? No sé hasta qué punto me merezco haber muerto…
      Raila volvió a gritarle que se largara de allí, a lo que el viejo decrépito señaló la máquina de escribir y se encogió de hombros como quien dice: «Si yo lo haría, pero es que estoy atado de pies y manos». La joven, frustrada, corrió hacia la máquina, arrancó la hoja de la pletina y se quedó en medio del estudio, palpándose los bolsillos y mirando a su alrededor.
      —¿Qué busca, joven?
      —Pues… ¿por casualidad no tendrá usted un mechero?
      —En la tienda, uno que perteneció a un asesino en serie adorador de Satanás. Si estuviera vivo le ofrecería quinientos euros para que se lo llevase.
      —¡Maldita sea! ¡Espere un segundo!
      Raila salió del estudio, se fue a la cocina y encendió un fogón. Acercó una esquina de la hoja al fuego, cerró el gas y volvió al estudio con la página consumiéndose poco a poco por las llamas.
      —¡Ajá! —gritó esperando ver al viejo decrépito tan pancho.
      En vez de eso se encontró al viejo decrépito desapareciendo desde la pernera derecha del pantalón.
      —Gracias por quemar su cuento —el viejo solo tenía visible la mitad superior del cuerpo—. Recuerde no volver a escribir, señorita. No escriba.
      Raila soltó el papel que ya se había consumido por completo, al igual que el viejo decrépito.
      —¿Qué cojones ha pasado aquí? —se preguntó. Era una pregunta legítima, las cosas como son—. ¿Que no escriba?

25 de diciembre de 2021


Raila estaba en el suelo, a cubierto detrás de su escritorio, volcado en el suelo. Al otro lado había un caos de personajes salidos de sus cuentos. El estudio estaba lleno de pequeños diablos, criaturas con varias cabezas y un Papá Noel mutante con un solo ojo del que salían rayos láser. La habitación estaba destrozada, habían excrementos en las paredes y en el techo, marcas de quemaduras y rastros chamuscados del rayo de santa Claus.
      —¡Mierda, mierda y mierda! —dijo Raila justo en el momento en el que un trozo de techo caía a dos centímetros de su cara.
      Miró hacia arriba y vio que su vecina, la señora Gosip, asomaba las narices por el agujero de su suelo.
      —¡Buenos días, señora Gosip! —gritó Raila—. ¡Feliz Navidad!
      —Feliz Navidad, hija. ¿Qué es ese escándalo? ¿Tienes visitas?
      —Esto… ¡sí, exacto! Tengo visita… estábamos viendo una película. ¿Está demasiado alto el volumen?
      En ese momento una criatura que parecía una mezcla extraña entre un gorila y un bulldog francés lanzó una silla que se estrelló en la pared y quedó clavada por las patas. Se escucharon gritos de celebración y luego ruidos de devoración.
      —Bueno, un poco alto sí que está, hija.
      —¡Vale, señora Gosip! En seguida bajo el volumen, es que no encontramos el mando a distancia.
      Se escuchó un sonoro, estridente y terrorífico HO-HO-HOOOOOO, el estudio se iluminó con la luz roja del láser, empezó a oler a demonio a la parrilla y algo reventó, algo vivo que llenó las paredes de una sustancia verdosa.
      —Tendrías que haber hecho caso al viejo decrépito —se dijo Raila a sí misma—. Te lo dijo: «No escribas. No escribas», pero tú tenías que pasar de él. No sé cómo coño voy a quemar todos esos cuentos.
      Raila se asomó por encima del escritorio tumbado y vio un montón de papeles cómodamente situados en una estantería, luego miró a Papá Noel y tuvo una idea… Si conseguía que aquella mole apuntara su rayo láser hacia los cuentos… No perdía nada por intentarlo y quizá podría vivir para contarlo y poder escribir, en un ordenador libre de maldiciones, la historia de su vida en aquel último mes, empezándola por el principio, por la estupidez humana o, más concretamente, por su propia estupidez.

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