Microficciones 214: Rúnica gnómica

Nos situamos en el cielo y vemos un bosque desde las alturas, justo debajo nuestro. Las copas de los árboles están tan juntas que no parece haber espacio entre ellas y obtienen un aspecto parecido al musgo de las rocas. El relato se titula: Rúnica gnómica.
Rúnica gnómica. Imagen libre de licencia: Pexels.
Rúnica gnómica es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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ESTABA PERDIDA en el bosque, pero no le importaba, estaba en el momento preciso en el sitio adecuado. El bosque siempre le había gustado, se sentía en sintonía con la naturaleza, aquella parte del mundo a la que siempre acababa volviendo, como siguiendo una llamada que le gritaba desde lo más profundo de su ser. Rodeada de árboles, Devai se sabía a salvo, protegida por energías que no podía ver, como un ángel guardián o una zapatilla lanzada a la velocidad de la luz por una madre muy enfadada que ha dicho repetidas veces que al final vas a llorar con razón.
      Devai se quedó quieta frente a un arroyuelo cercano y suspiró, llenó los pulmones y luego expulsó el aire hasta quedarse vacía.
      —Esto es vida —dijo para sí misma—. Ojalá pudieras ver lo que yo veo, mamá.
      Proveniente de su vientre se escuchó un carraspeo. Devai se levantó la sudadera y dejó al descubierto su ombligo, o lo habría hecho si hubiera tenido algo parecido. En vez de eso su barriga estaba ocupada por dos ojos y una boca. Los ojos eran azules con pestañas espesas y los labios eran carnosos. Más allá de los labios unos dientes perfectos, todos ellos afilados como colmillos, pero muy bien alineados y blancos.
      —No sé por qué te empeñas en venir aquí cada semana, hija —dijo aquel rostro. Tenía una voz que parecía el rugir de unas tripas con mucha hambre.
      —Me gusta. Pero esta vez no estamos aquí por placer, mamá.
      —¿Ah, no?
      —No. Estamos buscando una piedra…
      —Ahí hay una. Asunto resuelto, vamos a casa, tengo hambre.
      —No seas así, mamá. Estamos buscando una piedra rúnica.
      —¡Pfff! Qué tontería. Las piedras rúnicas son un invento de gnomos para engañar al personal. No seas el personal. Las piedras rúnicas son la homeopatía de la magia.
      —Esta es distinta, mamá. Le cayó sangre de unicornio y ha adquirido poderes. Si la encontramos seremos poderosísimas.
      —Sangre de unicornio y runas gnómicas… ¿Y cómo esperas encontrar una piedra rúnica en el bosque? Son piedras normales y corrientes, y aquí hay millones de piedras. Además, la lluvia o el arroyo podrían haber limpiado la sangre y…
      —¡La encontré!
      —¿Estás de coña?
      —No, no es broma, piensa que esto es un relato para un blog, tampoco se puede alargar mucho la búsqueda. Además, en la comedia los deus ex machina son hasta un buen alivio cómico.
      —¿De qué estás hablando, Devai?
      —No lo sé, no hablaba yo, ha sido como si alguien tomara control de mi cuerpo. Un ente superior, bastante guapo, calvo y con gafas de pasta. Ha sido extraño. En fin, lo importante, mamá, es que ya tenemos la piedra rúnica y podemos hacer lo que queramos.
      —Un capuccino.
      —Me refería a dominar el mundo y a destruir a Orden de la luz…
      —Vivo en el vientre de mi hija, estoy en medio de un bosque y hace un frío del carajo. Quiero un capuccino.
      Devai meditó un segundo sobre aquello. Lo cierto era que estaba calada hasta los huesos, la humedad flotaba en el ambiente y se le pegaba a la ropa y al pelo. Hacía frío, porque aún faltaban dos meses para la primavera, y la verdad era que a ella, ahora que su madre lo había dicho, también le apetecía un capuccino calentito. Cogió la piedra, del tamaño de una bellota, cerró el puño entorno a ella y deseó un par de capuccinos con leche sin lactosa, en taza pequeña y un poco de azúcar moreno.
      La piedra emitió un brillo amarillo que se filtró entre los dedos de la mano de Devai y un segundo después la muchacha estaba sentada en una silla confortable frente una mesa redonda de mármol en la que reposaban dos tazas de porcelana blanca humeantes. En cada platillo bajo las tazas había una cuchara y dos sobres de sácarina.
      —Siempre me pasa igual —dijo Devai—, siempre pido azúcar moreno y me ponen cualquier otra cosa.
      —El café se toma sin endulzar —dijo la panza de la chica, de nuevo cubierta—, notando los matices amargos. Va, echa en el buche.
      Devai se levantó la sudadera, cogió la taza de su madre y se la volcó justo cuando la boca de su barriga se abría de par en par. Devai notó cómo le quemaban las entrañas, pero es que a su madre le gustaba el café hirviendo, odiaba dejar que se enfriase.
      Su vientre emitió un gemidito de satisfacción y luego la voz de rugir de estómago dijo:
      —¿Te vas a beber eso?
      Devai no respondió, solo cogió la taza y virtió su contenido en la boca de la barriga.
      —Esto es vida, hija mía. Podríamos haber pedido unas pastitas o algo.
      La muchacha sonrió y entendió que lo de dominar el mundo tendría que esperar, de momento usarían la piedra rúnica gnómica para pedir unos dulces y quien sabe si algún licor o, ya puestas, algo de comer, que caminar por el bosque siempre despierta el apetito. ¿Cómo sería el sushi creado por aquella piedrecita? Tenía ganas de comprobarlo y su estómago —que no su madre— rugió al imaginárselo.

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