Microficciones 213: Guerra Kotska

Vemos una hoguera en un mirador en lo alto de una montaña. De fondo, como una alfombra de luces, vemos una ciudad. Empieza a amanecer, el cielo se tiñe de tonos plateados y rosados y el fuego de la hoguera resalta en la tenue oscuridad. El relato se titula: Guerra kotska.
Guerra Kotska. Imagen libre de licencia: Pexels.
Guerra Kotska es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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LAS NIÑAS se reunían alrededor de la hoguera con las espadas envainadas posadas en el suelo a su lado, vestían sudaderas negras, raídas, pantalones militares negros y botas de caña alta y puntera de hierro. Las manos envueltas en vendas igualmente negras apuntaban aquí y allá a la hoguera para librarse del frío de la noche. Todas tenían rasguños, las caras sucias y las manos llenas de callos. Hablaban de cosas que, a ojo de cualquier adulto, podrían parecer antinaturales para niñas tan pequeñas, pero que para ellas eran la cosa más normal.
      —¿Visteis cómo agarré la lengua de ese kotska cuando me la lanzó y se la corté? —dijo una niña negra con el pelo afro largo y redondeado.
      —¡Fue brutal, Eslais! —respondió una pelirroja con la cara cubierta de pecas—. ¿Y cuando Ganxat cortó a uno por la mitad exacta?
      —¡Es verdad! ¿Cómo lo hiciste, Ganxat?
      —Fue potra —respondió la tal Ganxat, una niña con la cabeza rapada y varias cicatrices.
      —Eres demasiado humilde. Yo estaría flipándolo fuertemente.
      Las niñas se rieron por el comentario de Eslais. Escucharon pasos acercándose a la hoguera y tres voces de sobra conocidas. De la oscuridad emergió una criatura alta, vestida con una levita de cuero, una sudadera con la capucha cayendo a la espalda por encima de la solapa de la levita, pantalones militares y los pies desnudos. Tenía la piel azul y a parte de eso todo era normal. Es cierto que la criatura en cuestión tenía tres cabezas al final de tres cuellos que se metían por la sudadera, pero ¿quién no ha conocido a alguien con tres cabezas en algún momento de su vida?
      —¿Os habéis fijado —empezó Eslais con tono normal, pero bajó el volumen a un susurro que obligó a que sus compañeras se inclinaran hacia delante— en que la entrenadora siempre habla en el mismo orden? Si os fijáis siempre habla primero Moilaral, luego Rájanan y luego Narmor.
      —No way…! —dijo una niña a la que le faltaban los incisivos superiores, perdidos en alguna pelea.
      —Te lo juro, Bijet. Ya veréis, fijaos.
      —¡Silencio, niñas! —dijo la cabeza derecha de la criatura.
      Tenía cara de besugo, con los labios muy gruesos y los ojos saltones, no tenía nariz, lo que hacía que la apariencia de pescado sorprendido fuera aún mayor.
      —¡Sí, entrenadora Moilaral! —dijeron las niñas al unísono.
      —No seas tan dura con ella, hermana —dijo la cabeza central, con una cara que podría haber parecido perfectamente humana de no haber sido porque parecía perfectamente iguana.
      —¡Rájanan, no desautorices a tu hermana! —reprendió la cabeza de la izquierda.
      En su caso este escritor tira la toalla y se niega a decirte a qué animal se parece. En el mundo de las descripciones, la cara de Narmor sería un ornitorrinco descriptivo: imposible de concretar. Podía recordarte a un armadillo, pero también podía recordarte a una doble burguer con queso, patatas y bebida grandes.
      —¿Habéis descansado? —preguntó Moilaral.
      —Seguro que sí, se lo han ganado —añadió Rájanan.
      —No han hecho nada para ganárselo —replicó Narmor.
      Las niñas soltaron una risilla. Bijet, la niña sin incisivos, abrió mucho la boca y señaló a las entrenadoras para constatar que se había dado cuenta del orden que Eslais había mencionado.
      —¡¿De qué os reís?! —vociferó Moilaral.
      —Seguro que se han acordado de un chiste muy gracioso, ¿verdad, niñas? —intentó calmar Rájanan.
      —El chiste será cuando los kotskas las destripen porque están demasiado ocupadas con risistas pueriles —sentenció Narmor.
      —Mañana empieza la gran guerra. ¿No es así, hermanas?
      —Así es, Moilaral. ¿Verdad, hermana?
      —Así es, Rájanan, así es, Moilaral.
      —Tenéis que estar alerta. No demasiado, no somos monstruas que solo piensan en convertiros en armas para usaros en nuestro beneficio.
      La entrenadora Rájanan iba a hablar, pero Ganxat levantó la mano y la interrumpió. Rájanan miró a Moilaral y a Narmor, empezó a sudar, su cara de iguana era la definición gráfica del sufrimiento. Moilaral le dio un codazo para que hablara antes de implosionar. Rájanan suspiró y, como si tuviera miedo de que alguien le impidiera decir la suya, señaló a la cría con la mano alzada y dijo:
      —¿Sí?
      Una sola palabra le había producido más placer que aquella noche que pasó a solas con un vipgamo en la cama. Hay que decir que, para una criatura de tres cabezas, pasar tiempo a solas es una proeza que pocas personas —por no decir cero personas— serían capaces de explicar.
      —Habla, niña. —Se apresuró a añadir Narmor, antes de que le impidieran hablar y el sentido de la vida se hiciera añicos, como segundos antes le ocurrió a su hermana.
      —¿Por qué estamos en guerra, entrenadoras?
      —Os lo hemos contado cien veces —dijo Moilaral.
      —En realidad han sido cinco veces —comentó Rájanan, que se le daban mejor los números.
      —Cien… cinco… ¿de qué lado estás? —reprochó Narmor.
      Rájanan estuvo a punto de responder que en la razón no había lados, solo hechos. Pero como no le tocaba hablar se calló.
      —La guerra ha sido iniciada por los kotskas —dijo Moilaral.
      —Exacto, niñas. Los kotskas han atacado ya diez mundos. Y quisiera añadir que en la razón no hay lados, solo hechos —respondió Rájanan.
      Narmor puso los ojos en blanco, lo que de alguna forma le dio más aspecto de doble burguer con queso, patatas y bebida grandes, de lo que cabría esperar.
      —Nosotras estamos aquí y os estamos entrenando para acabar con los kotskas y restaurar la paz en el universo.
      Hubo un silencio denso. Eslais alzó la mano.
      —¿Sí, Eslais?
      La cría miró la cabeza derecha.
      —Di lo que quieras, niña.
      La cría miró la cabeza central.
      —Pero dilo hoy a ser posible.
      La cría miró la cabeza izquierda y sonrió.
      —En la batalla de ayer no me pareció que los kotskas quisieran hacernos daño. Vale, uno de ellos me atacó con su lengua, se la agarré al vuelo y se la corté, pero antes de eso le había pateado la entrepierna como usted, entrenadora Moilaral, usted, entrenadora Rájanan y usted, entrenadora Narmor me ordenaron por ese orden. Diría que buscaban algo.
      —¡Es verdad! —intervino Ganxat—. Uno de ellos se me acercó y, aunque en el momento de calentón de la batalla no lo entendí porque estaba ocupada cortándole el pescuezo, me dijo algo como: ¿Dónde habéis escondido el mando y por qué nos atacáis cuando queremos recuperarlo?
      Hubo murmullos aquí y allá. Más aquí que allá, porque a las niñas de allá no las he descrito ya que son demasiadas.
      —¡SILENCIO! —gritó Moilaral.
      —Eso, niñas, calláos un poco —respondió Rájanan.
      —¡Sois unas desagradecidas! —convino Narmor.
      —Ahora mismo vais a levantar el culo del suelo —continuó Moilaral.
      —¿Y se van a la cama? —preguntó inocentemente Rájanan.
      —¡¿A la cama?! —estalló Narmor—. ¡Van a dar dos vueltas a todo el campamento!
      Hubo quejas, pero no sirvieron de nada. Las niñas, las de aquí y las de allá, se levantaron del suelo murmurando, cogieron las espadas, se las colocaron a las espaldas y echaron a correr. Cuando estuvieron lejos, las entrenadoras resoplaron. No lo hicieron a la vez, primero resopló Moilaral, luego Rájanan y luego Narmor.
      —Esto es peligroso, hermanas.
      —Así es, Moilaral, ¿verdad, Narmor?
      —Así es, Rájanan. Esos kotskas están a punto de mandarlo todo a la mierda.
      —¿Alguna de vosotras sabía que esas cosas saben hablar? ¿Rájanan? —La cabeza central negó—. ¿Narmor? —Esta vez lo hizo la cabeza izquierda.
      —A lo mejor han aprendido, ¿no puede ser?
      Moilaral y Narmor miraron a Rájanan pensativas y la cabeza izquierda dijo:
      —No es descabellado. La evolución les ha hecho hablar para recuperar el mando.
      —Ya, pero, ¿por qué ahora? —preguntó Moilaral.
      —Quizá están intentando delatarnos —dijo Rájanan solo por decir algo.
      —Tiene sentido —comentó Narmor—. Pero, ¿qué culpa tenemos nosotras de que sean tan descuidados? Les robamos el mando, ¿y?
      —Hay kotskas que solo quieren ver el universo arder —dijo Moilaral con tono victimista.
      —En realidad —empezó Rájanan con mucha cautela, mirando a sus hermanas para ver si podía proseguir—… imaginad que en vuestro planeta natal solo hubiera un televisor y que nadie supiera de dónde ha salido o como se construye, y ahora imaginad que alguien roba el mando de ese televisor. ¿No os enfadaríais?
      —Ciertamente, pero también podrían levantarse para cambiar de canal.
      —Narmor tiene razón, Rájanan. Que sean unos vagos no es excusa para iniciar una guerra.
      —No quisiera que pareciera que estoy del lado de los kotskas, ojo, pero ¿vosotras os levantaríais para cambiar de canal? ¿Lo habéis hecho alguna vez?
      —No —admitió Narmor.
      —No —tuvo que confesar Moilaral.
      Rájanan suspiró.
      —¿Y si les devolvemos el mando?
      —¡¿Devolvérselo?! ¿Estás loca, Rájanan?
      Hubo un silencio.
      —En realidad podríamos devolvérselo como ofrenda de paz —dijo Moilaral.
      —Exacto. ¿Qué nos dices, Narmor?
      La cabeza izquierda alzó la ceja, que en la hamburguesa doble con queso, patatas y bebida grandes, equivaldría a la lechuga o al pepinillo en vinagre, suspiró y dijo:
      —Está bien. Puta presión grupal… ¿lo hacemos ya? Quiero decir… ¿llamamos a la líder kotska y le devolvemos el mando?
      —Bueno… tampoco hay tanta prisa —dijo Moilaral—. A fin de cuentas es un mando universal y creo que está a punto de empezar La isla de las tentaciones.
      —¡Cierto! —dijo Rájanan—. Yo no quiero perderme ese programa.
      —Bueno… —Narmor se quedó pensativa—. Entonces mañana, ¿no?
      —Dan una serie nueva —dijo Moilaral.
      —¿Pasado? —preguntó Rájanan.
      —Echan una peli que solo he visto dos millones de veces —comentó Narmor.
      Las hermanas se quedaron calladas justo cuando las niñas pasaban por delante de ellas, corriendo, completando la primera vuelta. Cuando se alejaron de nuevo, Moilaral dijo:
      —Bueno… tampoco hay que decidirlo ahora mismo, ¿no?
      —No, no hay prisa —comentó Rájanan.
      —Exacto, mañana con la calma. O no… ya veremos.
      Las entrenadoras comenzaron a andar hacia una tienda de campaña enorme, más grande que muchos pisos de Barcelona de esos que en el anuncio de la inmobiliaria te piden dos avales, dos mil euros y un hater al que le guste Star Wars: El despertar de la fuerza. Entraron, se sentaron en una butaca que parecía muy cómoda, metieron la mano entre el cojín y sacaron un mando a distancia dorado en cuyo reverso había una pegatina que ponía: Propiedad de los kotskas, encendieron el televisor de plasma gigante y suspiraron. No había nada mejor en el mundo que tomar decisiones correctas y mirar por el bien común. Aunque el bien común fuera solo el de tres cabezas que hablan en un orden concreto y cuya razón nadie sabría explicar con exactitud.

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2 comentarios en “Microficciones 213: Guerra Kotska

  1. No puedo con la presión de saber que se morirá un gaticornio. Por fin saco un huequito para leer uno de tus relatos del viernes. Había escuchado a las chicas que son muy divertidos y ya tenía ganas. No me ha defraudado, he leído con una sonrisa en la boca mientras desayunaba. Una hermosa forma de empezar el día. Gracias y espero regresar pronto por aquí, para pasar un buen rato y salvar otro gaticornio, por supuesto.

    • ¡Hola! Perdona por tardar en responderte. Me alegran dos puntos importantes de tu comentario: 1) has salvado un gaticornio, y 2) has leído un relato mío. Muchísimas gracias por dedicarme un rato. No sabes cómo me alegra leer que lo has disfrutado y que te he hecho sonreír. Yo también espero verte más veces por aquí.

¡Coméntame o morirá un gaticornio!

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