Las tres palabras 20: Yo ya no existo

Fondo negro, una mujer está iluminada levemente con una luz roja. Solo se le perfila un poco la silueta y se le distinguen ligeramente los rasgos: una nariz respingona, unos labios carnosos y un mentón pronunciado. Es una mujer guapa. El relato se titula: Yo ya no existo.
Yo ya no existo. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Yo ya no existo es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Las tres palabras», una sección dentro de «Ejercicios de escritura». En ella haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente con esta web.


cenefa2

Palabras a añadir:


ARMA 1
HILERA 2
INMENSO 3


cenefa2

SIEMPRE PENSÓ que la mejor forma de conocer a Dios era amar muchas cosas, y se entregó al amor como ninguna mortal lo ha hecho jamás, ni siquiera en aquella época remota en la que se escribían frases empalagosas en tazas de porcelana. Lo que Blaa no imaginaba —porque no es algo que se te suela pasar por la mente—, era que aquel amor incondicional hacia todo no le llevaría a conocer a Dios, sino a un demonio llamado Natsá.
      La muerte de Blaa no se produjo por un arma1, ni por una terrible enfermedad, ni siquiera murió atragantada, con una piruleta alojada en la tráquea y el palo blanco de plástico despuntando, custodiado por las dos hileras2 de dientes, Blaa murió como un dibujo animado: aplastada por un piano de cola. Lejos de lo gracioso que pueda parecer la escena —y ciertamente lo parece—, fue una muerte brutal: el piano la reventó por dentro y la aplastó de tal forma que cuando quitaron los pedazos del instrumento tuvieron que hacerlo con sumo cuidado, pues tenía adheridos trozos de carne y órganos vitales. En una de las teclas —nadie supo especificar si era un LA o un FA— había un ojo pegado, podría decirse, y de hecho alguien lo hizo, que nadie ha mirado tan fijamente una nota musical como lo hizo Blaa.
      El alma de Blaa salió despedida hacia un plano existencial en el que el tiempo no pasa ni con vaselina, como si fuera la sala de espera de un hospital o un fin de semana con tu cuñado viendo las fotos de su última visita al museo nacional de hilos y ovillos de lana. En aquel plano existencial se habían olvidado de pagar la factura de la luz, porque estaba completamente a oscuras, y Blaa se vio rodeada de un inmenso3 vacío negro.
      —¿Hola? —preguntó Blaa con una voz que nunca había escuchado. Sonaba clara y libre de frustración, como si nunca hubiera tenido ningún problema. Aquella ausencia de angustia le dejó clara una cosa fundamental: estaba muerta—. ¿Hay alguien?
      —No… —respondió una voz que sonaba por todas partes y a la vez por ninguna, lo que, de alguna forma inexplicable, la situaba a la derecha y arriba.
      —No sé dónde estoy.
      —Estás exactamente en el sitio en el que estás, ni más allá ni más acá.
      —¿Eres Dios?
      —Diosa —corrigió la voz omnipresente— y no, no lo soy. Por suerte para ti has ido a parar a Anoder, la otra dimensión.
      —Estoy muerta, ¿verdad?
      —Verdad.
      —¿De qué morí?
      —De lo que muere todo el mundo: de vida.
      —Eso no tiene mucho sentido. ¿Quién eres?
      —Natsá, soy un demonio etéreo.
      —Como mi televisor…
      —¿Cómo dices?
      —Nada, nada, un chiste muy absurdo que espero haga reír a quien esté leyendo este relato, para compensarle por haberlo publicado tan tarde, pero joder, se me ha pasado que hoy es viernes festivo y claro…
      —Eres rara.
      —¿Qué es este sitio, Natsá?
      —Anoder, la otra dimensión.
      —No, si eso ya me lo has dicho.
      —Pues no entiendo que me lo preguntes de nuevo…
      —Me refiero a qué es.
      —¡Ah! Haberlo preguntado así. Es una dimensión. Bueno… no una sino otra dimensión, la otra dimensión para ser exacto. ¿Entiendes? Hubo un silencio. Alguien en algún punto carraspeó, como se suele hacer en los silencios incómodos.
      —¿Hay alguien más aquí?
      —No, estás tú sola, hemos construido una, bueno, no una sino otra dimensión, la otra dimensión, para ti solita. No te jode…
      —Eres un demonio muy hiriente.
      —Soy un demonio, los demonios solo sabemos ser hirientes. Por ejemplo, verás, pregúntame cómo se presenta tu futuro.
      —¿Cómo se presenta mi futu…?
      —¡Muerto como tu cuerpo! —El demonio rió a carcajadas, pero en Anoder solo se escucharon grillos que, aunque Blaa no tenía forma de saberlo, sonaban a través de unos altavoces colocados ahí, ahí, ahí y… uno ahí, justo detrás de esa cosa que está junto esa otra—. ¿Ves? Soy hiriente por naturaleza.
      Blaa se quedó callada. Por lo que fuera no le hizo gracia el comentario de Natsá. Miró a su alrededor y le pareció ver algo moviéndose en la oscuridad. Entrecerró los ojos y se forzó a acostumbrarse a la penumbra. Forzarse a ver en la oscuridad es como cuando tienes que orinar en un pote de plástico, no ocurrirá cuando tú quieras, ocurrirá cuando le hayas entregado el pote a la enfermera y le hayas dicho: «Lo siento, no puedo, volveré mañana».
      —Disculpe —dijo una voz justo detrás de Blaa.
      La mujer dio un salto, pero por la mera costumbre, porque en realidad no sintió nada, ni miedo, ni ganas de darle un puñetazo en la boca al tipo, allá donde la tuviera, ni nada.
      —¿Sí?
      Blaa intentó ver a quien tenía ahora delante. No tuvo éxito, la oscuridad era más espesa que un chocolate preparado con esmero, pero con la particularidad de que quien lo ha preparada ha confundido el cacao soluble con el cemento.
      —¿Por aquí se va hacia allí?
      Blaa dudó un momento. Unos segundos que su interlocutor interpretó como que se estaba pensando bien la respuesta. Al final la mujer dijo lo único que se puede decir en estos casos: Sí.
      —Gracias —dijo la voz y luego, alejándose de Blaa, gritó—: ¡¿Lo ves, má?! Ya te lo he dicho.
      A lo que una voz lejana le respondió:
      —¡Ay, hijo, yo qué sé! ¡Aquí no se ve un carajo!
      —¡Eso es porque en esta dimensión se hacen así las cosas, má!
      —Pos podrían poner unas flechas de esas fosforitas que brillan en la oscuridad.
      Las voces se fueron apagando a medida que se alejaban. Blaa empezaba a sentir un dolor en la cabeza que no tenía sentido por dos razones fundamentales: 1) estaba muerta y su cuerpo era como un pedo en un ascensor, notablemenente presente pero intocable, y 2)… en realidad creo que solo hay una razón fundamental que engloba todas las razones subfundamentales que se puedan encontrar.
      —Entonces, ¿qué va a pasarme ahora? —preguntó Blaa.
      —La eternidad.
      —¿La eternidad?
      —La eternidad.
      —¿La eternidad es algo que pasa?
      —Como el tiempo y los trenes a Teruel.
      —¿Y qué voy a hacer durante la eternidad?
      —Lo que quieras. Siempre y cuando tengas presente que tú ya no existes.
      —Yo ya no existo… ¿y qué hace la gente que ya no existe?
      —Uf… tienes muchas cosas que hacer. Errar (de deambular, ojo, no de equivocarte), atormentar, poseer, quejarte, lamentarte, errar (de equivocarte, ojo, no de deambular)…
      —¿Quejarse y lamentarse no son la misma cosa?
      —¡Ni mucho menos! En un quejido puedes decir: «¡Joder, la comida no me sabe a nada!» y en un lamento puedes decir: «¡Mi eternidad es una mierda, la comida no me sabe a nada!», ¿captas los matices?
      —Mientras los captes tú…
      —Captado. Bueno, pues… un placer…
      —Blaa.
      —Eso… un placer Blablá…
      —Es Blaa, con dos aes, una be y una ele.
      —Para estar muerta eres demasiado quisquillosa Baal.
      —Blaa.
      —Laab.
      —Blaa…
      —¿Bala?
      —¡Blaa!
      —¡Joder con el bla-bla-bla! Va, lárgate de aquí y vete a molestar a otro demonio.
      La voz se quedó callada, dejando a Blaa sola en la oscuridad.
      —Sigues ahí, ¿verdad? —preguntó Natsá.
      —Sí, claro que sigo aquí… no me has dicho dónde tengo que ir, ni cómo tengo que ir, ¡ni para qué tengo que ir!
      —Hay que decírtelo todo. ¿Ves esa cosa que hay junto a esa otra?
      —No…
      —Pues coges ese pasillo hasta el fondo y luego a la izquierda. Adiós.
      Natsá se esfumó. Blaa se quedó callada, con los ojos entornados. ¡Parecía que su vista se estaba acostumbrando a la penumbra! Ahora, la negrura absoluta tomaba tonos grises absolutos. No era una mejora digna de celebración, pero era una mejora, que ya es algo. Menuda eternidad le esperaba.


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