Primeras palabras 11: La pérdida

Una lápida solitaria, con forma de cruz, en lo que parece una colina con hierba. El cielo está muy despejado y la luz del sol ilumina la piedra de la lápida. El relato se titula: "La pérdida".
La pérdida. Imagen libre de licencia: Pixabay.

La pérdida es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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JAMÁS QUISE hacerlo. Era el epitafio de la tumba que Venyans tenía a sus pies, no era un epitafio muy elaborado y, de hecho, ni siquiera era sincero, pero ahí estaba. Venyans, a la que sus amigos llamaban La Torturadora, y a la que sus enemigos preferían no llamar ni para felicitarle la Navidad, miró al cielo y se enjugó las lágrimas con la manga del jersey de punto blanco. Era una mujer alta, negra, gorda y con el pelo afro muy largo. Su ojo derecho era de color marrón oscuro, el izquierdo también, o lo había sido durante el tiempo que habitó su cuenca, ahora vacía. Una cicatriz le surcaba el párpado y se lo cerraba. Venyans lanzó un girasol, su flor favorita, sobre la hierba que crecía dos metros por encima del ataúd enterrado.
      —Siempre que veo esa frase me dan ganas de vomitar —dijo con una voz grave.
      —¿Qué puedo decir? —dijo una voz desdoblada tras ella.
      A su espalda apareció una criatura, como una sombra en tres dimensiones brotando de la tierra.
      —Mi hermana siempre fue la melodramática de la familia.
      —Igualmente… ¿«Jamás quise hacerlo»? Es absurdo, inexacto…
      —¿Mentira?
      —Mentira. Tú decidiste voluntariamente cargar contra la Horda Negra, armado solo con tu zapatilla favorita y el cinturón, con los pantalones por los tobillos y gritando: «¡Por la Gloria!». Tú decidiste voluntariamente arrasar Baniland, tú decidiste saquear el tesoro insaqueable. ¿«Jamás quise hacerlo»?, en todo caso «Jamás quisiste evitarlo».
      —Ya, bueno, ¿qué más da? Nunca llevó bien que hiciera un pacto con las sombras para quedarme en este plano existencial, viajando contigo. Ni siquiera creo que se pensara demasiado el epitafio. Me da igual. ¿Qué vamos a hacer ahora, Vens?
      Venyans se giró y miró directamente al rostro de la sombra. Tenía dos ojos, pero solo se insinuaban, como los rasgos de una estatua poco definida.
      —Seguimos con la búsqueda de un recipiente para ti.
      —¿Sigues con eso?
      —Moriste por mí…
      —Ya, bueno, no te tortures, ese piano pesaba mucho.
      —Y luego regresaste a este mundo por mí.
      —Los viernes de pizza también tuvieron algo que ver.
      —Me parece justo encontrarte un cuerpo.
      La sombra sonrió, de forma casi imperceptible. Aquella mujer había crecido mucho, cuando murió, dejándola sola, era solo una niña llorona y asustadiza y ahora, a sus trenta y cinco años, había viajado por medio mundo, había lidiado con demonios, vampiros, ogros, señoras que te miran mal cuando te sientas en el metro, y comerciales que te llaman a la hora de la siesta para venderte cualquier mierda.
      —Ya lo hemos intentado varias veces, Vens, ningún cuerpo puede asimilarme y siempre me rechaza. Estoy cansada de reventar a la gente desde dentro..
      —Esta vez será distinto.
      —¿Distinto? —El tono de la voz de Venyans era enigmático, estaba confiada y le ocultaba algo—. ¿Qué has hecho, Vens? Suenas enigmática, como si te sintieras confiada y me ocultaras algo…
      —Solo les he robado algo a las Antiguas.
      —¡Las Antiguas! Vens, te estás metiendo en un lío. No son cualquier enemigo. ¿Qué les has robado?
      Venyans sonrió con malicia, se metió la mano en el bolsillo, con la sombra expectante, luego puso una cara que dejó la malicia en un segundo o vigesimoprimer plano, y ascendió a la preocupación al primer puesto del podium de las emociones: abrió mucho los ojos, con la mano en el bolsillo, miró a la sombra, se mordió los labios y dijo: ups.
      —¿Ups? ¿Acabas de decir «Ups»? Dime que Ups es el nombre del trasto que has robado a esas viejas.
      —Lo he perdido.
      Venyans se palpó el otro bolsillo, los dos bolsillos traseros, el pecho, los costados, como si estuviera bailando La Macarena.
      —Se me ha debido caer.
      —¡Venyans!
      —¡No me grites! Estos pantalones tienen unos bolsillos diminutos. ¿Por qué cojones hacen los pantalones con estos bolsillos de mierda?
      —¡¿En serio quieres discutir ahora sobre moda?!
      —¡No quiero discutir sobre nada!
      —¿Qué les has robado, Vens?
      —La Piedra del Enlazamiento de Almas.
      —¡Llevabas la Piedra del Enlazamiento de Almas en el bolsillo!
      —Claro, ¿donde iba a llevarla? ¡No llevo mochila!
      —¡No deberías llevarla en ningún sitio!
      —Bueno, técnicamente ahora mismo no la llevo.
      —Sí, y encima bromeas… Tenemos que buscarla. ¿Dónde la viste por última vez?
      —En mi bolsillo…
      —¡Mierda!
      Venyans empezó a agobiarse, se imaginó a las Ancianas recibiendo la noticia de que había perdido la Piedra del Enlazamiento de Almas, también a las ancianas despellejándola viva en la plaza del pueblo por haber perdido la Piedra del Enlazamiento de Almas. Qué forma más tonta de morir.
      —¡¿VIENES A BUSCAR LA PUTA PIEDRA?!
      La sombra se había empezado a alejar de la tumba y ahora la esperaba unos metros adelante. Venyans suspiró, miró de nuevo la tumba y chistó con la lengua.
      —«Jamás quise hacerlo» —citó—, ¿a quién se le ocurre un epitafio así?



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