Microficciones 211: Relax

Una mujer afrodescendiente hace yoga en su salón, a su lado hay un perro de la raza akita ino, es un perro con la cara muy dulce, con la cola hacia arriba, tan retorcida que la punta le toca el lomo. De fondo hay dos ventanales grandes, por los que entra una luz muy bonita que ilumina el salón. El relato se titula: «Relax».
Relax. Imagen libre de licencia: Pexels.
Relax es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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LA LUZ del sol invadía la estancia mientras Couch hacía yoga junto a su akita inu, que la miraba tumbada, sin entender muy bien qué hocicos hacía su humana, pero como no parecía estar impedida física o mentalmente y, aparentemente iba a poder servirle la comida y sacarla a pasear, la dejó hacer. En la televisión la instructora hacía una postura que consistía en levantar la pierna derecha mientras se ponía en cuclillas apoyada solo en la pierna izquierda, con los brazos muy extendidos hacia delante y las palmas de las dos manos unidas. Couch imitó a la instructora y aguantó la posición.
      —A continuación haremos la postura llamada Vasaflipar —dijo la instructora retorciéndose hacia atrás.
      Apoyó los antebrazos en la esterilla y, con la espalda arqueada, alzó la pierna dejándola en posición vertical, mientras con el pie de la otra intentaba enhebrar una aguja.
      La mujer se quedó de pie, con la cabeza ladeada, intentando decidir por dónde podía atacar esa postura, para empezar no tenía aguja e hilo a mano, mucho menos a pie.
      Justo en ese momento llamaron al timbre. Couch miró hacia la puerta con el ceño fruncido. No esperaba a nadie.
      Pausó el vídeo, dejando a la instructora congelada con la aguja enhebrada entre el dedo gordo y el segundo, y fue hacia la puerta. Al echar un vistazo a través de la mirilla solo vio la parte superior de una cabeza moviéndose. Tenía pelo rubio y raya en medio.
      Abrió la puerta. Llevaba toda la semana recibiendo visitas de pequeñas scouts vendiendo galletas para pagarse el viaje de fin de curso.
      —Vais a conseguir que engorde todo lo que pierdo con el yog…
      Couch se quedó boquiabierta, mirando directamente a un ojo enorme que ocupaba casi por completo una cara azul y muy seca, posicionado justo sobre una boca grande llena de colmillos.
      —Saludos, humana —dijo aquella criatura.
      Tenía pelo rubio, peinado en dos trenzas largas que caían sobre su hombro y su pecho plano. Vestía un traje de neopreno plateado, unos guantes negros de un material extraño y unas botas del mismo porte. Tenía cuatro brazos, dos donde cualquier otro ser los tendría, y los otros dos brotando de las axilas de los anteriores.
      Couch cerró la puerta, dejando al ser con el brazo superior derecho alzado con el segundo índice —pues tenía dos dedos de cada— alzado.
      Sonó el timbre.
      Couch estaba con la espalda pegada a la puerta, respirando con fuerza. Su akita inu se acercó a ella y pareció querer preguntarle: «¿Quién es? ¿Es para mí? Si es para mí diles que estoy ocupada».
      Sonó el timbre.
      Sonó el timbre.
      Sonó el timbre.
      La mujer corrió a la cocina, cogió la escoba y se acercó de nuevo a la puerta.
      Sonó el timbre.
      Couch abrió la puerta y, aunque pudiera parecer que la segunda impresión sería mejor que la primera, sintió como si alguien le cogiera la razón, la exprimiera y le obligase a bebérsela antes de que se le oxidaran las vitaminas.
      —Saludos, humana.
      Couch le dio un palazo en la cabeza a la criatura, pero la escoba simplemente atravesó su cuerpo y se partió al impactar contra el suelo.
      La criatura miró la mitad del palo de escoba que cayó en el suelo del rellano y rodó hasta caer escaleras abajo, luego miró el trozo que Couch sujetaba, el roto lo había dejado puntiagudo. La mujer intentó apuñalar al ser, y la punta de la escoba atravesó su cuerpo como si fuera un holograma.
      —¿Sería usted tan amable de cesar en su empeño de arrebatarme la vida?
      —¡¿Quién eres?! ¡¿Qué eres?!
      —¿Cuál de las dos cuestiones ansía usted que le responda en primera instancia?
      —¿Eh?
      —Mi nombre es Burksaiekndekareeejmax, pero todes me llaman Max. Soy ruluxiane.
      —¿Ruluxqué?
      —No ruluxqué, ruluxiane. Ru-lux-iane. Vengo del planeta Rulux, en el cuadrante 32-Ele geminada. Al lado del Burger King del asteroide Rosalia.
      —¿Hay un asteroide llamado Rosalía?
      —Tratrá.
      —¿Perdón?
      —En su idioma significa sí.
      Couch miró la punta de la escoba y luego miró a Max.
      —Le agradecería que no intentara asesinarme de nuevo. Sus armas no sirven contra mí, soy un ser intangible.
      —Yo creo que se te entiende bien.
      —Eso es ininteligible. ¿Sabe usted hablar terráneo? Yo asistí a un curso online.
      —¿Qué quieres de mí?
      —Un recipiente cilíndrico de cristal con algo de H2O estaría bien, si no es inoportuno, y una invitación formal a acceder a su domicilio. Hay temas que nos acucian.
      —¿Nos qué?
      —Déjeme acceder a su diccionario para encontrar una palabra acorde a su nivel intelectual… —Max alzó el brazo inferior izquierdo como si fuera a mirar la hora, levantó un poco el guante y pulsó una serie de botones dispuestos en un aparato de muñeca—. Lo tengo: Hay una movida mazo urgente que lo flipas, pava. ¿Mejor así?
      Couch iba a responder ofendida, pero lo cierto era que así se entendía mucho mejor.
      —¿Puedo proceder a la incursión en su inmueble?
      —¿Cómo dices?
      A favor de Couch hay que decir que no es que fuera dura de entendederas, sino que estaba comprensiblemente conmocionada por toda aquella movida… situación.
      —¿Yo poder entrar en cueva?
      La mujer sintió un deseo irrefrenable de comprobar si la entrepierna de aquella cosa también era inintelitangible, en vez de eso se apartó y dejó que Max procediera a la incursión en su inmueble.
      Max se encontró con la akita inu y alzó los cuatro brazos en señal de rendición.
      —Terránea, su unidad cánida parece haber iniciado la secuencia de autodestrucción.
      —Qué va. Esta es Lucifer, solo está moviendo el rabo porque es una inconsciente y no te tiene miedo.
      —Oh. ¿Debo hacer algo?
      —Puedes acariciarla, pero no te dejará tranquilo.
      —Tranquile. Les ruluxianes somos no binaries.
      —Oh, perdona. Pues eso, si acaricias a Lucifer no te dejará tranquile. ¿Has dicho que quieres agua?
      —H2O, en efecto.
      Mientras Couch iba a por el agua, Max revisó el nombre de la unidad cánida en su dispositivo de muñeca. Tecleó L-U-C-I-F-E-R y cuando leyó el primer resultado decidió que no iba a acariciar a la unidad cánida.
      —Toma, tu agua.
      —Gracias.
      Max hizo que el vaso de agua levitase delante de su cara, el agua abandonó el recipiente en una esfera que parecía sólida y se acercó al ser, poco a poco se evaporó hasta que desapareció por completo.
      —¡Mmmm! H2O fresquita.
      Dijo aquello porque había leído en algún sitio que era algo que los terráneos solían decir cuando bebían agua.
      Couch enrolló la esterilla de yoga y la dejó en un rincón y se fijó en que Max miraba a Lucifer con el ojo entrecerrado. Le sorprendió poder percibir la desconfianza en aquel rostro.
      —¿Has venido a invadirnos? —dijo Couch.
      Max se había despistado un momento, pero las palabras llegaron a sus oídos —que en realidad eran dos orificios a cada lado de su cabeza— y reaccionó con naturalidad.
      —Una tarea demasiado ardua para llevarla a cabo de forma individual.
      —¿Eso es un no?
      —Tratrá.
      —¿Qué? Ah, es verdad, que significa en rulux-no-se-cuantos.
      —No, ruluxiane.
      —Eso. Entonces, ¿a qué has venido a la Tierra?
      —Vengo porque mi planeta está en peligro. Una guerra por culpa de los terráneos atenaza a les reluxianes.
      —¿Por nuestra culpa?
      —En efecto. Le capitane Jiuemsiehrkeotenjoe, a le que todes llamamos Joe, invitó a todo Rulux a una fiesta.
      —¿A todo Rulux? —interrumpió Couch.
      —A les doscientes.
      —Entiendo. Sigue, perdona.
      —El caso es que cuando Joe invitó a le capitane Hukplicakaruasam, a le que todes llamamos Sam, éste le preguntó si había que llevar algo.
      —Muy buen invitade.
      —En efecto. No se puede ir a una fiesta con las cuatro manos vacías. El caso es que Joe, conocedore de que Sam es une amante de la cocina terránea, le pidió que hiciera un plato típico vuestro.
      —Qué curioso.
      —No tanto. El caso es que Sam aceptó encantade. Dos años más tarde, cuando la fiesta se celebró…
      —Espera, ¿tardasteis dos años en celebrar la fiesta?
      —Claro, hay que dar tiempo a les reluxianes para que se preparen. No se imagina la de veces que podemos cambiarnos de indumentaria antes de quedar satisfeches con el resultado.
      —Aquí en la Tierra también pasa, pero dos años… Bueno, da igual, sigue. Pasaron dos años y…
      —Y se celebró la fiesta. Vinieron reluxianes de todo el planeta. Sam fue le últime en llegar, como siempre, y sus lacayes cargaban con una gran kutikan redonda…
      —¿Una qué?
      —Una bandeja.
      —Oh…
      —En la kutikan llevaba el manjar terráneo que había preparado. Hicieron sitio en la gran mesa que habían dispuesto para la ocasión, y les lacayes de Sam dejaron el manjar. Joe vio aquello… era un alimento redondo cortado en distintas porciones triangulares, tenía ingredientes diversos dispuestos por encima y algo que vosotros, terráneos, llamáis queso.
      —¿Una pizza?
      —Eso dijo Sam, sí.
      —Qué curioso.
      —No tanto. El caso es que Joe quiso probar la pizza, tenía curiosidad por aquel manjar terráneo. Sam le dio una porción y le capitane Joe le dio un mordisco.
      —¿Le gustó?
      —¡Ni mucho menos! Escupió el trozo y pidió a une lacaye que le metiera sus dos dedos índices en la boca para vomitar aquella… los terráneos decís mierda.
      —Qué curioso…
      —No tanto. El caso es que Joe, cuando ya hubo vomitado toda esa mierda, le declaró la guerra a Sam.
      —¿Por no gustarle la pizza?
      —En efecto. Joe le preguntó qué era esa mierda que le había puesto a la pizza. Sam le dijo que era algo a lo que los terráneos llamáis piña, y Joe le dijo que se fuera de la fiesta. Desde entonces les ruluxianes estamos en guerra. Necesitamos su ayuda.
      —¿Mi ayuda? ¿Qué quieres que haga yo en una guerra declarada porque la pizza llevaba piña?
      —Díganos cómo finalizar la guerra. He viajado a este planeta porque sé que los terráneos convivís con la pizza con piña.
      —¡Huy! No te creas, aquí en la Tierra también hay una guerra interminable entre el bando de la pizza con piña y el bando que no deja a los demás disfrutar de lo que le gusta sin darles el coñazo.
      —Entonces… ¿no puede ayudarme?
      —Me temo que no. Lo siento.
      —Entiendo. Pues solo se me ocurre una cosa. Venir a vivir a la Tierra, con usted.
      Couch alzó una ceja.
      —¿Cómo dices?
      —Conviviremos y esperaré a que su unidad cánida no haga que arda en las llamas del infierno.
      Couch empezó a protestar y a enumerarle los distintos motivos por los que no se podía quedar a vivir con ella. Mientras tanto Max tecleó algo en su dispositivo de muñeca y un haz de luz roja impactó contra los ojos de Couch. No sintió nada, su mente quedó en blanco.
      —A partir de ahora vivimos juntes —dijo Max.
      —A partir de ahora vivimos juntes —repitió Couch de forma mecánica.
      —Va a traerme otro cilindro de vidrio con H2O.
      —Voy a traerte otro cilindro de vidrio con H2O.
      Couch se levantó y caminó como un títere tirado por los cables de su titiritero. Max miró a la unidad cánida llamada Lucifer con desconfianza, pero se atrevió a tocarla y descubrió que era particularmente agradable. Vivir en aquel planeta podía ser interesante, seguro que allí nadie iniciaba disputas por temas absurdos.

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