Microficciones 208: Ni un solo vivo

Primer plano de dos manos entrelazadas en posición de rezo. El relato se titula: "Ni un solo vivo".
Ni un solo vivo. Imagen libre de licencia: Pixabay.
Ni un solo vivo es un relato de terror cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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DICEN QUE hay muchas formas de llegar a Dios, no es necesario, y de hecho nunca lo ha sido, acudir a la iglesia para hablar con ella. Dios es omnipresente y solo necesitas la intimidad de tu fe ciega en su existencia y el deseo de ser escuchada, escuchade o escuchado. Es así de sencillo, lo que pasa es que, como de costumbre, los humanos lo complicamos todo.
      Feiz rezaba siempre en su cuarto, no había pisado una iglesia en su vida y dudaba que fuera a hacerlo en un futuro próximo. No tenía nada en contra del edificio en sí, ni de lo que representaba, ni nada por el estilo, simple y llanamente no quería acabar convertida en una llama andante. Feiz, por si te lo preguntas, era una demonio y tenía prohibida la entrada a esos supuestos templos en los que se venera a Dios. ¿Su crimen? Haber nacido directamente de las llamas del infierno, que su padre fuera el Odio y su madre la Perdición. Poco o nada importaba que Feiz fuera bondadosa, que ayudara a quien lo necesitase o que escuchara pacientemente las divagaciones de los testigos de Jehová. Solo importaban sus orígenes. Las iglesias están dotadas, aunque mucha gente no lo sepa, de hechizos repelentes de demonios, y esos hechizos son incapaces de pensar por sí mismos, no pueden hacer el ejercicio mental de decir: «Sí, vale, eres una demonio. Ok, en tus venas, a parte de sangre verde y viscosa, hay azúfre, y si quisieras podrías sumir el mundo en el caos y el apocalipsis. Pero oye, no lo has hecho, eso te honra, además pareces buena gente, así que te dejo pasar. Siéntate y ponte cómoda, esta es tu casa». No… los hechizos, por norma general, son unos paletos que disparan primero y preguntan después. Te queman o te desintegran y cuando alguien dice algo como: «¡¿Pero qué has hecho, animal?! ¡Que era una bellísima demonio!», se encogen de hombros y simplemente dicen: «Ups… bueno, a lo hecho teta».
      Feiz tenía tantos años que, en algún momento de su vida, había decidido dejar de contar. Fue más o menos cuando su pastel de cumpleaños necesitaba tres pisos para abarcar las velas y su capacidad pulmonar no daba, a pesar de estar en plena forma, para apagarlas todas. Durante aquella vida tan larga se había visto envuelta en guerras entre el bien y el mal. Guerras tan simplistas como el propio concepto del bien y del mal, como si solo hubieran esos dos bandos, como si no existieran el bien, el mal, el regular, el bueno, podrían haberse hecho mejor las cosas, pero hay que errar para aprender y un sin fin de espectros más. Durante todo ese tiempo había rezado a Dios, a aquella entidad que veía las decisiones que tomaban sus múltiples hijos, llevándose una mano a la frente y negando con su divina cabeza. Había rezado también a Satanás, porque la fe es como una moneda con dos caras, una moneda que lanzas al aire y tienes que resignarte con la cara que quede bocarriba, aunque eso signifique que vas a tener que pagar otra ronda más.
      Dios y Satanás, de nuevo el bien y el mal. Cuando la gente hace el bien se dice que ha sido tocada o bendecida por la gracia de Dios, cuando obra mal es porque ha sido engañado por Satanás. En ambos casos, Dios y Satanás están sentadas juntas frente a la chimenea, mirando hacia el submundo en el que transcurren nuestras vidas, encogiéndose de hombros y diciendo al unísono: «¿Pero qué me estás contando? Si yo estoy aquí la mar de tranquila, no me metas en tus mierdas».
      Feiz estaba cansada, harta de que la gente diera por sentado que iba a poseer a alguien, que su sola presencia traía mal fario, como si tener una vida de mierda no tuviera nada que ver con las decisiones que cada cuál toma. Entendía que lo fácil para conciliar el sueño era descargar tus problemas en otra cosa o en otro ser, deshacerte de responsabilidades y decir que si te habías endeudado hasta las cejas, no era porque hubieras apostado hasta la hucha de cerdito de tu hijo a que un gallo podía darle una paliza a un toro bravío, sino a que un demonio, un bizco o un gato negro se le había cruzado por delante. Aquella actitud le hastiaba y le recordaba al chiste de la niña que le pregunta a su madre si da mala suerte que un gato pase por delante tuyo y la madre le responde que eso dicen, entonces la niña le pregunta si los coches negros también dan mala suerte, a lo que la madre le responde que no, que los coches negros solo traen mala suerte si te pasan por encima.
      Estaba harta de la humanidad.
      Pero seguía rezando. Su rezo, con los años, había cambiado un poco. Durante siglos rezó para que la gente recobrara el sentido común. Para que a pesar de su crueldad encontraran la paz y la felicidad. Pero a partir de cierto momento, quizá el mismo en el que dejó de contar los años que cumplía, decidió que si todo el mundo pensaba que era mala, quizá debía empezar a serlo. Como cuando un niño finge que está llorando y su madre le dice: «Como vaya yo vas a llorar con razón».
      Seguía rezando a pesar de que ni Dios ni Satanás parecían dispuestas a escucharla. Ella seguía ahí, al pie del cañón, cada mañana y cada noche, sin excepción. Como aquella noche de viernes, un 29 de enero de 2021. Se arrodilló a los pies de la cama, apoyó los codos en el colchón y suspiró antes de decir una vez más:
      —Por favor, solo os pido una cosa. Dios, Satanás, cualquiera de las dos… matadlos a todos. Que no quede ni un solo vivo.




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2 comentarios en “Microficciones 208: Ni un solo vivo

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