Al tema 7: Chatarra

Primer plano de una estatua de hierro oxidado, es un rostro de rasgos suaves, cabeza calva, tiene una serie de hierros soldados que parecen recorrer todo su cuerpo, como si fueran nervios a la vista. El relato se titula: Chatarra.
Chatarra. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Chatarra es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema generado automáticamente por las aplicaciones de Android What to Draw?, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí, y la aplicación Art Prompts, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí.

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Tema a utilizar:

Captura de pantalla de la aplicación What to Draw, nos propone el tema «Un comerciante, con una mascota parecida a un robot, hablando con un ser divino en un depósito de chatarra».".
Captura de pantalla de la aplicación What to Draw.
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SI TUVIÉRAMOS que ponerle banda sonora al inicio de este relato, sin duda debería empezar con Carmina Burana de Carl Orff, da igual si acto seguido quieres escuchar La salchipapa de Leticia Sabater, lo importante es que comiences esta historia con esa canción en la mente. ¿Por qué? Porque empieza como solo un cuento que tenga esa banda sonora puede empezar: con el sol saliendo tras una montaña de chatarra, iluminando el depósito municipal con su luz anaranjada y golpeando violentamente contra el rostro de una estatua de hierro oxidada, y con una mujer apareciendo desde el otro lado de la duna, haciendo visera con la mano, chiflando, bufando y maldiciendo. Por ese orden.
      La mujer se dejó caer por la ladera de morralla, como quien se desliza sobre los patines de sus esquís por una montaña nevada y, como un alud de nieve, a la mujer le siguió un rastro de trastos destrozados. Se quedó de pie y sus ojos se posaron en los de la estatua. Inclinó la cabeza, como solemos hacer los humanos cuando tratamos de entender mejor algo que nos están diciendo, y emitió un sonido de aprobación, como solemos hacer los humanos cuando creemos haber entendido lo que hemos escuchado, a lo que solemos decir: «¡Ah, vale, ahora lo pillo! El perro se llamaba Mis Tetas, ¿no? Vale, vale».
      —¡Eh, Chip! —gritó la mujer de improviso, girando sobre sí misma—. ¿Dónde narices se habrá metido ese chucho? ¡Oye, saco de tuercas, o vienes o te desinstalo las actualizaciones! No sé por qué le instalé el programa Curiosear 1.4.8, siempre se me escapa. ¡Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip! Me cago en la fábrica que te produjo en serie.
      La mujer se volvió a girar y, delante de ella, había una criatura de piel semitransparente, rodeada por un brillo tenue pero digno de mención.
      —Saludos.
      La voz de la criatura sonaba como una aspiradora que se ha tragado un calcetín usado y lucha por seguir aspirando, porque entiende que esa es su maldita misión en la vida.
      —¡Joder! —dijo la mujer y, como si se hubiera dado cuenta de lo absurda que había sido su aportación en un momento como aquel, añadió—: ¡jooooder!
      —Soy una diosa.
      —¡Joder!
      El ser inclinó la cabeza, como hacen todas las deidades cuando piensan: «¿Es lo único que va a decirme esta tía? Yo pensaba que los humanos habían dominado el don de la palabra hacía siglos. Menudo chasco».
      —¿De dónde has salido? ¿Estoy soñando? ¿Es esto una puta cámara oculta?
      —Por orden: de la estatua. No. No sé qué es eso, ¿se come? Tengo hambre, pero creo que devorar el mundo después de cien años dormida es una comida demasiado copiosa. Vale, el desayuno es la comida más importante del día, pero uf… creo que prefiero empezar con una cámara oculta de esas, suena deliciosa.
      —¿Has salido de la estatua?
      —Sí… tú me has liberado.
      —¿Yo? Yo no he hecho una mierda.
      —Sí, mujer, has conjurado mi nombre.
      —¿Cómo voy a hacer tal cosa si no sé cómo te llamas?
      —Oh, es cierto, perdona. Mi nombre es Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
      —¿Te llamas Chip?
      —No, me llamo Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip, con treinta y siete ies.
      —Estás de coña.
      No era una pregunta, era casi una imposición, tenía que estar de coña, porque aquello no tenía sentido.
      —¿Te he invocado al decir Chip con treinta y siete ies?
      —Yep.
      —¿Y si lo hubiera dicho con treinta y seis o treinta y ocho?
      —Evidentemente no me habría despertado, tienen que ser esas ies. ¿Cómo sabías mi nombre?
      —No lo sabía… estoy buscando a mi perrobot.
      —¿Qué cosa?
      —Perrobot, un perro-robot, ya sabes… como un perro pero que no deja la alfombra llena de pelos, ni te babea la cara mientras duermes. Se llama Chip, como una i.
      —Casi nos llamamos igual, qué curioso.
      —Casi… Bueno… yo voy a por mi perro.
      La mujer empezó a andar y se dio cuenta de que Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip le seguía. No caminaba, se deslizaba por el suelo y dejaba un rastro viscoso tras ella.
      —¿Dónde vas?
      —Contigo.
      —Y eso lo has decidido porque…
      —Me has invocado, estamos ligadas. Tengo que seguirte.
      —Mira, Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip…
      —No me llamo así.
      —¿Perdón?
      —Mi nombre es Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip, no Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
      —Es lo mismo.
      —No… mi nombre tiene treinta y siete ies, ya te lo he dicho, tú has dicho treinta y seis. Son dos nombres distintos, como Francisca y Nyarlathotep.
      —Pues… ¿lo siento?
      —Ah, no te preocupes, cuesta acostumbrarse. Bueno… ¿a quién quieres que mate?
      La pregunta tuvo el mismo efecto que si Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip le hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago y, una vez tirada en el suelo, le hubieran pateado la boca y luego le hubiera puesto una canción de Jesús Vázquez.
      —¿Perdona?
      —¿A quién quieres que mate?
      —Yo no quiero que mates a nadie.
      —¡Ah, vale, entiendo! —Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip le guiñó un ojo abriendo mucho la boca de paso—. Veo que eres de las tímidas. Bueno, solo tienes que escribírmelo en un papel y yo me cargo a quien sea. En realidad tendrás que leérmelo en voz alta, no sé leer.
      —¡No quiero matar a nadie! ¿Por qué narices querría algo así?
      —Has invocado a una diosa de la muerte. Tú dirás, chica.
      —Mira, Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
      —Eso son treinta y cinco ies. Es Chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
      —¡Como sea! Yo no quiero matar a nadie, así que tendrás que buscarte a otra persona.
      —No puede ser… si no mato a nadie tendré que matarte a ti, es la única forma de desligarnos.
      De repente, como quien no quiere la cosa, casi por arte de magia, una lista de personas a las que no echaría de menos, se escribió en su mente con letra clara, en mayúsculas, negrita, subrayada y con estrellas indicando quién podría ir en cabeza. Es maravilloso lo que pueden conseguir en una persona ciertas palabras pronunciadas en el orden correcto.



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