Microficciones 204: Otra mirada

Ojo en primer plano, bonito. La piel alrededor está cubierta de brillantes y purpurina. El título del relato es: Otra Mirada.
Otra mirada. Imagen libre de licencia: Pexels.
Otra mirada es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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ESCONDIDA TRAS unos arbustos, Nap espiaba a los humanos. Lo hacía a diario, a pesar de las quejas de sus madres, que le decían que no se acercase a esas bestias que transmiten todo tipo de enfermedades, como la estupidez o la autodestrucción. Pero Nap, como cualquier hija adolescente, había hecho buenamente lo que le había salido de ahí abajo.
      La aldea que Nap acostumbraba a mirar estaba habitada por gente mayor, o lo que se consideraba mayor para los humanos, una especie cuya esperanza de vida no superaba los cien años, la suya, en cambio, consideraba que a los cien años era cuando el cuerpo empezaba a cambiar, comenzaban a salir pelos en zonas que antes parecían la nuca de un calvo, la voz cambiaba y contratabas tu primera línea móvil. Esto último, sin duda alguna, era lo que la especie de Nap más temía: esquivar los estoques de los comerciales y decidir qué oferta se adapta más a tus necesidades. ¡Nadie quiere quedarse sin gigas en mitad de un episodio de El hombre y la sierra!
      La humana favorita de Nap era una mujer que estaba tan arrugada como cuando ella mete los dedos en el agua durante mucho rato. Siempre se preguntaba cuánto tiempo había estado aquella mujer en remojo para acabar así.
      La humana tenía el pelo gris, muy largo y la piel oscura. Estaba desnuda excepto por un trapo que le cubría las subvergüenzas, y los pechos descubiertos le caían a plomo sobre el vientre hinchado. En la mano derecha llevaba una lanza larga que usaba para apoyarse y poder andar, pero también para ensartar a la primera bestia que intentara tocarle mucho el coño. Nap la había visto en plena acción y siempre le fascinaba la agilidad de aquella vieja cuando estaba en apuros: cogía el arma, la mantenía en horizontal sobre su cabeza, respiraba hondo y la lanzaba, haciendo que sus pechos se movieran como si fueran las hondas que la raza de Nap usaba para cazar injurias, unas criaturas parecidas a los bisontes, pero con alas, peor hablados y con una capacidad natural para herir los sentimientos de los demás.
      La vieja se agachó junto a una vasija de barro con un tapón de madera antigua que había en el suelo fangoso, sacó la tapa con un plop y del interior saltó una rana roja con un cuerno blanco en la frente. La anciana la cogió al vuelo justo antes de que el animal tocara el barro, miró hacia los matorrales, justo donde se encontraba Nap, mostró su sonrisa desdentada y luego lanzó la ranacornio hacia ella. El animal emitió un sonido agudo parecido a criiiiiic que Nap pudo traducir con las palabras «Huhuk ka masú!» o lo que es lo mismo: «¡Puta vieja, me las vas a pagar!». La ranacornio cayó al suelo a los pies de Nap e intentó huir a saltos, pero la muchacha abrió la boca y disparó su lengua, que se alargó hasta que la punta se adhirió al lomo del animal, luego la recogió y la rana salió despedida hacia atrás, abriendo los ojos de par en par. Nap cerró la boca cuando sintió la rana en su interior y tragó sin masticar —una costumbre que su raza siempre había visto de lo más primitiva e innecesaria—.
      Cuando Nap se giró hacia la aldea vio que la vieja, apoyada en la lanza, se alejaba de ella. Nap sonrió y salió corriendo de regreso a casa, contando los segundos que le faltaban para regresar la mañana siguiente y ver qué delicia le tenía preparada la vieja humana.


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