Primeras palabras 7: La historia

En la foto vemos un fantasma, de los de sábana con dos agujeros para los ojos. Está escondido en una especie de habitación con las ventanas tapiadas con listones de madera. La luz se filtra entre los tablones. El título del relato es: "La historia".
La historia. Imagen libre de licencia: Pexels.

La historia es un relato de terror cómico perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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La frase a añadir es:

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HIJOS ESTA es la historia de como conocí a vuestra madre —dijo la fantasma enfocándose desde abajo con una linterna para darle más enjundia al asunto. Como si el hecho de que una fantasma, con su sábana encimera con agujeros para los ojos, te contara una historia no tuviera suficiente enjundia.
      —Ya la conocemos, mamá —dijo un crío fantasma, cubierto por la funda de un cojín con Luke Skywalker estampado.
      —Sí, mamá nos la contó, má —respondió su hermana, un poco más grande, cubierta por la funda de una almohada con estampado de armas semiautomáticas.
      La fantasma miró a sus hijos y suspiró, hastiada. Antes esas historias tenían más éxito en casa que el estreno de una nueva familia a la que atormentar. Pero desde que la mayor se había enamorado de un espíritu invasivo que vivía en la casa de al lado y al que veía desde la ventana de su dormitorio, y el menor había aprendido a imitar diversos ruidos y se dedicaba a ir asustando a la gente que pasaba cerca de la casa, sus historias habían pasado a un segundo o sexagésimo cuarto plano.
      —Lo que mamá no os habrá contado es que en nuestra primera cita…
      —… Poseísteis a una pareja de viejos y los hicisteis bailar la Macarena durante horas solo para poder ver cómo se quejaban del dolor de huesos después —interrumpió la hija como si recitara una lección que alguien le hubiera obligado a aprenderse de memoria.
      —Eso. La verdad es que lo disfrutamos, porque…
      —… era la primera vez que podíais tocaros —interrumpió esta vez el hijo con el mismo tono que su hermana.
      La fantasma se enfureció, empezó a hacer mucho frío en la sala y, como no sabía qué demonios hacer a continuación, optó por lo que cualquier madre en su situación habría hecho: castigar a sus hijos.
      —¡Ya está bien, respondones! ¡Ahora mismo vais a atravesar ese suelo y os vais directos a la cama sin atemorizar a nadie!
      —¡Hala, no es justo, mamá! —protestó el crío.
      —¿Sabes lo que no es justo? Que una intente pasar un rato con sus hijos y estos sean tan insensibles como vosotros. ¿Qué os ha pasado? ¡Antes éramos amigos! ¡Nos contábamos las cosas!
      —Pues ese es el problema, má, que llevamos setenta años muertos y nos hemos contado tantas cosas que ya nos las sabemos de memoria —dijo su hija de forma elocuente—. No es insensibilidad, es que no podemos salir de esta casa y no es que haya mucho que contar. Hace ya unos seis años que nadie viene a vivir aquí.
      —El mercado inmobiliario está muy mal —dijo la madre—. Eso leí en una hoja de periódico que el viento arrastró por debajo de la puerta principal.
      —Llámalo equis, má, el caso es que si siempre hacemos las mismas cosas y nos contamos las mismas historias… La madre fantasma recapacitó.
      A sus setenta años espectrales su hija se había convertido en una mujer muy inteligente.
      —¿Entonces estamos castigados, mamá? —preguntó el pequeño.
      —No, cariño. Perdona, estoy un poco frustrada. ¿Vamos a ver qué hace vuestra madre?
      No esperó a que le respondieran. Se levantó —o el equivalente a levantarse para un espectro flotante— y atravesó el suelo. Apareció en el techo del salón principal, a pocos centímetros de la lámpara de araña de cristales perfectamente polvorientos y engarzados en telarañas con más años que la palabra “palabra”. Flotó en dirección descendente hasta que se zambulló en el suelo del salón y dio a parar al techo de un sótano que le habría dado miedo al mismísimo Pennywise. Amigo de la familia, por cierto. En el sótano había una fantasma muy parecida a ella, solo que la sábana que la cubría era bajera. Estaba bailando mientras tarareaba una cancioncilla que le traía muchos recuerdos.
      —♫ … que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena… ♫
      —Hola, mi amor.
      —¡Joder, qué susto! —dijo la fantasma de la sábana bajera dando un respingo.
      Puede que te resulte raro que una fantasma se asuste. En realidad es la cosa más normal del mundo. De hecho es común entre los fantasmas, sobretodo al principio, cuando estrenan su primera sábana y aún no están acostumbrados a su condición fantasmagórica, asustarse cada vez que pasan por delante de un espejo. Entre los fantasmas hay varias frases recurrentes en esa etapa de aceptación, y una de ellas es: «¡Coño, un fantasma!» seguida de: «Ah, joder, si soy yo».
      —Perdona, cariño, no pretendía asustarte.
      —Joder, tía, te voy a poner un cascabel.
      —No podrías cogerlo.
      —Es una forma de hablar.
      —¿Qué hacías?
      —Pues bailaba antes de que me dieras ese susto. ¿Sabes lo que vas a conseguir un día dándome esos sustos? Vas a conseguir que me dé un vuelco el corazón.
      —Si tu corazón hace años que no late.
      —A eso me refiero, vas a conseguir que me dé un susto tan grande que el corazón me lata de nuevo y reviva. ¿Es lo que quieres? ¿Que reviva de un susto?
      —Va, no te enfades, ha sido sin querer.
      —¡Nos ha jodido mayo! Si llega a ser queriendo habrías sido muy cabrona, ¿eh?
      —Bueno, se podría decir que sería deformación profesional. Oye, una cosa, ¿tú sabes qué les pasa a los críos?
      —¿A parte de que hace setenta años que dejaron de ser críos?
      —Sí. No sé, los noto desganados. Les iba a contar la historia de cómo nos conocimos y me han cortado. «Is qui mimí yi nis li hi quintidi», me dicen.
      —No hagas burla a tus hijos, mujer, que se supone que eres la adulta.
      —Es que me ha dado coraje. Antes les interesaban nuestras historias, ahora pasan de todo.
      —Pues como tú cuando vivías y tus padres te contaban las mismas batallitas una y otra vez. Y yo… y todo el mundo. ¿Sabes qué creo? Creo que has contraído la enfermedad de Cualquier tiempo pasado fue mejor. Cualquier día les dirás frases como: «Yo a tu edad…» o «En mi época…». Deja a tus hijos que crezcan como quieran. Ya tienen bastante con estar ligados a esta casa. ¿Dónde están ahora?
      —Les he dejado en el desván. He dicho de venir a verte y pensaba que me seguían pero por lo visto no les interesa lo suficiente. Oye, ¿sueles pensar en el día que nos conocimos?
      —Pues de hecho, ahora, cuando casi me revives del susto, estaba cantando y bailando nuestra canción.
      —Vaya mierda de canción escuchamos ese día —dijo la de la sábana encimera riéndose.
      —¡Lo sé! Pero bueno, era la primera que sonó cuando poseímos a aquellos dos ancianos. ¿Quién iba a pensar que estaban escuchando Radio Teletaxi? Pero bueno, al menos el baile es divertido.
      —Eso sí. ¿Te animas a bailarlo?
      —¿Que si me animo? ¿Tiene el monstruo de Frankenstein complejo de micropene?
      Ambas rieron porque efectivamente lo tenía.
      La fantasma de la sábana bajera se puso a cantar La Macarena y bailaron juntas en el sótano de aquella casa en la que seguirían atadas. Tenían una buena muerte, una familia unida y solo necesitaban nuevas historias para que sus hijos sintieran algo de curiosidad. Quizá con un poco de suerte el mercado inmobiliario mejoraba un poco y alguien compraba aquella casa. Sería una buena dosis de historias que contar, las de cómo atemorizaron a una familia cuando más se aburrían.



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