Cuentacuentos 6: Encerrada

Una mano femenina está quitando una pieza del juego "jenga". Hay dos copas de vino sobre la mesa. El título del relato es "Encerrada".
Encerrada. Imagen libre de licencia: Pexels.

Encerrada es un relato de fantasía cómica perteneciente a Cuentacuentos, una subsección dentro de Juegocuentos, en ella escribiré una reinterpretación personal de cuentos clásicos. Es un recurso llamado plagio creativo. ¡Espero que disfrutes!

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• Historia original: Rapunzel.
     Puedes leer el cuento clásico en este enlace.

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SIEMPRE QUE jugamos a este juego me acuerdo de una historia —dijo la mujer mientras extraía una pieza de la torre de Jenga—. Es una historia casi tan vieja como ese vino que acabas de mezclar con gaseosa. No te preocupes, puedes tragar, tienes suerte de que no sea una de esas personas locas que la lían por estas minucias.
      La joven de gafas que se sentaba al otro lado de la torre tragó la bebida y, aunque se sintió culpable por un momento, el sabor le pareció tan agradable que se encogió de hombros y dio otro trago.
      —¿Qué historia es esa, Suri? —preguntó cuando casi había vaciado la copa.
      —Rapunzel.
      La de gafas hizo una pedorreta, pero tenía algo de vino y mojó las piezas de madera. Parecía que hubieran atacado la torre con una salva de flechas.
      —¿Ese cuento de hadas en el que una damisela en apuros es encerrada en una torre y un príncipe la salva escalando sujeto a la melena de la muchacha?
      Suri bebió un poco de vino, cruzó la pierna izquierda sobre la derecha y se acomodó en el sillón, esperando a que la de gafas moviera una pieza.
      —Esa es la historia que trascendió, Kal. La conoces así porque tu madre te la contó a ti, a ella su madre y a tu abuela se la edulcoró tu bisabuela (generación arriba, generación abajo). Ni es un cuento de hadas ni está protagonizado por una damisela en apuros. Y el pobre tarugo que escaló la torre no tenía nada de príncipe.
      —Te estás quedando conmigo, Suri, siempre lo haces.
      —Piensa lo que quieras.
      Suri se inclinó hacia delante, se echó vaho en la yema de los dedos, los movió como un mago que está a punto de hacer un truco de magia más complicado que sacarte una moneda de la oreja y extrajo un nuevo bloque de madera sin que la torre se inmutara. Se acomodó en el sillón de nuevo y se limitó a beber vino mirando fijamente a Kal.
      —¡Vale, me pica la curiosidad! ¿Me puedes contar la historia?
      Suri se hizo la difícil, pero no mucho, le encantaba contar historias y le encantaba cómo Kal la miraba embelesada mientras las contaba, se sentía poderosa, como si su voz pudiera embrujar. A veces se preguntaba si era eso lo que sentían las sirenas cuando atraían a los marineros con sus voces para robarles las carteras e irse de shopping.
      —Érase una vez…
      —¡Va, no hagas el tonto! —interrumpió Kal un poco sonrojada. A Suri le gustaba demasiado hacerla rabiar, decía que se ponía muy mona.
      —Vale, perdona, perdona. Hace muchos años, antes de que se inventaran los desatascadores de goma y las palabras malsonantes.
      —¿Tanto?
      —O más. Pues había una torre sin puertas en medio de un valle precioso.
      —¿Ves como había una torre?
      —Bebe y calla. En la torre vivía una criatura llamada Rapunzel. Rapunzel es una palabra que viene del idioma yají, una cultura extinguida hace ya algunos siglos, y significa “La que se alimenta de sangre y luego lo cuelga en las redes sociales”. Si una sabe eso ya no se acerca a la torre, ¿no crees? —Kal asintió un poco encogida de hombros en un gesto que solo podía significar «Obviamente…»—. A la criatura la encerraron en esta torre para que no matara, pues era la única de su especie y no podían liquidarla.
      —¿Por qué no?
      —Porque en su juventud la intentaron envenenar para librarse de ella, pero la persona que encargó el veneno era tan tacaña que no se fijó en que el brebaje estaba caducado. Lejos de cargarse a Rapunzel la volvió inmortal. Como ya no la podían matar la drogaron, eso sí, la persona que se encargó de comprar la droga se aseguró de que no se escatimara en gastos. Cosa que no fue difícil porque a la tacaña la pasaron por la guillotina y ya no tenía mucho que decir. Mientras la bicha estaba dormida como un gatito frente a la chimenea construyeron la torre y la encerraron en ella.
      —¿Mientras dormía construyeron una torre?
      —Sí…
      —¿Tú has visto lo que se tarda en construir un edificio?
      —Simplemente se aseguraron de que los obreros no fueran españoles. Sin tantas vacaciones, puentes, descanso para comer, descanso para cagar, descanso para el cigarrito, descanso para la partida de Brisca, y otros descansos, se construyó en menos de lo que un tartamudo tarda en decir trigonometría. Total que llegada la noche se escuchó un grito horrible que el viento transportó por todo el pueblo. Porque debes saber que la torre estaba en el centro mismo de un pueblo, pero eso fue antes de que el alcalde dijera: «Mira, yo paso de vivir con esa torre en medio del pueblo. No sé… me da mal rollo, ¿qué quieres que te diga?» y llamó a los que construyeron la torre para que transportaran el pueblo entero a otro valle. Porque los de la torre hacían toda cosa de clases.
      —Toda clase de cosas.
      —¿Eh?
      —Nada, sigue.
      —Sigo. Si me dejas. Pues eso, antes de que el alcalde dijera: «Ahí te quedas, bicho», la torre estaba en el centro mismo del pueblo, y aquella primera noche en la que Rapunzel se despertó y se vio encerrada lanzó un berrido que ni los tertulianos de los programas del corazón. «¡¿Dónde coño estoy?! ¡Os voy a arrancar los intestinos y me voy a descolgar por esta ventana en cuanto consiga quitar estos barrotes!». Por suerte para el mundo los barrotes eran de hierro y todo el mundo sabe que las criaturas sobrenaturales no pueden tocar el hierro. No les hace nada, simplemente no pueden tocarlo, está estipulado así en el convenio de criaturas sobrenaturales. En fin, que ahí estaba la bicha, encerrada en la torre, sin WiFi, sin libros, sin Netflix y sin TDT. Ni siquiera podía ver La isla de las tentaciones, que bueno… dado que no tenía nada mejor que hacer, habría sido una mejora.
      »Pasaron los años, el pueblo se mudó y Rapunzel siguió allí. «Joder, lo que daría yo por alimentarme de sangre y luego subirlo a las redes sociales», pensó ella. Se chupaba el pulgar porque un día recordó que su madre, tras decirle ella una y otra vez que estaba hambrienta, le respondió muy enfadada: «¿Tienes hambre? ¡Pues te chupas el dedo grande!» y ahí estaba ella, chupándose el dedo grande, imaginándose una pizza de sesos, una empanada de lengua, una quiche de corazón, y mientras pensaba en todo eso su estómago iba asintiendo.
      »De repente un día, cuando se chupaba el dedo grande de su cuarto brazo. Porque debes saber que Rapunzel tenía cuatro brazos y cuatro piernas. Pues cuando se lo estaba chupando escuchó un ruido en el exterior. «¡¿Quién va?!», gritó acercándose mucho a los barrotes de la ventana, pero sin llegar a tocarlos. «¡Un pobre hombre que se ha perdido!», respondieron desde el suelo del valle. «¿Hay alguna forma de entrar en esta torre?», preguntó la voz. Rapunzel puso sus seis ojos en blanco. Porque debes saber que Rapunzel tenía seis ojos dispuestos en dos columnas de tres ojos cada una. Pues cuando los puso en blanco pensó: «Sí, claro, hay una entrada, por eso llevo aquí cincuenta años sin actualizar mi Instagram. No te jode», pero en vez de eso respondió: «¡No que yo sepa!». «¡Veo una ventana!», dijo el pobre hombre que se había perdido. «¡Sí, yo también la veo!», gritó Rapunzel y luego añadió en voz muy baja: «Menudo lumbreras…». «¡Si pudiera escalar la torre de alguna forma podría acceder a la ventana y quizá entrar!». Rapunzel se encogió de hombros y pensó que mientras no tocara el hierro podía ayudar a aquel pobre imbécil a subir. Se cogió la cola. Porque debes saber que Rapunzel tenía una cola tan larga que ocupaba casi todo el suelo de la estancia, doblada como una manguera que no se va a usar de momento. Pues se cogió la cola, se acercó a la ventana y, con mucho cuidado de no tocar los barrotes, la lanzó al exterior. La brisa le pareció rara, ni agradable ni desagradable, simplemente rara, pero daba igual porque ya estaba hecho. Se imaginó a sí misma desplegando las alas. Porque debes saber que Rapunzel tenía unas alas enormes de murciélago. Pues se imaginó desplegándolas y volando con esa brisa que le parecía tan extraña y se preguntó si le gustaría. «¡Qué cuerda más pintoresca me has lanzado!», dijo la voz del exterior cada vez más cerca, «juraría que no me he sujetado nunca a una cuerda con esta textura. Bien parece que fuera carne y músculo y…». No terminó la frase, en cuanto vio a Rapunzel se soltó de la cola y cayó al vacío. «¡Ni me ha dado tiempo a alimentarme de su sangre y luego subirlo a las redes sociales!», se lamentó Rapunzel mientras veía al hombre desaparecer de su campo de visión. Solo escuchó un ¡Aaaah! muy largo y luego un ¡Patapum! muy corto.
      —Menuda forma de morir —dijo Kal.
      —Ya te digo.
      —¿Y qué pasó luego?
      —Pues un día el alcalde del pueblo que antaño había rodeado la torre se dejó caer por allí. Tenía curiosidad por saber si la torre seguía en pie, como cuando te mudas y pasado un tiempo pasas por delante de tu antiguo piso para ver si vive alguien, ¿sabes? Total que el hombre, que ya tenía sus buenos setenta años, fue hasta allí predispuesto a perdonar a Rapunzel, porque ya llevaba demasiado tiempo encerrada y quizá había recapacitado sobre su comportamiento. Cuando llegó al pie de la torre se encontró con el cadáver del hombre en el suelo, con la ropa destrozada, el rostro desfigurado y el vientre abierto, con todos los órganos desparramados por el suelo. Miró a la torre y gritó: «¡PENSABA PERDONARTE Y LIBERARTE, PERO HAY GENTE QUE NO CAMBIARÁ NUNCA!» y antes de que Rapunzel pudiera responder, antes incluso de que pudiera reaccionar a aquella voz que, de alguna forma, le resultaba familiar, el alcalde salió corriendo todo lo deprisa que sus articulaciones le permitieron.
      —¡Pero es injusto! Rapunzel no le hizo nada a ese hombre.
      —Desde luego que no, posiblemente algún lobo, algún duende o cualquier otra criatura se dio un buen festín con él. Además, por el golpe que se llevó, la carne debió quedar bien tierna.
      —¿Entonces qué pasó con Rapunzel?
      —Algunos dicen que se volvió loca y que se ahorcó con su propia cola.
      —Pero si era inmortal.
      —Lo cual no te impide ahorcarte, solo te impide morir ahorcada.
      —¿Sigue viva?
      —Como suele pasar con las criaturas inmortales.
      —¿Y sabes dónde está la torre?
      —Lo sé, pero eso es una historia para otro día. Va, te toca sacar pieza.
      A Kal le latía el corazón a ritmo de batukada, cogió una pieza de madera, pero estaba tan nerviosa que la torre se tambaleó para al fin caer sobre la mesa. Mientras la columna caía se preguntó qué habría pasado si alguien hubiera decidido que la torre de Rapunzel estaba justo en medio de donde querían construir un nuevo centro comercial y la hubieran derribado. ¿Rapunzel habría vuelto a alimentarse de sangre y luego colgarlo en las redes sociales? ¿Habría aprendido la lección y dejaría de matar a la gente? Pensaba pedirle a Suri que la llevara a donde se suponía que estaba la torre, quería verla con sus propios ojos y también a la criatura encerrada en ella.



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