Al tema 5: Gólem

Manos de mujer llenas de barro. Tiene un recipiente en la mano, también lleno de barro. Parece que está moldeando algo. El título del relato es Gólem.
Gólem. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Golem es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema generado automáticamente por las aplicaciones de Android What to Draw?, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí, y la aplicación Art Prompts, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí.

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Tema a utilizar:

Captura de pantalla de la aplicación Art Prompts que propone el tema "Un gólem siendo construido".
Captura de pantalla de la aplicación Art Prompts.

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EL FANTASMA, cubierto por una sábana que habría sido blanca de no ser porque era de otro color, arrastró la pesada cadena que nacía en el grillete de su tobillo y desembocaba en una bola de hierro negro posada en el suelo. Se acercó a la mujer y carraspeó sobre su hombro.
      —Qué quieres ahora, Gocu —preguntó ella sin dejar de poner barro en una enorme figura húmeda que descansaba sentado sobre un montón de páginas de periódico arrancadas.
      —Esto… me vas a perdonar, Licia, pero es que… no puedo evitar preguntarme qué estás haciendo.
      —Un gólem, está claro.
      El fantasma no dijo nada, aunque no le pareció que estuviera tan claro. Pensó un momento sobre aquella cuestión, miró la figura de barro y suspiró. Sentada en el suelo debía medir cerca del metro noventa y las piernas, extendidas hacia delante, otro tanto de lo mismo. Todavía no tenía rasgos faciales, si es que los pensaba tener en algún momento, solo tenía una cavidad que no era hueca sino el propio barro ligeramente hundido, donde le correspondía por las leyes de la anatomía tener la boca. Sus brazos se adivinaban adheridos al tronco, parecía que Licia aún no había pensado en cómo solventar la cuestión básica de cómo pretendía que el peso del barro no le arrancara el brazo de cuajo si se lo separaba del cuerpo.
      —Esto… —volvió a intervenir el fantasma, con más miedo que timidez—, ¿y para qué estás haciendo un gólem?
      —Para darle vida, claro está.
      El fantasma se preguntó si Licia pensaba en las respuestas o las vomitaba de forma automática. Si pensaba incluir «está claro» y «claro está» en cada frase le iba a resultar a él un poco incómodo seguir conversando.
      —Licia, aún a riesgo de resultar entrometido: ¿podrías decirme cuál es el motivo de estar haciendo un gólem para darle vida? Si no es mucho pedir.
      Licia dejó de añadir arcilla a la figura, se irguió, se miró las manos mojadas y marrones y luego miró al fantasma tras ella.
      —¿Recuerdas cuando me dijiste que tenía que hacer algo contra los magos?
      —Lo recuerdo.
      —¿Recuerdas que me dijiste que no podía permitir que esa panda de viejos chochos en camisón me ridiculizara?
      —Ahá, lo recuerdo.
      —Y ¿recuerdas cuando me dijiste que era vergonzoso para la hija de Dario el Decapitador y toda su familia que no hiciera nada al respecto?
      —Como si fuera ayer.
      De hecho había sido ayer.
    —Bien, pues… ¡tadá! —dijo Licia señalando con sus manos la enorme masa de barro, como si fuera una maga mostrando a su público cómo acababa de hacer desaparecer al voluntario para el truco final de su show.
      Gocu miró la figura, luego miró a Licia, que seguía en aquella pose exagerada, con la boca muy abierta en una sonrisa y los ojos brillantes de emoción.
      —¿Pero qué vas a hacer con ese gólem? ¿Le vas a dar vida y lanzárselo a los magos? Se lo van a cargar en menos de lo que se tarda en decir: «Tu me mataaaaasteeee».
      —¡No, hombre, no! El gólem no es para matar a los magos.
      —Menos mal.
      —Es para matar a sus familias. Que las aplaste, las descuartice y baile sobre sus cadáveres —dijo Licia con un tono de voz cada vez más lúgrubre y a la vez más excitado—. ¡Mira, hasta encontré un libro sobre cómo enseñarle a un gólem los pasos básicos del merengue!
      El fantasma se quedó boquiabierto bajo la sábana y en parte se alegró de que Licia no pudiera verle.
      —¿Vas a matar a sus familias?
      —No solo sus familias, también a sus amigos y conocidos. ¡Van a ver esos vejestorios lo que es bueno!
      —Pero eso es horrible.
      —¿No eras tú el que me decía que hiciera algo? ¿No eras tú el que decía que debía parecerme más a mi padre?
      —¡Pero hasta tu padre tenía un código!
      —¿Te refieres al de la pantalla del móvil? Bleh, era 1, 2, 3, 4.
      —¡Un código moral! Si tenía un problema con un enemigo, no lo tenía con su familia.
      Licia se puso seria de repente, se acercó al fantasma y empezó a darle con el dedo en el pecho. No servía de gran cosa, el dedo atravesaba al espectro que hacía cerca de setenta años que no tenía cuerpo, pero aún así era un gesto que molestaba e intimidaba.
      —Y dime, fantasmita de las narices, ¿de qué le valió el código moral a mi padre?
      El fantasma retrocedió.
      —¿Dónde está mi padre ahora?
      —Muerto.
      —¿Quién lo mató?
      El fantasma tuvo que coger la cadena y tirar de ella para seguir retrocediendo. Era una cadena y una bola intangible para los mortales, pero tremendamente pesada para los espectros.
      —La hija de un elfo.
      —¿De un elfo cualquiera?
      —De un enemigo de tu padre.
      —¡Exacto! A mi padre lo mató la hija de su enemigo, que seguía viva porque el Decapitador había seguido su código moral y la había dejado vivir. ¿Cómo le mató?
      —Le clavó una costilla de cerdo en el cuello y cuando se la desclavó tu padre se desangró. Cayó al suelo y se ahogó en su propia sangre.
      Licia, que nunca había escuchado esa parte de la historia, sintió ganas de vomitar, no se la esperaba. En general la gente no le respondía a esa última pregunta, solía decirle cosas como: «Va, no pienses en eso, ya no hay nada que se pueda hacer».
      —Pues… pues eso —dijo intentando disimular el trauma recién estrenado—. No me vengas con el código moral de mi padre. Mis enemigos quieren matarme y dudo mucho que, si llega el momento, duden en convertir a toda mi familia en hormigas y perseguirnos con lupas en días soleados, si es que me quedara algún familiar. Voy a matar a esos Abracadabras y a todos sus seres queridos, odiados y tolerados. Y si no te gusta ya puedes irte a martirizar a tus hijos y a tu exesposa.
      —Eso es un golpe bajo.
      —Es un golpe y por lo que veo doloroso.
      Licia volvió a centrarse en el gólem, le aplicó un poco más de barro aquí, otro poquito más allá, dio unos pasos atrás y miró su obra, se acercó y hundió el dedo en el estómago del gólem, haciéndole un ombligo quizá demasiado profundo.
      —Listo —dijo Licia sacudiendo las manos y salpicando las hojas de periódico con el barro mojado—. Ahora solo hay que dejarlo secar, escribir el conjuro, metérselo por el culo y a disfrutar del espectáculo.
      Al fantasma siempre le había parecido un poco desagradable el proceso de dotación de vida de un gólem, ni siquiera cuando él vivía era muy aficionado a que le pusieran supositorios. Licia abandonó la sala, apagó la luz y el fantasma se iluminó en la oscuridad con una luz verde fluorescente.
      —Si pudieras ver a tu hija —dijo el espectro mirando hacia las alturas—… ¿qué hemos hecho mal con ella? Los asesinos de hoy en día no tienen valores, ni honor, ni nada. ¿Debería destruir el gólem? Qué tontería, no podría aunque quisiera, solo le atravesaría o, como mucho, me metería en su interior.
      Los ojos del fantasma se abrieron de par en par, perfectamente visibles a través de los dos agujeros practicados en la sábana.
      —¡Eso es! Si poseo al gólem controlaré su personalidad y no tendrá que morir nadie. ¡Soy un genio!
      El fantasma se acercó a la figura y se metió en ella como el que se introduce en el mar desde la orilla. Allí se quedó, asimilando cada centímetro del monstruo, esperando a que la mañana llegara y Licia le otorgara vida. Volvería a tener un cuerpo, aunque pesara una tonelada y estuviera hecho de barro y odio. Podía no vivir con ello, lo que no podía era no vivir eternamente con la muerte de familias inocentes en su conciencia. Estaba todo decidido.



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