Microficción 199: Capturada

Cuatro cadenas descienden tensas desde el techo. Está todo oscuro, solo se ven las cadenas, de eslabones gruesos. El título del relato es: Capturada.
Capturada. Imagen libre de licencia: Pixabay.
Capturada es un relato de fantasía grimdark cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EL SONIDO de las campanas sofocaba los gritos desesperados de los presos de las celdas contiguas y las risas de los funcionarios. Entre todos estos sonidos despuntaba el silencio desconcertante de una reclusa arrodillada en el suelo en medio de un calabozo circular. Del techo lejano caían cuatro cadenas de eslabones gruesos que desembocaban en grilletes colocados alrededor de las muñecas y los tobillos de la mujer vestida sólo con lo que parecía un saco de arpillera al que le habían practicado un agujero en la base, para la cabeza y dos a los lados para los brazos. Tenía la piel cubierta de mugre y el pelo parecía haber tomado la firme decisión de no desentonar, así que los mechones, de un color indescifrable, estaban pegados entre sí y le caían por delante de la cara agachada, apuntando al suelo cubierto de orina sobre un lecho de vómitos aderezados con una reducción de saliva y sangre.
    La decimosegunda campanada precedió a un instante en el que aún se escuchaba una pequeña vibración que se fue disipando en el aire. La mujer encadenada sonrió sin levantar la cabeza, y mostró una dentadura a la que le habían saltado un par de piezas.
    La puerta del calabozo se abrió con una serie de chasquidos y del exterior entraron dos cosas: 1) tres tipos cubiertos con delantales blancos con estucado de sangre y órganos vitales, y 2) el grito ensordecedor de un preso que suplicaba clemencia en alguna celda cercana y luego, al no obtenerla, pedía que le dijeran a su madre que la quería y que sentía haber vendido los muebles para comprar chucherías.
    Los tres tipos eran altos, con gafas con goma elástica como las de buceo y una sonrisa perturbadora en sus feos rostros de viejo pervertido que se masturba pensando en el dolor ajeno. Uno de ellos iba delante y empujaba un carro cubierto por un paño que en otros tiempos podría haber presumido de blancura pero que ahora era como esos ancianos que miran al pasado con nostalgia y se preguntan qué ha sido de sus vidas. El del carrito era calvo, completamente calvo, tenía un bigote rubio ridículo cuyas puntas se alzaban y retorcían. Tenía una nariz gruesa y roja, unos labios finos y una barbilla tan afilada como sus pómulos.
    —Las doce en punto —dijo uno de los que iba detrás del del carrito, la voz sonó pomposa y parecía presumir de su puntualidad, también sonaba como la voz de alguien a quien le gusta demasiado escucharse a sí mismo y que de vez en cuando se habla delante del espejo y se dice cosas como: «¡¿Quién es el putoamo?! ¡Tú eres el putoamo!» o «¡Eres el que maneja el cotarro! El más guapo del lugar. Mira qué ojos tan azules, mira qué mentón tan cuadrado, mira que nariz tan respingona, mira qué labios tan carnosos y rojos, mira qué cuello tan poderoso…»—. ¿Cómo has pasado estas doce horas? ¿Estás dispuesta a hablar?
    —Número 10, no empieces —dijo el tipo que faltaba por describir: era delgado, con un cuello muy largo que le hacía parecer una tortuga con demasiada curiosidad por saber qué ocurría fuera del caparazón, su rostro tampoco le alejaba del parecido con el reptil: no tenía dentadura, lo que hacía que el labio superior cayera, alargándole la zona del bigote, completamente despejada. Sus gafas eran las únicas graduadas y le agrandaban los ojos negros, no tenía pelo y la piel estaba verdosa por la sangre de algún preso al que habían visitado anteriormente—. La última vez casi te la cargas a golpes.
    —¡Me provocó, la muy perra!
    —¿Besas a tu madre con esa boca? —dijo entre risas las mujer sin molestarse en levantar la cabeza.
    El tal Número 10 intentó darle un puntapié a la presa, pero ésta se apartó incorporándose un poco y él dio una vuelta por la inercia y la puntera de su bota militar golpeó directamente en la espinilla del del carro.
    —¡Auch! ¡La concha de tu madre! ¡Me golpeaste, boludo!
    —¡Perdón, Número 6! Quería darle a ella y se ha apartado.
    —¡Pero pará un rato, pelotudo —dijo el hombre juntando los dedos en un montoncito y moviendo enérgicamente la mano de arriba a abajo— y dejá de romper las pelotas!
    —¡A mí no me hables así solo porque seas cuatro rangos superior! ¡Soy mayor que tú!
    La presa les miraba divertida. Tenía los ojo de un bonito color verde rodeado de un no tan bonito color rojo vaso sanguíneo reventado.
    —¡Basta ya! —gritó el hombre tortuga con las venas muy marcadas en la sien—. Número 6, descubre las herramientas.
    El del carrito cogió una punta del trapo y tiró de él. Sobre la superficie de aluminio había una colección de herramientas oxidadas de tortura con trozos de carne adheridos.
    —Perdoná Número 5, empesó este gashego pelotudo hijo de sien mil camiones reshenos de putas.
    —Él ha empezado y yo lo termino.
    —Pero no les interrumpas, viejo, que era muy divertido —dijo la mujer encadenada—. Para un entretenimiento que tiene una…
    —Tú a callar, pecadora.
    —De la pradera —dijo ella por lo bajinis.
    —¿Qué has dicho?
    —¡Que qué maneras!
    —Las que te mereces. ¿Piensas hablar?
    —Claro, ¿de qué quieres hablar? ¿De la canción del verano? Suéltame y nos pegamos unos bailes, conozco un paso chulísimo en el que os piso el cráneo a los tres. ¿No sois melómanos? Podemos hablar de cine, como por ejemplo de esa película que os habéis montado conmigo. ¿Tampoco sois cinéfilos? ¿Qué os parece hablar de política? Por ejemplo, ¿sería políticamente correcto que os metiera todos esos trastos por el orto, como diría aquí mi amigo el Número-no-sé-cuántos?
    El Número 10 aprovechó el descuido de todos y volvió a lanzar un puntapié que, esta vez sí, impactó en la boca de la mujer. Un diente salió disparado junto con un chorro de sangre que repicó en el suelo de hormigón.
    —¡A mí nadie me esquiva! —gritó enajenado el tipo.
    —¡Número 10, ya basta! Si no te comportas tendrás que abandonar la celda.
    —¡Mis cojones 33!
    —¡Deja al Número 33 al margen de esto!
    La mujer escupió un cúmulo de sangre y saliva.
    —Te aviso de una cosa, machote, cuando me suelte te voy a arrancar los ojos con uno de esos juguetitos que tanto te gustan y lo voy a hacer despacio. Voy a contar un Mississipi por cada diente que me has saltado, cabrón.
    —¿Cuando te sueltes? ¡Ja! No me hagas reír. Llevas aquí doce horas, si pudieras soltarte ya lo habrías hecho.
    —Sé exactamente cuánto llevo aquí. Es de noche, ¿verdad?
    —Sí, ¿y qué?
    —Oh, nada, nada, es que a mí la noche me da la vida, ¿a vosotros no?
    —¡¿Pero qué desís, flaca?! —intervino el Número 6—. Cashá la bocota vos también. Estoy podrido de escucharte.
    La mujer se quedó muy callada, no se le escuchaba ni respirar. Tenía los ojos muy abiertos y miraba al frente, no miraba nada en concreto, solo un punto lejano, más allá de la puerta de la celda, más allá de los cimientos de la prisión y más allá de donde Cristo perdió las llaves del coche. Tenía la boca mellada un poco abierta, con los labios sangrando por el golpe que le había propinado el Número 10.
    El Número 6 miró a su espalda y luego a la presa. Luego a su espalda. Luego a la presa. Luego al Número 3 y al Número 10. Luego se encogió de hombros y se acercó a la mujer.
    —¡Eh, boluda! ¿Te colgaste?
    Cuando el hombre estuvo a un par de palmos de la cara de la presa, ésta lanzó un grito que hizo que el Número 6 se cayera de culo y que su corazón hiciera el equivalente en el mundo de los órganos vitales, que es algo así como latir a toda mecha y no acabar de decidirse entre si era mejor esconderse en el estómago, en las sienes o salir escopeteado por el conducto trasero del cuerpo.
    El Número 6 cogió aire, lo sostuvo, se puso la mano en el corazón, no porque estuviera a punto de ser especialmente sincero, sino porque estaba intentando convencer al órgano de que volviera a su sitio, y gritó:
    —¡¿POR QUÉ NO TE COMPRÁS UNA TORTUGA Y TE VAS BIEN DESPASITO A LA CONCHA DE TU VIEJA?! ¡TE VOY A RECONTRA CAGAR A PALOS, PELOTUDA!
    Pero la amenaza se quedó sólo en eso porque en los siguientes segundos ocurrieron varias cosas: la primera y más destacable fue que la mujer se convirtió en una bestia musculosa con cabeza de loba y cuerpo de jugadora profesional de baloncesto, tenía el cuerpo cubierto de pelo erizado y unas garras capaces de cortar la tensión del ambiente como si nada; la segunda cosa fue que la mujer, ahora bestia, dio un tirón seco con los brazos que hizo que el techo se rompiera sobre ella y que las cadenas cayeran a plomo en el suelo haciendo un ruido ensordecedor; la tercera cosa fue que, sin pararse a pensar en lo que acababa de conseguir, la mujer, ahora bestia, golpeó con la planta de su pie, ahora pezuña, en la boca del estómago del Número 6 y lo lanzó por los aires, haciendo que se estampase contra la puerta que cayó en medio del pasillo, en el exterior de la celda; por último, pero no menos importante, lo siguiente que ocurrió fue que la mujer, ahora bestia, cogió una de las herramientas del carrito, una especie de cuchara con un agujero en el centro, corrió a una velocidad endiablada hacia el Número 10, le rodeó el cuello desde atrás con un brazo duro y peludo, le clavó la cuchara en el ojo ignorando el chorro de sangre y el grito y empezó a hacer palanca muy suavemente.
    —¡Un mississipi! —Gritó la mujer, ahora bestia, con una voz que sonaba como el antónimo de una voz con sobredosis de hélio—, ¡dos mississipis!
    —¡Suéltame!
    —¡Tres mississipis!
    —¡Aaaaaaaaaaarg!
    —¡Sue-sue… suéltale! —gritó el número 3 cuyo delantal ocultaba una mancha de orina que se extendía por todo su pantalón.
    —¡Cuatro mississipis!, ¡CINCO MISSISSIPIS!
    El ojo del Número 10 saltó de su cabeza con un cómico plop y rebotó en el suelo varias veces antes de rodar y detenerse en la suela de la bota del Número 6, inconsciente sobre la puerta en medio del pasillo.
    —¡Ahora el otro!
    —¡Noooooooo!
    —¡Un mississipi! —dijo justo después de clavarle la herramienta en el otro ojo.
    En la puerta de la celda se reunieron una docena de hombres con gafas y delantales ensangrentados.
    —Número 3, ¿qué es esto? ¿Qué le ha pasado al Número 6?
    —¡Es un demonio!
    —¿El Número 6 es un demonio?
    —¡Dos mississipis!
    El hombre que había hablado vio por primera vez al monstruo.
    —¡Oh, joder, un demonio! ¿Habéis visto a ese demonio? ¡Eh, Número 10, hay un demonio cogiéndote el cuello!
    —¡Tres mississipis!
    —¿Esa bestia está contando, Número 3?
    —¡Cuatro mississipis!, ¡CINCO MISSISSIPIS!
    Plop.
    Los recién llegados dieron un salto hacia los lados, apartándose del camino del ojo que cayó en la boca abierta del inconsciente Número 6. Uno de los nuevos, muy joven, no pudo contener el vómito. Por suerte aquellos delantales ya estaban pidiendo ser lavados.
    —Ahora os toca a vosotros —dijo la mujer, ahora bestia, con una terrible sonrisa llena de colmillos y huecos en el hocico—. ¿Por quién empiezo?
    A modo de respuesta los hombres se miraron antes de tomar la decisión unánime de salir pitando de allí. Todos menos el Número 3, que en materia de reflejos y sangre fría, siempre se había sentido a la zaga del resto de sus compañeros. Por suerte para él, y a la vez por desgracia, ya no tendría que volver a preocuparse de eso. La mujer, ahora bestia, se acercó a él aún con las cadenas adheridas a los grilletes de sus muñecas y tobillos, le cogió la cabeza con la zarpa derecha en la barbilla y la izquierda en la coronilla y, con un movimiento rápido, le partió el cuello. El cuerpo del Número 3, que como se ha avanzado aquí ya se había meado encima, aprovechó el momento para defecar, que siempre da mucha rabia cuando acabas de una cosa y tienes que volver al baño porque de repente te entran ganas de hacer lo otro.
    La mujer, ahora bestia, lanzó un rugido triunfal hacia el techo, miró a su alrededor y asintió como el que acaba de pintar su casa, contempla el trabajo realizado y decide que está muy orgulloso de cómo le ha quedado.


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