Primeras palabras 5: El papeleo

Dos columnas altas de papeles, posiblemente impresos de una oficina. El título del relato es: El papeleo.
El papeleo. Imagen libre de licencia: Pixabay.

El papeleo es un relato de fantasía urbana cómica perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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La frase a añadir es:

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ODIABA LA burocracia con toda su alma, la odiaba casi tanto como un heavy odia reconocer que a veces baila cuando suena una canción de Don Patricio, no tanto, pero es que nada puede igualar ese autoodio, ese sentirse sucio aunque a nadie le importe una mierda con qué música mueve su cucu. Por desgracia para ella el papeleo suele ser necesario, es una técnica milenaria del ser humano para aburrir a la gente hasta la muerte. Así que ahí estaba Dryssie, sentada en una silla desgastada por la multitud de traseros que se habían sentado en ella desde que se graduó en la UMO (la Universidad de Muebles de Oficina), con una carpeta de plástico duro y un taco de folios escritos con lenguaje que solo unos pocos consiguen entender. Dryssie entendía únicamente su propio nombre y encima desaparecía a partir del primer párrafo y era sustituido por: «De ahora en adelante la demandante», sin mayúscula ni nada, no tenía esa importancia que solía tener cuando era joven y la llamaban Dryssie la Arrancacabezas o cuando ya maduró y pasó a ser conocida como Dryssie la Vacíajarrasdehidromieldeunsolotrago, nada de eso, la habían reducido a la demandante y la única importancia a la que podía aferrarse era esa letra en negrita. «Con lo que yo he sido», pensó la demandante.
    NÚMERO 89, MESA 6 —dijo una voz robótica por megafonía y luego, como si le pagasen por palabras pronunciadas, añadió—: NÚMERO 89, MESA 6.
    Dryssie se levantó de la silla temiendo que se le hubiera quedado adherida al trasero por las horas que llevaba sentada en ella, se adentró en un pasillo lleno de cubículos en los que habían funcionarias y funcionarios tecleando como posesos mientras los de ahora en adelante los demandantes esperaban en silencio hasta que los primeros acabaran de apretar botones. Sobre cada cubículo, colgando del techo, había un letrero luminoso que indicaba el número de mesa. El uno, el dos, el tres, el cuatro y el cinco estaban iluminados en rojo, pero el de la mesa seis parecía estar fundido. «Empezamos mal», pensó ella en un suspiro. Se metió en el cubículo y se encontró sola delante de una mesa con un ordenador que llevaba tiempo pidiendo una jubilación como Dios manda y al que parecían ignorar sistemáticamente, junto al ordenador había una taza con el texto «No dejes para mañana lo que puedes dejar para el lunes» llena de lápices mordisqueados y bolígrafos y, al otro lado del escritorio, una silla mullida de piel sintética negra estaba vacía y mal colocada, como si alguien hubiera salido corriendo del cubículo.
    —¿Hola? —preguntó en voz alta Dryssie—, ¿alguien?
    Por encima de la pared que quedaba a la izquierda de Dryssie despuntó una cabeza llena de pelos, tan llena de pelos que hacía que los ewoks parecieran sufrir algún tipo de alopecia galopante.
    —Ahora viene —dijo la cabeza a través de algún orificio camuflado entre todo aquel pelo—. Ha ido al lavabo a hacer cac… bueno… ha ido a enviar un impreso. ¡Ah, mira, ahí lo tienes!
    Dryssie se giró y se topó con un tipo bajito, delgado, que se metía el bajo de camisa blanca por el pantalón con el cinturón desabrochado. Tenía una corbata roja que se había colocado por encima del hombro para que no le molestase a la hora de… enviar el impreso. El tipo tenía un bigote incipiente muy rubio sobre una piel grasa muy roja. Sus ojos rasgados eran muy amarillos. En la cabeza tenía dos cuernos pequeños, negros, y el pelo se apretujaba entre ellos, como un valle verde entre dos montañas.
    —Disculpe el retraso, señora…
    Dryssie estuvo a punto de presentarse como la demandante, pero tenía la oportunidad de reclamar la importancia que su nombre se merecía.
    —Dryssie.
    —Un placer. Siéntese. —El hombre miró hacia arriba y se topó con la cabeza peluda—. ¿Puedo ayudarte en algo, Kevin?
    —Oh, solo es que la demandante te estaba buscando y le he dicho que estabas enviando un informe, —Kevin se colocó la mano igual de peluda que la cabeza delante de lo que él entendía que era su boca, y dijo con un susurro perfectamente audible—: aunque era un eufemismo para decir que estabas haciendo popó.
    —Gracias, Kevin, muy amable.
    —A mandar, compañero. Todo el mundo debería poder ir a cagar cuando lo necesite.
    —¿No tienes a nadie en tu cubículo, Kevin?
    —No.
    El tipo de los cuernos suspiró.
    —Dígame, Dryssie, ¿en qué puedo ayudarla?
    —Pues verá, acabo de cumplir los 87 años y estaba pensando en jubilarme.
    —Entiendo, ¿a qué se dedica usted?
    —Uf… he sido muchas cosas, cazadora de dragones, de brujos, de monstruos, de comerciales de telefonía, de mitos, de fantasmas (cosa que en algunos casos no descartaba a los comerciales de telefonía) y recientemente regentaba una tetería llamada: «Quiero tomarTé».
    —¿Y quiere dejar de trabajar?
    —No exactamente, verá, es que estoy harta de vender té y pastitas, echo de menos la acción, echo de menos atravesarle el corazón a un vampiro mientras duerme, echo de menos echarle sal a los demonios y ver cómo arden, echo de menos plantarme delante de un dragón escupefuegos con un extintor y abrirle la cabeza a extintoretazos.
    —Pero para eso no tiene que jubilarse, puede cerrar la tetería y volver a su antiguo trabajo. Aunque por su edad no veo por qué no quiere retirarse y vivir la vida.
    —¿Retirarme? Primero me llaman la demandante y ahora me insultan usando esa palabra del demonio.
    —Señora, como demonio le agradecería que no usara mi raza de forma negativa.
    —¿Cómo dice?
    —Los humanos suelen usar la palabra demonio de forma despectiva. «Tiene un humor de mil demonios» o «¡Ese niño es un demonio!», si nos respetamos mutuamente será mejor para todos.
    —Nunca me lo había planteado de esa forma. Le pido disculpas, no sé qué demonios me ha pasado.
    El de los cuernos resopló, pero intentó relajarse.
    —El caso es que no quiero retirarme —dijo Dryssie—, lo que quiero es pedir una ayuda.
    —Una ayuda.
    —Económica. He leído en un blog de esos, que el estado ofrece ayudas económicas para los ancianos emprendedores. Yo soy anciana y voy a emprender un negocio de caza de monstruos, cumplo las dos condiciones.
    —Ya, pero esa ayuda está orientada a ancianos que, por ejemplo, quieren montar una tetería, ¿entiende usted?
    —¿Solo a los que quieren montar una tetería?
    —Bueno, no, es un ejemplo. Lo que quiero decir es que el estado no contempla las ayudas para cazadoras de monstruos.
    —Pero es un negocio, es una empresa, estoy emprendiendo. ¿Qué más da si vendo un cupcake de sandía o mis habilidades y experiencia en el arte de matar con cuchara de plástico?
    —Yo no pongo las normas.
    —¿Entonces si pido una ayuda para mi tetería me la concederían?
    —No, porque su negocio ya está en funcionamiento. Esa ayuda está diseñada para nuevos emprendedores.
    —Tengo varias amenazas de antiguos archienemigos que quieren quemarme el local, quizá pueda responderles con una carta en la que ponga: «No hay huevos» para que lo hagan y pueda empezar de cero.
    —No sé yo si eso es del todo legal, tendría que consultarlo.
    —Consulte, consulte.
    El demonio alzó la cabeza para llamar a Kevin, pero se quedó con la palabra en la boca cuando vio que el tipo peludo no se había movido.
    —Mierda, Kevin, qué susto. Oye, ¿has oído toda la conversación?
    —No toda, solo el 100%.
    —Eso es “toda la conversación”.
    —¿Sí? Bueno, me fío de ti, yo soy de letras.
    —Ok… ¿sabes si en el supuesto de que alguien atentara contra el negocio de la señora Dryssie y ella decidiera empezar de cero podría solicitar la ayuda económica para ancianos emprendedores?
    —¿Quién es Dryssie?
    —La demandante —dijeron el funcionario y ella al unísono.
    —¡Ah! Claro, debería rellenar el impreso A-15 para que le faciliten el impreso C-458 que le daría acceso al impreso VF-7874 que le serviría para pedir cita previa para solicitar el impreso A-8 para solicitar la ayuda. No habría problemas.
    —Joder —intervino Dryssie—, por un momento no sabía si gritar: «¡Tocado y hundido!». Ustedes lo hacen todo muy difícil, cualquiera diría que su verdadero propósito es que la gente se desanime y no pida ayudas.
    —¡¿Cómo dice eso?! —respondieron a la vez los funcionarios con esa voz aguda que solo se usa cuando quieres negar una acusación totalmente cierta.
    —En cualquier caso eso no funcionará conmigo, tengo una paciencia legendaria, ¿han escuchado ustedes la historia de cómo aguanté tres días sentada delante del ordenador recargando la página de venta de entradas para el concierto de Villanos del silencio? Puedo con lo que me echen. ¿Dónde consigo el impreso A-15 ese?
    —¡¿Quién le ha hablado de ese impreso?!
    —Kevin, hace un momento.
    —No… mi compañero no ha mencionado en ningún momento el impreso A-15-S, ¿cómo conoce su existencia? ¿Qué hacemos, Kevin?
    —¡Pfff! Yo estoy tan alucinado como tú, la vieja esta es lista. Ha debido buscar en Bubble qué impreso debe solicitar para recibir el sueldo vitalicio que el estado creó para todas las guerreras y cazadoras de criaturas místicas. Maldita sea, ya sabía que esto pasaría tarde o temprano.
    —¿De qué están hablando?
    —No se haga la inocente. Ha venido aquí a hacernos perder el tiempo cuando desde el principio sabía que existía ese impreso. Aquí tiene, rellénelo con sus datos personales, el número de licencia de cazadora y cuántos monstruos ha matado usted durante su carrera. ¿Tiene guardados todos los recibos de caza?
    —Todos y cada uno de ellos.
    —¡Maldita sea! —Exclamó Kevin—. ¡No vamos a poder pillarla ni por ahí! Muy lista, sí señora.
    Dryssie cogió el impreso A-15-S sin entender muy bien qué estaba pasando, se levantó de la mesa y caminó muy despacio, de vez en cuando se giraba para mirar a los dos funcionarios, que cuchicheaban algo mientras la miraban y hacían gestos que podían significar: a) que tenían hambre y querían comer algo en el Italiano de la esquina o b) que estaban muy indignados con cómo había ido aquella conversación. Fuera como fuese, parecía que iba a poder cerrar la tetería y retomar su antigua profesión, ahora solo le faltaba ver qué monstruos no habían pedido una orden de alejamiento contra ella y listo. ¡Qué ganas tenía de volver al ruedo! Pocas cosa la hacían sentir más viva que arrancarle el corazón a una lamia con sus propias manos.


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