Microficción 198: Chateando

Mujer sonriendo, bebe café y tiene un móvil en la mano, mira hacia su derecha, no mira el teléfono. El relato se titula: «Chateando».
Chateando. Imagen libre de licencia: Pixabay.
Chateando es un relato de fantasía grimdark cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EL OLOR a café recién hecho inundaba todo el piso. En el salón se escuchaban voces y risas, también llantos, gritos y súplicas, y cuanto más altos eran los gritos y más lastimeras las súplicas, más escandalosas eran las risas. Sentada en una silla que parecía cómoda, de un bonito color blanco salpicado por un intenso color rojo sangre —literalmente—, había una mujer vestida con un jersey mostaza, el pelo corto, media melena, con una amplia sonrisa y lágrimas en los ojos. Entre las manos sujetaba un teléfono móvil. A su derecha, hacia donde miraba, un tipo alto, delgado y corpulento, estaba sentado desnudo en una silla idéntica a la de la mujer, solo que en la suya el color predominante era el rojo sangre —literalmente— y estaba salpicado de un bonito color blanco. El tipo estaba atado a la silla desde el pecho, lleno de vello cano, hasta los tobillos. Tenía el cuerpo entero empapado en sangre, le faltaban algunos dientes y tenía los ojos tan hinchados y morados, que no podía abrirlos. La nariz se había desviado hacia la derecha unos centímetros en las últimas horas y tenía cortes por toda la cara. La oreja derecha le había desaparecido, como cuando simulas un truco de magia para un crío y le dices que le vas a quitar la oreja, solo que en este caso no había truco y, por supuesto, no había oreja. La izquierda estaba en su sitio, rezando todo lo que puede rezar una oreja para que se olvidaran de ella.
    Tras el tipo había un… ser, a falta de una palabra mejor. Era enorme, como un luchador de sumo mutante. Tenía los ojos grandes, con pupilas estiradas, horizontales y el iris de un hipnótico color naranja, su piel era color carne —una carne verde, todo hay que decirlo—, tenía dos orejas a cada lado de la cara, las cuatro puntiagudas. Las puntas de las dos superiores señalaban hacia arriba y las de las inferiores hacia abajo. Daba la impresión de que, si entre las orejas no hubiera una horrible cara de nariz afilada, labios gruesos y violetas, y dientes que no habían tenido el placer de conocer a la señora pasta de dientes y a don cepillo, habrían podido formar una equis perfecta. Estaba completamente desnudo, aunque su cuerpo tenía tanto pelo negro que parecía embutido en un abrigo demasiado grueso para mediados de junio. Tenía seis brazos en total, gruesos, de músculos marcados y manos enormes. El puño de cada brazo de la izquierda golpeaba de forma amenazante la palma de la mano de cada brazo de la izquierda. En cada golpe el tipo de la silla se estremecía como un adolescente que sabe que se merece una colleja y se aparta cada vez que su madre mueve un músculo, por si acaso ese músculo ha recibido la orden de endiñarle.
    —Bueno, intentémoslo de nuevo —dijo la mujer con una bonita voz (si te gustan esas voces que parecen un tenedor arañando una pizarra mientras alguien le pisa la cola a un gato)—, pero te aconsejo que pienses bien tus respuestas, ten en cuenta que mi amigo demonio tiene veinticuatro nudillos que joderse con tus dientes. Empecemos por lo básico, ¿cuál es el pin del móvil? No mientas, no mientas, no nos importa volver a esperar a que recobres la consciencia, tienes un café de puta madre.
    —Doj, jiete, uno, jeij —dijo el tipo con dificultades obvias para hablar.
    —Dos, siete, uno, seis. ¡Premio! Ahora vamos a ver, ¿dónde tienes Whatsapp?
    —Eng la cagpeta gue pone jofial.
    —Eso no lo he entendido. ¡Ah, ya lo veo! Social, ok. ¿Cómo se llama tu pareja?
    —Gobegto.
    —¡Ajá! ¿Sabe este tal Víctor al que le dices lo que le vas a hacer este fin de semana que Roberto existe?
    —Jí.
    —Entiendo, ¿sabe Roberto que este tal Víctor al que le dices lo que le vas a hacer este fin de semana existe?
    —No.
    —¡Ay, pillín, pillín! No me gustan las personas infieles. Gork, dale.
    Y Gork, el demonio, le dio, porque no era buena idea ignorar una orden directa de aquella mujer.
    Un nuevo diente salió disparado y tiró un marco de fotos que descansaba sobre un mueble cercano.
    —Deberías decidirte por uno de los dos, cabroncete. Pero bueno, vamos a lo que vamos, ¿crees que Roberto nos puede ayudar con lo que tenemos entre manos?
    —¡Guéjalo fuega gue ejto!
    —En realidad has sido tú el que lo ha metido en todo este follón. Nosotros solo cumplimos órdenes, ¿verdad, Gork?
    Y Gork le dio, porque lo cierto era que Gork no entendía aquel idioma, solo conocía su nombre y asumía que, cada vez que alguien lo pronunciaba en un contexto como aquel en el que un tipo debía sangrar lo máximo posible, tenía que atizarle.
    —¡Ay!
    —¡Ahora no tenías que golpearlo, Gork!
    Y Gork le dio.
    —¡Ay!
    —¡Gork!
    Y Gork le dio.
    —¡Ay!
    —¡Gork! —Y Gork le dio—. ¡¿Quieres dejar de golpearle, Gork?!
    Y Gork le dio.
    —¡Ay! ¡Gueja gue guefig ju nombgue! ¡Caga vef gue guicej Gogk —y Gork le dio—! ¡Ay! Caga vef gue guicej ju nombgue me ga!
    —¿En serio?
    —¡Jí!
    —Gork.
    Y Gork le dio.
    —¡Ay!
    —Gork.
    Y Gork le dio.
    —¡Aaaaaaay! ¡Paga, pog favog!
    —Es adictivo. Pero bueno, como te he dicho, le has metido tú en todo este follón. No deberías haber perdido la mercancía. Polvo de hada extraviado… muy conveniente, ¿no crees?
    —¡Me gobagon!
    —Es curioso, porque he estado chateando con alguien que asegura que la has vendido por tu cuenta.
    —¡Ejo ej faljo!
    —No sé, me da la sensación de que puedo creerme más a mi fuente que a ti. Chateamos mucho, incluso me envió alguna foto tuya con un coche nuevo. ¿Cómo pagaste ese coche? También me enseñó fotos tuyas desnudo, pero la verdad es que esas se las podría haber ahorrado.
    —¡Me gobagon, ej la vegdá!
    —¿Cuántas veces te han robado en el último año?
    —¡Ej un baguio peliggojo!
    —¿Un barrio pelirrojo? Eso no tiene sentido, ¿verdad, Gork?
    Y Gork le dio.
    —¡Ay! ¡No peliggojo, peliggojo! ¡Gue peguiggo!
    —¿Peligroso?
    —¡Ji!
    —La verdad es que sí que parece un barrio peligroso. Viniendo hacia aquí he visto algún vampiro tirado en el suelo con una aguja en el brazo. Eso de inyectarse sangre humana… ya no saben qué hacer. — No fue consciente de que no era la más indicada para decir aquello, estaba haciendo que su demonio personal torturara a un tío porque había perdido un cargamento de polvo de hada, una nueva droga de diseño (un diseño dorado a juego con esos teléfonos móviles que son iguales que todos los demás pero que valen mucho más caros porque los han llamado Gold)—. El jefe fue muy claro con nosotros: «Aplicadle la tortura Mr. Potato», dijo.
    —¡¿Gué ej ejo?!
    —¿Nunca has tenido un Mr. Potato? Es ese juguete que en teoría parece una patata, al que le puedes sacar los ojos, los dientes, la nariz y luego incluso puedes colocarlos de forma desordenada, como si fuera un cuadro de Picasso, ¿sabes? Así que estoy pensando en arrancarte un ojo y ponerlo donde antes tenías la oreja y la oreja… ¿dónde se ha metido? ¡Ahí está, junto a tu pie derecho! Pues tu oreja te la meteré en el agujero que va a quedar libre cuando te saque el ojo. Eso lo haré yo, no lo hará Gork.
    Y Gork le dio.
    —¡Ay!
    —¿Sabes lo más divertido de todo? Que ni siquiera necesito una herramienta, me basto y me sobro con los dedos. ¿Ves? Me dejo las uñas largas, no porque esté de moda, sino porque me facilitan mucho trabajos como este. Al jefe le gusta mucho esta tortura, a mí también, no te voy a engañar.
    »Última oportunidad: ¿dónde está el polvo de hadas?
    —¡Gue no lo jé!
    —Respuesta incorrecta, ¿verdad, Gork?
    Y Gork le dio. Esta vez se le fueron las manos y el tipo se desmayó, con una cascada de sangre cayéndole de la boca.
    —¡Hala, qué bestia eres! ¡Iba a empezar el Mr. Potato y ahora lo voy a tener que hacer con él inconsciente! Así no es divertido, me gusta cuando gritan. Paso, me voy a tomar otro café y luego me encargo de él, ¡siempre igual contigo, eres un bruto!


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4 comentarios en “Microficción 198: Chateando

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