Cuentacuentos #4

Silueta de mujer en una calle desierta, es de noche, el suelo es de adoquines, la luz es tenue.

El título del relato es «Sin miedo».

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[Nota fija]→ Cuentacuentos es una subsección dentro de Juegocuentos, en ella escribiré una reinterpretación personal de cuentos clásicos. Es un recurso llamado plagio creativo. ¡Espero que disfrutes!

• Historia original: Juan sin miedo.
     Puedes leer el cuento clásico en este enlace.

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¿QUÉ HARÍAS si no tuvieras miedo? Seguramente vivirías de forma distinta, no te pensarías tanto las cosas, saldrías de casa como diciendo: «¡Aquí estoy yo! ¿A dónde hay que ir? ¿A quién hay que endiñar? ¡Eh, tú, me has mirado! ¡Te voy a partir la crisma!», luego empezarías una pelea que probablemente perderías, porque la falta de miedo no te convierte en cinturón negro de Kung Fu, ni nada parecido, al menos que yo sepa. Como mucho te vuelve más atrevido, lo que muchas veces se traduce en más apaleado y hace que llegues a casa con la cara como un cuadro de Picasso y que alguien te diga: «¡Dios!, ¿qué te ha pasado en la cara?» a lo que tú solo responderás: «Pues tendrías que ver al otro», aunque si viera al otro solo vería a un tío enorme, que se ha merendado un armario ropero, en su casa, bebiéndose una cerveza fría, con una bolsa de guisantes congelados en los nudillos que aún tendrían las marcas de tus dientes. Pero tú seguirías sin tener miedo, eso sí.
    Pues algo parecido a eso le ocurre a la protagonista de esta historia, no lo de que le dejen la cara como un cuadro de Picasso, ¿eh? Ella es incapaz de tener miedo, lo ha intentado todo: ha nadado entre tiburones, ha golpeado un avispero, incluso ha tomado leche caducada, nada, ni se ha inmutado la tía. Su nombre es Juana y sus apellidos serían Sin Miedo, si no fuera porque en realidad son Fernández Urquijo. A los diecinueve años decidió emprender un viaje alrededor del mundo para encontrar el miedo.
    De Juana hay que decir que era la hija del rey, es decir, asquerosamente rica y por eso se podía permitir estos caprichitos, porque a morirse de hambre tampoco le tenía miedo, la verdad sea dicha.
    Juana fue en busca del mago del reino para pedirle consejo sobre su viaje. El mago, de nombre Diego Céntrico, la recibió en su morada, que es un sinónimo de casa.
    —¡Ah, su alteza!, ¿en qué puedo serviros? —preguntó Diego Céntrico.
    —Tú me has visto crecer, Diego Céntrico —comentó la princesa—, has visto cómo me he convertido en una mujer.
    —Su alteza, me honráis, pero soy un hombre casado. Aunque no os negaré que si no fuera así y fuera un par de siglos más joven, yo…
    —Calla, viejo verde, no es eso. La cosa es que, no sé si te has dado cuenta, pero soy incapaz de sentir miedo.
    —Había escuchado rumores, pero no sabía si debía creérmelos. ¿No teméis a nada? ¿Ni a la gente que habla por teléfono mientras cabalga?
    —A nada.
    —¿Ni a los payasos?
    —A nada.
    —¿Ni cuando tenéis diarrea y sentís que no vais a llegar al baño y que os lo vais a hacer encima?
    —¡A nada, Diego Céntrico, a nada!
    —Curioso. A mí me dan miedo muchísimas cosas, ojalá pudiera prestaros un poco de mi cobardía.
    —El caso es que quiero partir en busca del miedo y necesito tu consejo. ¿Dónde crees que debería empezar a buscar?
    Diego Céntrico pensó un momento. A él se le ocurrían multitud de sitios, por ejemplo a él le daba mucho miedo ir al dentista, o al supermercado y que delante suyo, en la cola de caja, hubiera una anciana de esas que pretenden pagar la compra del mes con chatarrilla (a contar en el momento, por supuesto), también le daban miedo las arañas, sobretodo esas arañas que vivían en la aldea vecina y que iban armadas con navajas y malas palabras. Le daba miedo olvidarse de su aniversario de bodas, de hecho, ahora que lo pensaba, eso era lo que más miedo le daba.
    —Creo que tengo una idea —comenzó Diego Céntrico, luego hizo una pausa en la que se dio cuenta de que a la princesa Juana no le serviría de gran cosa saber o no la fecha del aniversario del día que se casó con Elsa Capuntas, una maga con la que había crecido, por suerte se le ocurrió otra cosa al instante—: el Bosque de los Susurros Gritados.
    —¿El Bosque de los Susurros Gritados?
    —El Bosque de los Susurros Gritados.
    —¿Cómo van a ser susurros si son gritados?
    —Se puede gritar en susurros.
    —No, no se puede, es una contradicción de términos, como la inteligencia militar, o la nata desnatada.
    —Lo que vos digáis, su alteza. Pero el caso es que este bosque esconde las mayores amenazas de la comarca. Id allí, perdeos por entre sus árboles milenarios y os aseguro que conoceréis el miedo tan bien que quedaréis con él de vez en cuando para tomar un café y poneros al día de vuestras vidas.
    —Así lo haré, Diego Céntrico. Gracias. Ahora debo partir, temo que sea demasiado tarde.
    —¿Lo teméis?
    —¿Cómo dices?
    —Habéis dicho: «Temo que sea demasiado tarde», pero aseguráis que sois incapaz de sentir miedo.
    —Es una forma de hablar, viejo, solo una forma de hablar.
    —Lo que vos digáis, su alteza.
    Juana se despidió de sus madres, Sofía y Margarita, y de su hermana pequeña, Valeriana y se marchó.

    Desde la conversación con Diego Céntrico habían pasado tres meses en los que la princesa Juana había decidido vivir en el bosque, en una cueva llena de murciélagos, humedad y sonidos que parecían risas de bebé, pero que en realidad estaban provocados por el viento colándose por algún resquicio. Lo sabía bien, lo había comprobado la segunda noche en la cueva, harta de los llantos, esperando que se le apareciera el espíritu de algún bebé muerto, pero nada de eso, solo decepción.
    El bosque era objetivamente tenebroso, pero solo objetivamente. Parecía que los árboles tuvieran caras formadas por los huecos de sus cortezas, pero solo lo parecía. Parecía que una criatura misteriosa acechaba agazapada entre la maleza, pero solo lo parecía.
    «Menuda decepción», pensó, «Ese mago… llevo aquí ya tres meses y sigo sin saber qué es el miedo. Si al menos pasara algo, pero lo más emocionante que he vivido ha sido lo de los campistas».
    Juana se refería a la décima noche del segundo mes. Aquella noche decidió dormir en medio del bosque, lejos de la seguridad de su cueva. Cogió su saco de dormir y buscó un claro en el bosque, asegurándose de que podría ser atacada por cualquier criatura viva, muerta o no muerta. No le costó dormir, porque cuando una no le teme a nada, no le cuesta dormir en absoluto. En menos de lo que se tarda en decir: «Pues parece que refresca», empezó a roncar, cosa que reconocía sin problema, por supuesto no le daba miedo confesar que cuando roncaba parecía un aserradero a pleno rendimiento. A media noche le despertaron unos ruidos de lo más interesantes. Susurros, pisadas y ramas crujiendo, el sonido de las hojas de los arbustos, parecido a una docena de sonajeros y un lamento que le habría puesto los pelos de punta a cualquiera menos a ella. No, ella no, ella estaba excitada, parecía que aquella iba a ser la gran noche. El corazón le iba a cien por hora, la boca se le secó y empezó a ver borroso. ¡Qué emocionante!
    «Debería decir algo», pensó.
    —¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —pretendió sonar temerosa, para darle más realismo al asunto, pero no sabía cómo sonaba el temor, por lo que no tenía manera de entender que añadir «ji, ji, ji» al final de cada palabra, no ayudaba—. Si hay alguien, por favor, no me haga daño (ji, ji, ji).
    —¿Has oído eso? —dijo una voz a unos metros de distancia. Sonaba extraña para Juana, era una voz temblorosa y parecía que la persona propietaria estaba respirando a toda velocidad. Lo que Juana no sabía era que aquello que le resultaba tan raro era en realidad miedo, del verdadero, de los miedos de toda la vida, vamos—. Tenemos que irnos.
    —No seas cobardica —dijo una voz que sonaba un poco como la primera, pero de alguna forma distinta. A Juana le pareció que no era un tono natural, sino más bien fingido. Lo que Juana no sabía era que había personas (mayormente hombres) que intentan disimular su miedo, porque creían que así quedarían bien delante de las mujeres y harían lo que los jóvenes de entonces llamaban: «sacarle brillo a la espada»—, no pasa nada, habrá sido el viento.
    —Me da igual, quiero irme a casa, esto no es divertido.
    —¡Claro que es diver…! ¡¿Qué ha sido eso?!
    —¿El qué? ¡No me asustes!
    —He visto algo, ahí tras ese arbusto.
    Juana miró a su espalda, buscando a lo que fuera que hubiera visto el de la voz fingida. Al no ver nada, dedujo que la había visto a ella. Se levantó para saludar, pero lo hizo tan rápido que el de la voz fingida se cayó de culo y se orinó encima.
    —¡Es un monstruo! —dijo él con una voz que sonaba muchísimo más natural. Lo que Juana no sabía era que llegaba un punto en el que, esos hombres que pretendían sacarle brillo a la espada, descubrían, casi por encanto, el significado de la palabra «prioridades», en ese momento el de la voz hizo un cálculo rápido que venía a ser algo así: «Si ese monstruo me mata esta noche, me llevo una, entonces, muerte, más una que me llevo, igual a que no voy a volver a sacarle brillo a la espada», es el punto exacto en el que ese tipo de personas echaba a correr y dejaba atrás a lo o a quién fuera.
    —¡No me dejes aquí! —gritó la primera voz, alejándose a toda prisa.
    Esa fue toda la experiencia del décimo día del segundo mes. Después de eso… algún fantasma rezagado intentando atormentarla, algún monstruo que otro con serios problemas de hipertricosis, que es una enfermedad que hace que te crezca mucho pelo por todas partes, pero todo lo que se le cruzaba por delante la dejaba fría.
    «Me vuelvo a casa», pensó al final. Cogió sus cosas y volvió al castillo.

    Cuando llegó, habían pasado tres días. Estaba cansada, sudada y con ganas de darse una buena ducha. Le costó un poco entrar en el castillo, los guardias de la puerta no se acabaron de creer que ella, con aquellas pintas y tan sucia, fuera la princesa Juana Fernández Urquijo, pero gracias a Diego Céntrico, que pasaba por allí, consiguió llegar a sus aposentos. Abrió la puerta, entró en el baño, abrió el grifo de agua caliente para que se llenara la bañera y, mientras tanto, se quitó la ropa. Tenía barro seco en partes del cuerpo en las que no tenía ningún sentido tener barro seco. Se sentó en su cama, desnuda y, de repente, de debajo de la cama, salió una mano y le cogió del tobillo. Juana dio un salto, gritó, sintió el corazón latiendo con fuerza en las sienes, se le nubló la vista y se le secó la boca. No estaba excitada, no estaba emocionada, en realidad, y aunque ella no lo sabía, le estaba dando un infarto. Sintió una presión terrible en el pecho y en los brazos, náuseas y le empezó a faltar el aire, la frente se le perló de sudor frío y, poco después, cayó al suelo, fulminada, con una cara de terror. Su hermana Valeriana salió corriendo de la cama, riendo, saltando. Miró a su hermana y, lo último que le dijo antes de que Juana muriera, fue: «¡Venga ya, no seas tan cobarde!».


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