Microficción #192

En la imagen vemos un primer plano de una hoguera en la noche. Las llamas se levantan por encima de los restos encendidos y quemados.

El relato se titula: "Junto a la hoguera".

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AL REDEDOR de una hoguera se sentaban, repartidas por el suelo, tres mujeres iluminadas por la luz solitaria y anaranjada del fuego. Ninguna se miraba, tenían los ojos fijos en las llamas que bailaban como si de repente el deejay hubiera pinchado ese temón que siempre les hace mover el esqueleto aunque no quieran.
    El grupo se componía por una humana, baja, robusta, vestida con una amplia camiseta roja, tejanos rotos por las rodillas y calzado deportivo. Tenía la piel de color negro intenso, satinada, los ojos grandes y castaños, la nariz menuda, respingona y los labios carnosos de un tono ligeramente más claro que el del resto de la piel. Le faltaban algunos dientes y de vez en cuando se pasaba la lengua por los huecos, como si hiciera poco que las piezas habían decidido independizarse de su boca. Llevaba el cabello negro y rizado rapado muy corto. En la mano derecha sujetaba una rama larga en la que había ensartaba una salamandra que giraba casi churrascada sobre el fuego como un pollo al ast. Sentada a su derecha había una mole, se notaba que era gigantesca incluso estando sentada, tenía los hombros anchos y los bíceps enormes, amenazando con destrozar las mangas de una camisa de lino que estaban pidiendo auxilio. Tenía la piel azul zafiro, era calva y de su cabeza brotaban una serie de cuernos negros puntiagudos que iban desde la frente hasta la nuca, formando una cresta alta. Tenía tatuajes en cada parte de su cuerpo, incluso en el rostro de facciones marcadas. No tenía nariz, pero lo compensaba con la media docena de ojos distribuidos como los puntos de la sexta cara de un dado. La boca era grande, sin labios, y llena de colmillos. La otra mujer era muy delgada y menuda, con una larga melena negra que le ocultaba el rostro a excepción de una barbilla afilada color ceniza y una boca pequeña de labios finos, morados y apretados. Vestía armadura y parecía que se le caería al suelo si se le ocurría levantarse del sitio.
    —Se apaga el fuego, Viri —dijo la de los cuernos con una voz suave.
    —Echa otro cacho —dijo la humana mientras soplaba una pequeña llama que se había adherido a la salamandra.
    La de los cuernos se levantó con un quejido parecido al que tú podrías emitir al levantarte del sofá para ir al baño. De pie debía medir dos metros de alto por dos metros de ancho. Se alejó del fuego, se agachó en la negrura de la noche y volvió a la luz cargando con algo que habría parecido pesado para la de la armadura pero que en sus manos parecía un juguete.
    —¿La pierna va bien?
    Viri miró a la de los cuernos, se fijó en la pierna amputada que llevaba en la mano y asintió. La otra lanzó el miembro al fuego con la misma indiferencia que si hubiera sido un trozo de leña y luego se sentó con el mismo quejido que tú emitirías al sentarte tras volver del baño. Las llamas de la hoguera se estiraron como si hubiera echado un chorro de gasolina y luego volvieron a la normalidad.
    —Los Soldados de la Noche arden bien —dijo Viril masticando un trozo de salamandra. Hizo un ruido de aprobación y dejó que el sabor a pollo le inundara la boca.
    —Vampiros y fuego, no hay mejor combinación —dijo la de los cuernos.
    —Lo que no sabía era que se podía matar a un vampiro sin que se convirtiera en polvo.
    —Si sabes dónde clavar y por dónde cortar…
    Viri asintió como diciendo: «Gran verdad».
    —¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo la de la armadura con un hilo de voz que habría pasado desapercibida en otras compañías. Aquellas dos estaban acostumbradas a su volumen y podrían escucharla susurrar en pleno fragor de la batalla o en un concierto de Camela.
    —Hacia el sur —respondió Viri.
    —Siempre dices eso.
    —Porque es hacia donde tenemos que ir.
    —Llegará un momento en el que el sur se termine porque hayamos llegado al Borde del Mundo y nos digas: «Hacia el sur».
    —El mundo no se termina nunca, Hux, ya te lo he dicho mil veces. El mundo es como un melón.
    —¿Dulce? —preguntó la de los cuernos.
    —No, elíptico.
    —El mundo es plano —respondió la de la armadura—. Todo el mundo lo sabe.
    —No voy a empezar de nuevo este debate, Hux, porque no nos lleva a ninguna parte. Sea como sea, llegaremos al destino en menos de un mes.
    —¡Menos de un mes! —Incluso aquella exclamación sonó muy débil—. Eso pueden ser dos semanas, dos días o dos horas. Estamos cansadas, Viri, cansadas y desarmadas. La batalla contra los Soldados de la Noche nos ha dejado agotadas, por no hablar de las hermanas que han muerto esta noche.
    —La guerra es la guerra —dijo Viri encogiéndose de hombros—. No se puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos.
    —Mmm, tortilla…
    —Puede que a ti te importe una mierda la gente, Viri —dijo Hux ignorando cómo se relamía la de los cuernos al pensar en un bocadillo de tortilla de patatas con pan con tomate y un chorrito de aceite de oliva—, puede que a ti también te dé igual, Suri, pero a mí no. Esos huevos que has roto para hacer tu tortilla…
    —Mmm, tortilla…
    —… eran guerreras valiosas para esta lucha.
    —Si fueran tan valiosas no serían huevos rotos, serían… no sé cómo seguir con el símil, pero vamos, que no serían tan valiosas cuando se han dejado matar por esos chupasangre.
    —Eres imbécil.
    —Puede, pero una imbécil viva. Una imbécil que ha viajado por todo el mundo E-L-Í-P-T-I-C-O en compañía de unas delincuentes condenadas a muerte, una imbécil que conoce el conjuro que las tiene cautivas y que puede pronunciarlo cuando se le antoje. Me entregaron vuestra custodia y me dieron permiso para ejecutaros si era necesario. En vez de eso decidí que lucharais a mi lado y obviar el hechizo que puede hacer que desaparezcáis como si nunca hubierais existido, con un simple «¡puf!». ¿Sabes cómo empieza tu hechizo, Hux? Empieza por Su…
    —Ya basta, Viri, déjala —intervino Suri.
    —Sí, mejor será que la deje, pero no os olvidéis de que me pertenecéis y que a una le tengo más aprecio que a la otra.
    —Eso es porque una te guarda las espaldas y la otra te apuñalaría mientras duermes —repligó Hux.
    —Por lo que sea. Me dolería más pronunciar el conjuro de una que el de la otra, pero si hiciera falta los conjuraría ambos sin dudar. Ahora a dormir y, a menos que tengas las narices necesarias para apuñalarme mientras sueño con tu madre, te sugiero que descanses. Mañana será un día de caminata larga hacia el sur. Apagad la hoguera, no quiero que los espíritus del fuego nos jodan la noche.
    Viri se tumbó en el suelo, con la cabeza apoyada en una piedra dura y se relajó. No tardó en dormirse, le dolía cada músculo. Hux y Suri se miraron, miraron a Viri y volvieron a mirarse la una a la otra. Hux se recorrió la garganta con la uña afilada del pulgar, dejándose una línea blanca horizontal y Suri negó con la cabeza. Aquella noche no le abrirían el cuello a nadie, pero cada vez estaba más cerca el momento.

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