Microficción #191

En la imagen vemos un disco de vinilo en primer plano, a la izquierda y, de fondo, un reproductor de discos. Parece que alguien vaya a poner el disco en el reproductor.

El título del relato es "Banda sonora".

cenefa2

EN EL TOCADISCOS del salón sonaba la canción Take Five de Dave Brubeck. La habitación presentaba un aspecto lamentable, como si hubiera pasado por allí un huracán o uno de esos adolescentes que aparecían en el programa Hermano mayor: las puertas estaban desencajadas de los goznes —algunas estaban tan desencajadas que directamente estaban en el suelo, como un cadáver cuyo contorno hay que dibujar con tiza—, los sillones estaban destrozados, con la tapicería rajada y la espuma y los muelles desbordándose como los sesos de alguien a quien se le ha pegado un tiro con un arma de gran calibre, la mesa estaba dispuesta, con platos rebosantes de comida podrida, de la que daban buena cuenta los gusanos, moscardones y cucarachas a los que nadie había invitado a comer, pero que ahí estaban, como ese cuñado pesado al que le empiezas a echar agua como a un perro callejero y rabioso del que te quieres deshacer pero que no pilla la indirecta. En el suelo había libros abiertos y libros cerrados, discos de vinilo rotos y enteros, y fotos enmarcadas con los vidrios destrozados. Sobre los trozos de cristal había dos cuerpos sin vida: uno pertenecía a un joven que vestía de forma desenfadada. Entre la cabeza y el cuerpo del joven se interponía la hoja de un hacha clavaba en el suelo. El otro cadáver era el de un ser pálido que vestía una chaqueta de cuero negro larga. Tenía un rostro horrendo, completamente blanco, como la harina o como ese polvo blanco que aporta tanta felicidad1, su nariz era extremadamente respingona, tanto que parecía una calavera, o un cerdo, o un murciélago, o la calavera de un cerdo nacido de una murciélaga que luego no supo como explicarle aquello a su pareja. El pelo era negro, muy largo, esparcido por el suelo. Estaba tumbado boca arriba y de su pecho despuntaba una estaca de madera que parecía el mástil de una bandera cuya tela se había ido volando con el viento.
    De una de las puertas salió una mujer negra de avanzada edad, vestida con un chaleco negro cerrado sobre una camisa blanca con el cuello ajustado por el nudo de una corbata negra. Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y se secaba las manos con una toalla rosa que parecía muy esponjosa, la toalla tenía unas iniciales bordadas con hilo de un tono rosa más oscuro. En la parte de abajo llevaba tejanos y calzaba unas deportivas Converse rojas y blancas. La mujer estaba silbando una versión jazz de Creep de Radiohead que sonaba ahora en el tocadiscos. Las arrugas de los labios gruesos y de color marrón se marcaban por el silbido. Tenía el pelo muy rizado, gris, en un peinado alto y esférico. Los ojos tenían una tela blanquinosa que hacía que pareciera que los iris marrones estuvieran tras una niebla espesa. Se detuvo en medio del salón y suspiró. No miró a los cadáveres, y aunque lo hubiera hecho no habría podido verlos, no podría haber visto nada, pero tampoco lo necesitaba.
    Sonó un teléfono en su bolsillo, el tono era el tema principal de Dr. Who.
    —Sí —respondió la mujer con una voz que parecía más antigua que la expresión «amos, no me jodas»—. Sí, he terminado. Ahá. Sin problemas. Morbius y el chico araña. ¿Cuál es mi próximo objetivo? Sí, no se preocupe, me encargaré de él. Sí, señora, sé lo peligroso que es. Sí, señora, tendré cuidado con su escudo. ¿Qué hago con el extraterrestre? Vale, señora, pero necesitaré algo de kryptonita. Sí, señora, me encargaré de todos. Adiós.
    La mujer guardó el teléfono en el bolsillo y sonrió. En el tocadiscos empezó a sonar Je Veux de Zaz. Le gustaba mucho aquella canción. La silbó mientras abandonaba la casa y se dirigía hacia su siguiente misión. No sabía que matar a personajes de cómic podía ser tan divertido.

N. del A.

1. El texto se refiere claramente al azúcar glas que tanta felicidad aporta en pasteles o roscos de vino. En ningún momento se hace en este relato apología de las drogas.
    —¿Qué dices, Sara?
    —Que si quieres un trozo de pastel.
    —¿Es de maría?
    —Nope…
    —Entonces no. Y déjame, que estoy escribiendo una nota.
    Pues eso, nunca haría apología de las drogas en un relato, no hagas que tus hijos, sobrinos, nietos o ese crío que secuestraste en la feria deje de leerme, porque yo soy anti drogas, te lo juro por el devorador de mundos.


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