Relato basado #2

En la imagen vemos unas canicas de distintos colores tiradas por el suelo.

El título del relato es "Ruidos".

cenefa2

[Nota fija]→ Relato basado es una sección en la que escribiré historias inspiradas en artículos que vaya leyendo y que me parezcan interesantes.

Titular:

«Explicaciones del ruido de canicas de espíritus de niños.»

Fuente: Espacio misterio.

Pulsa en el nombre de la fuente para leer el artículo original.

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LOS RUIDOS sonaban cada noche a las dos de la mañana, sin excepción. Venían del piso de arriba, justo encima del dormitorio de Edelmira, la niña de diez años que se tapaba con el edredón hasta la cabeza, usando el razonamiento que todos hemos seguido alguna vez de: edredón = barrera impenetrable y repelente de espíritus malignos, así como ahuyentador no homologado de ladrones y asesinos en serie. Los ruidos eran varios, a saber: risas infantiles, pasos, canicas chocando entre sí en el suelo y, de vez en cuando, discusiones que contenían las palabras «¡mierda!», «¡cagüen tó!» y «¡eh, eso no vale!». Puede que dicho así no sea algo de lo que tener miedo, que no sea necesario usar el ahuyentador no homologado por unos chiquillos jugando a las canicas a dehoras, pero ¿y si te digo que sobre el dormitorio de Edelmira no había más que una buhardilla? ¡AJÁ! Te acabo de dejar con el culo torcido, ¿eh? Ya no somos tan valientes, ¿verdad? Lo que escuchaba la cría no era otra cosa que un grupo de espíritus infantiles atrapados en aquella casa. No porque se suicidaran allí, no porque alguien los hubiera degollado y esparcido sus tripas por las paredes de aquel hogar, sino porque un día, huyendo de cuatro adultos vestidos con monos y cargados con mochilas con las que se dedicaban a cazar fantasmas sin criterio ni respeto, se metieron en aquella casa, más concretamente en la buhardilla y se quedaron dormidos. Debió ser una siesta legendaria, de esas de las que cuando te despiertas no sabes ni donde estás, porque a los habitantes de la casa les dio tiempo a tapar la trampilla que daba a aquel desván, alegando que: «Siempre me han dado muy mal rollo. ¿No has visto películas de miedo o qué? Pues eso» y haciendo que los pobres espíritus se quedaran allí para siempre —porque eso de que los espíritus atraviesan paredes y suelos es una falacia y bastante racista si me permites decirlo—. Resignados, los fantasmas decidieron vivir allí, que tampoco se estaba tan mal.
    Edelmira llevaba una semana sin dormir bien, a la naturaleza aterradora de aquel fenómeno había que sumarle la poca educación de aquel grupo de espíritus. Cansada de pasar las noches en vela, de quedarse dormida en clase y de que sus compañeros la llamaran Edelmirita la dormidita, decidió hacer una excursión a la buhardilla. Porque a pesar de que sus padres habían tapiado la única entrada, los niños siempre saben como llegar a los sitios, ¿o no lo has visto en las pelis? Conductos de ventilación, pasillos secretos que no se ven ni en la saga de Indiana Jones… de todo.
    Edelmirita la dormi… perdón, Edelmira esperó a la noche siguiente para ir al encuentro de los espíritus. Porque eso es algo que, según Hollywood, también es muy característico de los niños: da igual que tengan miedo, siempre consiguen vencerlo e ir al encuentro de peligros. ¡Y qué peligros! Tomemos como ejemplo a nuestra Edelmira. Mírala, vestida con su pijama de Barrio Sésamo y una bata de Son Goku, calzada con zapatillas de Chewbacca y armada con una linterna más grande que ella. Mírala, colándose por un falso fondo del armario ropero que, convenientemente, está en su habitación, ¡qué casualidad todo!, mírala ascendiendo como una lagartija por el falso fondo, ¡no dejes de mirarla que está a punto de asomar la cabeza por una rejilla situada en la pared, a ras del suelo de la buhardilla! Qué maravilla, cómo me trabajo las historias.
    Edelmira se quedó muy quieta y miro a través de la rejilla, pero no se veía gran cosa, la buhardilla no tenía luz, ni ventanas, ni nada. El silencio, de alguna forma, era más desquiciante que el ruido de las noches anteriores, ¿qué hora debía ser? Había salido de su habitación a la 01:45, ¿eran ya las dos? No, supo a ciencia cierta que en el momento exacto de aquel pensamiento eran las 01:59:20 de la madrugada. ¿Que cómo podía saberlo con tanta precisión? Sencillamente porque solo costaron cuarenta segundos para que la buhardilla se iluminara con una luz azul muy intensa. De la nada aparecieron cuatro chiquillos, más o menos de su edad. Curiosamente los niños no eran azules, ni traslúcidos, como ella se había imaginado que serían todos los fantasmas. Eran niños en blanco y negro —aunque Edelmira no tenía forma de saberlo, los críos eran en blanco y negro porque murieron en los años treinta, y todo el mundo sabe que los fantasmas de aquella época no eran en color. Los espíritus en color llegaron a mediados/finales de los años setenta—. Dos de los niños vestían boinas y chalecos sobre camisas desgastadas —en su defensa hay que decir que desde los años treinta no se habían podido cambiar de ropa, así que muy nueva no podía estar—, llevaban pantalones cortos y calcetines blancos que les llegaban hasta las rodillas y calzaban zapatos marrones —bueno, los zapatos eran marrones pero evidentemente se veían negros por la escala de grises que componía a los fantasmas—.
    —¡Vamos a jugar a las canicas! —dijo uno de los niños. Su voz sonaba dos veces, como si tuviera su propio eco.
    —Vale, pero hoy no hagas trampas —respondió esta vez una niña vestida con un vestido de algodón bastante arrugado y con un lazo en la cabeza, de cabello gris, despeinado.
    —¡Yo no hago trampas, solo busco maneras creativas de ganar!
    —¡Eso es hacer trampas!
    —¡No, no es verdad! ¡No me provoques o te mandaré a los vivos que habitan en esta casa!
    —¡No hagas bromas con eso, Donaciano!
    —¡Tengo una idea! ¿Y si hoy jugamos a invocar vivos?
    —¿Cómo se juega a eso? Creo que no me apetece.
    —No seas cagueta, Fredesvinda.
    —¡No soy cagueta! ¿Cómo se juega?
    —Nos sentamos en círculo. No, así, mira, tú ahí, yo aquí, tú ahí Segismunda y tú, Romualdo, a este lado. Sí, muy bien. Entonces nos cogemos de la mano y decimos: «¡si hay algún vivo en la casa, que haga una señal!» ¡Va, cerrad los ojos y concentraos! Tú también, Fredesvinda, ¿no dices que no eres una cagueta? Demuéstralo. Eso, cierra los ojos, todos, cerradlos. ¿Preparados? Va, que voy. ¡Vivos malvados yo os invoco! ¡Si hay algún vivo en la casa que haga una señal!
    No ocurrió nada.
    —No sé si me gusta este juego —dijo el pequeño Romualdo, tembloroso pero sin abrir los ojos.
    —Ahora que Fredesvinda no es una cobarde, lo eres tú. Calla, que sino no funciona.
    —No quiero que funcione.
    —¡Shhh! ¡Repito, vivos malechores! ¡Si hay alguien ahí que se manifieste!
    Edelmira, oculta tras la rejilla, se quiso vengar de aquel grupo de niños que llevaba tanto tiempo asustándola. Se puso las manos alrededor de la boca y dijo:
    —NIIIIIIÑOOOOOOOOOOS.
    Fredesvinda lanzó un grito, Romualdo preguntó «¡¿quién vive?!», Segismunda se abrazó a Fredesvinda y Donaciano, aunque intentaba disimularlo, se habría cagado encima si su cuerpo aún hiciera tales cosas.
    —¿Qui-qui-quién ha-ha… hay ahí? —dijo Donaciano sabiendo que era absurdo ocultar su miedo. Temblaba tanto que si le dieran unas maracas sonarían aunque intentase estarse muy quieto.
    —Soy la niña a la que lleváis molestando durante semanaaaaaas. —Lo dijo con muchas vocales porque, según Edelmira, aquello le otorgaba una tenebrosidad difícil de conseguir con menos vocales.
    —¿Vi-vi-vienes en s-so-s-so-son de p-pa-paz?
    —Vengo a buscaros para que paguéis por vuestras travesuraaaaas….
    —¿Po-po-por qué aca-aca-acabas las fr-fr-frases co-co-con tantas vo-vo-vocales?
    —¡SILENCIOOOO! —gritó Edelmira que no sabía qué responder.
    —¡S-s-sí!
    —Os propongo un tratooooo. —Siguió con las vocales porque ya le parecía raro cambiar.
    —¿U-u-un tra-trato?
    —Sí. Digo… Sííííííí.
    —¿Qu-qué… qué tr-tr-tr-tra-trato?
    —Si dejáis de jugar a las dos de la mañana todos los días no os haré nadaaaaaa.
    —¡E-e-eso no po-po-podemos ha-ha-hacerlo!
    Edelmira empezó a golpear la pared del falso fondo en el que se ocultaba.
    —¡ENTONCES VOY A POR VOSOTROOOOOOOOOOS!
    Fredesvinda se puso a llorar, Segismunda también. En realidad todos lloraron, para qué mentir.
    —¡VA-VA-VALE! ¡JU-JUG-JUGAREMOS A LAS DOCE!
    —¡Jugad por la tarde, jodíooooooooos!
    —¡VA-VA-VALE! ¡J-J-JUG-JUGA-JUGAREMOS PO-PO-POR LA T-T-T-TAR-TARDE!
    —¿Me lo prometééééeis?
    —¡LO-LO-LO JU-JU-JURA-JURAMOS POR B-B-B-BETTY B-BOOP!
    —No sé qué es esooooo.
    —U-U-UN DI-DI-DIBU-DIBU-DIBUJO A-A-ANIMA-ANIMADO.
    —Ah… ¿y está bien o quéééé?
    —Bueno, a nosotros nos gustaba mucho. ¿Verdad?
    —Sí, sí, muy buena —dijo Segismunda.
    —De lo mejorcito —convino Romualdo.
    —Una joya —sentenció Fredesvinda.
    —¡LA BUSCARÉ EN MEGADEDEEEEEEEEE!
    Edelmira se escurrió por el falso fondo y regresó a su dormitorio. Esperó a estar fuera del armario para empezar a reírse a carcajadas. Por fin, a partir de aquel día, iba a poder dormir a pierna suelta por las noches.

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