Microficción #187

En la imagen vemos varias copas de champán llenas sobre una mesa preparada para la cena de Nochevieja. De fondo vemos a una persona a la que no se le distingue, se le ve borrosa pero sabemos que tiene una botella de champán en la mano.

El título del relato es Feliz año nuevo.

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El champán no dejaba de llenar copas y copas de vidrio alargadas y brillantes. La botella negra que descansaba en las manos de Dámala la conjuradora —que no maga, cuidadín con confundir las cosas— no se vaciaba nunca, gracias a un hechizo que le enseñó un mago de mala muerte —que no conjurador, insisto—, en una taberna de mala muerte. Desde entonces siempre que había una fiesta, Dámala era la primera invitada. Porque si tienes que elegir entre tu cuñado el gañán y una conjuradora capaz de hacer que el alcohol no termine nunca, ¿a quién vas a invitar primero? Pues eso.
    Aquella no era una fiesta normal y corriente. Era una fiesta con nombre y apellido, se llamaba La y se apellidaba Fiesta —posiblemente tuviera un segundo apellido compuesto como “De la Hostia”, pero nadie se molestó en preguntárselo—. El año estaba a punto de terminar y Dámala estaba más que preparada para comerse los doce brownies de la suerte1 y despedir aquel año al que una persona muy positiva habría llamado: «Un año lleno de lecciones» pero al que ella prefería llamar: «Un año de mierda».
    —¡Dámala! —dijo una de esas voces que pretenden sonar amables pero que demuestran que no siempre que se intenta algo se consigue—. ¿Has venido sola?
    —Así es, Diega.
    —Qué encanto. Yo no sabría qué hacer sola.
    —Eso dice más de ti que de mí —dijo Dámala con las palabras recién afiladas por un señor anciano que pasaba por allí con una moto, tocando una flauta de pan y gritando: «¡HA LLEGADO EL AFILAOR!».
    —No sé qué significa eso, pero bueno. Yo vengo con mi flamante novio Cornelio, ¿lo conoces?
    —¿No es al que echaron del gremio de conjuradores por conjurarse un alargamiento de pene?
    —¡Oh, ji, ji, ji! ¡Qué mala eres, Dámala! Eso fue cuando era joven y alocado. Y créeme —dijo Diega poniéndose una mano al lado de la boca y acercándose mucho a Dámala—: mereció la pena.
    —Bien por él.
    —¡Y bien por mí!
    Dámala suspiró y miró a su alrededor para ver si encontraba a alguien que se compadeciera de ella y la rescatara de las manos de la malvada conjuradora mononeuronal. Vio a Silvina, pero no le apetecía entablar conversaciones sobre la política en Narnia. Vio también a Noelio, un viejo amigo que se había vuelto un poco raro después casarse con una sirena y mudarse al fondo marino. Además siempre tenía las yemas de los dedos arrugados y eso a ella le daba grima. No había nadie allí que pudiera salvarla y no podía usar la excusa de: «Voy a por más champán, que se ha acabado», porque todo el mundo sabía de su habilidad con el alcohol.
    —Bueno, ¿y qué tal el año, golfilla? —preguntó Diega.
    —Ya sabes… un año… lleno de lecciones.
    —¡Esos son los mejores! Yo he viajado mucho, tanto que acabé sin saber en qué continente estaba. Ji, ji, ji. ¿No odias cuando te pasa eso? Por ejemplo estuve en Rivendel, en Mordor, en Asgard, en Nunca jamás, en Oz y en Teruel.
    —¿Teruel existe?
    —¡No se lo preguntes a los turolenses!
    —¿Esos no son los que se visten con pantalones cortos, gorros y cantan muy agudo?
    —Solo cuando se les cae algo muy pesado en el dedo gordo del pie.
    —Entiendo.
    —¿Y tú?
    —Bueno, cuando se me caen cosas pesadas en los pies también grito.
    —¡No, boba! Ji, ji, ji. Pregunto qué has hecho.
    —Ah. Pues ya sabes, un poco de esto, un poco de aquello y algo de lo de más allá.
    —¿Has viajado?
    —Mucho. Estuve en varios centros comerciales, en algún que otro supermercado, he visitado varios estancos, y muchísimos bares.
    —Encantador.
    —Oh, y he conocido a mucha gente.
    —Eso está muy bien.
    —Aunque a casi todos los que conocí era porque los tenía que matar, así que… creo que no cuenta.
    —No, diría que no. Bueno, pues has tenido un año…
    —¿Lleno de lecciones?
    —Iba a decir otra cosa —Diega iba a decir «de mierda»—, pero sí. Pues nada… por suerte esta noche ya termina el año, ¿no?
    —Si no se congela el tiempo…
    —No, por Dios.
    Dámala y Diega se quedaron calladas, mirándose la una a la otra, también miraban a su alrededor y hacían ruidos con la boca —pedorretas y chasquidos de lengua. Lo normal cuando te aburres y no sabes qué decir—.
    —Bueno… pues… feliz año, Dámala.
    —Oh, feliz año a ti también, Diega.
    —Sí… bueno… creo que voy a buscar a Cornelio que se ha puesto unos pantalones muy ajustados y se le marca el… ¡feliz año!
    —Feliz año, feliz año.
    Diega se alejó resoplando y abriendo mucho los ojos. ¿Había sido aquella la conversación más incómoda que había tenido nunca? No tenía pruebas, pero tampoco dudas. Dámala, por su parte, se lo había pasado incluso bien. Torturar a la gente como Diega era muy divertido. Al final el año iba a terminar mejor de lo que empezó.

1. Es cierto que lo normal es que en Nochevieja se coman doce uvas de la suerte y no doce brownies, pero Dámala era de las que no comían fruta ni apuntándolas con el culo de una mofeta.

4 comentarios en “Microficción #187

  1. Tras leer ésta conversación tan incómoda como interesante y poder certificar que Teruel existe, me surge una duda que no sé si me puedes resolver. Espero que no me bloquees y que no te me enfades, pero, ¿Cornelio es heterocurioso? Si es así, me lo pido para Reyes.
    Un saludo y feliz año futurista 2020.
    😉

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