Primeras líneas #1

En la imagen vemos a una mujer joven, sentada en el sofá, bebiendo de una taza de porcelana blanca, con los pies apoyados encima de una mesa. La vemos desde las plantas de sus pies, cubiertos por calcetines rojos, navideños de renos.

El título del relato es: "Dulce Navidad".

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¡Hola! Hoy te presento una sección nueva. Se trata de «Primeras líneas», esta es una subsección dentro de «Juegocuentos» —que por cierto, también es nueva—, en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por las primeras líneas que me proponga la APP Ideas para escribir que podrás descargar de Google Play aquí, y de Apple Store aquí. ⚠ Esta aplicación es de pago. ⚠. Una vez explicada la idea, vamos al lío.

Inicio a utilizar:

Captura de pantalla del resultado obtenido al utilizar la aplicación "Ideas para escribir". Mi relato deberá empezar con la frase: "Tembló el suelo y sonó el timbre de la puerta".

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Tembló el suelo y sonó al timbre de la puerta. La joven bajó los pies de la mesa, enfundados en calcetines acolchados, rojos, con caras de renos —concretamente la del reno Rudolph— y copos de nieve bordados, se puso las zapatillas y, sin soltar la taza de cacao caliente, se acercó a la puerta. Echó un vistazo al exterior a través de la pequeña mirilla, pero no vio nada, solo su porche, y la calle nevada. «Algún niñato que se cree el más gracioso del barrio», pensó dándose media vuelta y regresando al sofá. Antes de que se sentara volvió a sonar el timbre.
    —¡Te voy a cortar el dedo y lo voy a usar para remover el Nesquik! —dijo a gritos al tiempo que volvía a mirar por la mirilla.
    Nadie.
    El timbre sonó varias veces y la joven se cagó en todo lo cagable.
    Abrió la puerta, furiosa y se encontró con un hombre muy pequeño, de poco más de un metro, con las orejas puntiagudas, el pelo marrón muy rizado y una nariz afilada. Tenía los ojos rasgados y la boca pequeña. Vestía un traje verde con cuello de camisa rojo y un gorro verde, puntiagudo, con un cascabel al final que hacía que la punta del gorro colgara a la altura de la nuca del hombre. Llevaba pantalón corto de cuyas perneras salían dos piernas delgadas cubiertas por leotardos de rayas horizontales rojas y blancas. En los pies llevaba zapatos cuyas punteras se retorcían hacia arriba.
    —¿Quién eres tú? ¿De qué vas disfrazado?
    —Feliz Navidad, señorita. ¿Es usted Cesárea Pino? —preguntó el hombre de verde con una voz infantil muy aguda.
    —Sí, soy yo.
    —Mi nombre es Yjo, soy un elfo ayudante de Santa Claus.
    Cesárea sacudió la cabeza y miró con más atención al hombre. Luego miró su taza como preguntándose: «¿Con qué mierda hacen el Nesquik ahora?».
    —¿Perdona?
    —Sé que es un poco extraño, pero es verdad. Tengo motivos para pensar que Santa está en esta casa.
    —Claro, y Superman está en la de enfrente.
    —¿De verdad? Quizá luego le pida un autógrafo.
    —Mira, bonito, me parece muy original la broma y te la has currado mogollón, si hasta te has comprado orejas de esas puntiagudas. En serio, de puta madre, campeón. Lo que pasa es que me pillas en pleno maratón de The Witcher en Netflix y, no es que no me parezca interesante la película que te has montado, pero me gustaría seguir viendo a Henry Cavill. Así que…
    Cesárea fue a cerrar la puerta, pero Yjo se lo impidió poniendo el pie entre la hoja de madera y el marco.
    —¡Señorita, no es una broma! Tengo motivos de peso para creer que Santa Claus está aquí.
    —Venga, te voy a seguir el rollo, crack. ¿Por qué estás tan seguro de que el gordinflón está en esta casa?
    —Pues primero porque era la última casa a la que tenía que ir antes de volver al taller a recoger más regalos. Segundo porque tiene el trineo aparcado ahí, ¿lo ve? —Cesárea asomó la cabeza y vio un flamante trineo enorme, del tamaño de un tanque, con carrocería roja metalizada. Delante del trineo esperaban paciente y elegantemente nueve renos de un tamaño muy superior a la de cualquier reno que Cesárea hubiera visto en documentales de televisión. Uno de ellos, el que estaba en cabeza, tenía la nariz roja y brillante. Cesárea tragó saliva—. Y tercero que si sale usted de su domicilio podrá ver a Santa Claus atascado en su chimenea.
    Cesárea, ignorando el frío, salió de casa hasta la carretera y miró el tejado de su chalé: había una chimenea de ladrillo de la que sobresalía un trasero y unas piernas enfundadas en un pantalón rojo y unos pies calzados con botas negras muy brillantes. Las piernas pataleaban.
    —¿Qué cojones…?
    —¿Lo ve? El caso es que usted es la culpable de que Santa Claus se haya quedado atascado.
    —¿Yo?
    —Así es. Santa Claus entra en las casas la noche del 24 de diciembre, es decir, hoy, pero para hacerlo debe usar un conjuro. Ese conjuro hace que las chimeneas se ensanchen para que su… robusto cuerpo, pueda caber. ¿Qué sucede? Que ese conjuro solo funciona cuando las personas que habitan las casas de esas chimeneas están durmiendo. ¿Ha mirado el reloj? Es la una de la madrugada. ¿Qué hace usted despierta a la una de la madrugada?
    —¿Yo? Pues… maratón de The Witcher en Netflix
    —¡Es nochebuena! Debería estar dormida, debería dejar a la gente hacer su trabajo. Es usted muy egoísta, ¿lo sabe?
    —Pero…
    —¡Ni pero, ni pera! ¿Sabe que este percance puede poner en peligro la Navidad entera? ¡Sí, no me mire así! Si no conseguimos sacar a Santa Claus de su chimenea no podrá repartir los regalos que le quedan. ¡Se enfrenta usted a un delito federal!
    —¿Federal?
    —¡Y tanto! ¡Y no solo eso, la ONU estará al tanto de esto, señorita! ¡Será la nueva Grinch! ¡Y todo por ver una serie de televisión!
    —Pero…
    —¡Que ni pero, ni pera! Haga usted el favor de no complicarse más la vida y vaya a dormir para que el conjuro funcione y podamos sacar a Santa Claus de su chimenea.
    —¿Estás de coña?
    —¿Te parece que estoy de coña?
    —No sé lo que me parece. Es decir… ¿seguro que no estoy soñando?
    —Señorita, si usted estuviera soñando no tendríamos este problema entre manos. ¡Si usted estuviera soñando, a Santa Claus no se le habría atascado el culo en su chimenea!
    —Pero… yo no puedo dormirme así sin más. Y mucho menos después de esto… ¡tengo el hype por las nubes!
    —De eso no se preocupe. Tenga. —Yjo metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita en forma de prisma rectangular, levantó la tapa como si fuera la caja de un anillo de pedida, y dejó que Cesárea viera el contenido: un bastón de caramelo con el extremo curvado como el mango de un paraguas. Era blanco con una espiral roja—. Cójalo. Es muy sabroso, cómaselo de camino a la cama y, cuando lo haya terminado, se quedará dormida como una bebé. No es peligroso, dormirá durante ocho horas, un sueño reparador y al despertarse nosotros ya nos habremos ido.
    —No me fío.
    —El plan B sería dormirla con cloroformo, señorita. ¿Lo prefiere?
    Cesárea vio en la mirada de Yjo una promesa, no una amenaza. Cogió el bastón y lo olisqueó. Olía a menta.
    —Pruébelo.
    Cesárea obedeció, lamió el bastón y, en efecto, sabía a bastón de caramelo normal y corriente.
    —¿Lo ve?
    La joven se metió el bastón en la boca por el lado recto, y lo chupó como si fuera una piruleta.
    —Gracias por su colaboración, señorita. Ahora vaya a la cama, no quisiéramos que se quedara dormida en cualquier sitio. Yo salvaré a Santa Claus y la Navidad.
    —¿Tendré problemas?
    —Por suerte hemos llegado a tiempo —dijo Yjo sonriendo—, no habrá represalias. Aunque sintiéndolo mucho este año no habrá regalo de Santa Claus, ha infringido usted las normas, no estaba durmiendo antes de la media noche —Yjo hizo que Cesárea entrara en casa—. En fin. Ha sido un placer, vaya a dormir y yo me ocuparé de todo. Mientras el caramelo hace efecto, iré a la casa de enfrente a pedirle un autógrafo a Superman. Buenas noches, Cesárea.
    El propio elfo cerró la puerta, dejando a Cesárea a solas en el recibidor. La joven se dio la vuelta, apagó la televisión y subió las escaleras que daban al piso de las habitaciones. Se metió en la cama, se tumbó y empezó a masticar el bastón mientras pensaba en lo extraña que había resultado esa noche, y en el chasco que se iba a llevar el elfo cuando entendiera que lo de Superman era sarcasmo. Bostezó, se tragó los trozos de caramelo y empezó a roncar como un serrucho —sí, los serruchos roncan cuando duermen—.


¡FELICES FIESTAS!

¡Coméntame o morirá un gaticornio!

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