Microficción #186

En la imagen vemos una taza de cerámica sobre una mesa de madera. La iluminación es tenue y resalta el humo blanco que sale del interior de la taza.

El título del relato es "Cuentagotas".

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La joven pelirroja enterró el cuerpo en un cementerio vigilado únicamente por los cipreses y la luna, que cotilleaba la escena ligeramente oculta tras las nubes, como esa vecina entrometida que se asoma a la ventana, escondida tras las cortinas, cuando escucha a gente discutiendo en la calle.
    Un cuervo se posó sobre una lápida cercana y la miró nervioso. Graznó primero y habló después:
    —La has cagado, Baudilia.
    —¡Si no me vas ayudar —dijo Baudilia echando una palada de tierra sobre el cuerpo cubierto por una lona negra—, cállate, Pío!
    —Me callo, pero la has cagado.
    Baudilia resopló, porque aunque el cuervo era un tocacojones de cuidado, tenía razón, la había cagado.
    Se escuchó una sirena y Baudilia se puso muy tensa. Se agachó y miró por encima de las lápidas, siguiendo con los ojos las luces rojas y azules que se alejaban poco a poco del cementerio.
    —Espero que no te encuentren, Baudilia, has acabado cayéndome bien.
    —Mira tú qué amable.
    Baudilia siguió echando tierra en la tumba, sudando y maldiciendo aquel día. La estaban buscando y no tenía nada que hacer. La buscaba la policía, la buscaba el gremio de brujos, el de brujas y el de sexadores de aves fénixes. Aunque no tenía muy claro por qué la buscaban los últimos, ella no tenía nada que ver con ellos.
    —¿Por qué lo hiciste, Baudilia?
    —¿Qué otra cosa podía hacer?
    —Qué sé yo… ¿no hacerlo?
    —La vida no es tan simple. No se resume en hacer las cosas o no hacerlas. Hay términos medios, hay grises, hay claroscuros.
    —Lo puedes llamar «cipote volador no identificado» si quieres, pero no deberías haberlo hecho. ¿Con qué fue?
    —Café.
    —No deberías haberlo hecho.
    —¿Eres un cuervo o un loro?
    —No la pagues conmigo, la que la ha cagado has sido tú.
    Baudilia suspiró y se preguntó hasta dónde podría enviar a aquel cuervo si le daba un golpe lo suficientemente fuerte con el reverso de la pala. Quizá si aquello fuera un partido de béisbol conseguiría un home run. No lo hizo porque le interesaba más enterrar al muerto y largarse cuanto antes. Ya había limpiado la escena del crimen, había tirado el café por el retrete y hecho añicos la taza.
    —¿Te has desecho de la botella?
    Y no se había desecho de la botella, de hecho la llevaba encima. Metió la mano en el bolsillo y notó el tacto de la goma del cuentagotas sobresaliendo del tapón.
    —¡Mierda!
    —La has cagado.
    —¡Cállate!
    —Yo me callo, pero la has cagado. Si te pillan con el veneno que mató a Merlín, vas a tener muchas cosas que explicar, y mucha gente a la que explicárselas.

¡Dime algo, no seas asinas!

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