Las tres palabras #14

En la imagen se ve a una joven de espaldas, lleva en la mano un vaso de papel, de los de café para llevar. De fondo se ven árboles, puede que un bosque.

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[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Palabras a añadir:

PANADERÍAS 1
MUSICAL 2
ESPERAR 3

cenefa2

La nota que encontró en la puerta del dormitorio de Laura, escrita por Sofía —a juzgar por la letra— y pegada a la puerta por Blanca —a juzgar por el perfume que se había quedado impregnado en el papel—, era clara:

En la imagen se ve el texto:

«Luci, ven al bosque a las 8am. Posdata: ¡ven sola!».

La tipografía usada para este texto parece escrita a mano.

    No le importaba desplazarse un poco. Además sabía que si a Sofía se le metía algo en la cabeza, era mejor llevarle la corriente. No le daba miedo, pero prefería no empezar el día aguantando tonterías. Aquella actitud era el equivalente a decidir no pasar bajo una escalera. Puede que una no sea supersticiosa, pero algo dentro de su mente dice: «yo sé que no, ¿pero y si sí?».
    El bosque estaba cerca de la universidad porque, pudiendo construir una universidad cerca de un bosque, ¿por qué no hacerlo? Luci, que era ella, había encontrado decenas de motivos para no construirla en un sitio así la primera noche que durmió en el campus, cientos de ellos cuando llevaba una semana y había perdido la cuenta cuando había pasado un mes desde que llegara a aquel lugar.
    Se puso en marcha, no era buena idea hacer esperar3 a esas universitarias. Estaban como una cabra. No era una locura del tipo Michael Myers, pero a veces daban el mismo miedo. Se lo tomaban todo demasiado en serio, eran, como solía decirse, demasiado intensitas. Luci, en cambio, era más de ir por el mundo con la pachorra por bandera. Era de las que preferían no correr si no había una amenaza que estimulase la carrera: un asesino armado con una motosierra, un vampiro brillante, un comercial de telefonía, etcétera. Siempre decía que si lo que la perseguía era un zombie —uno de los clásicos, no esos cabrones nuevos que corren como si hubieran muerto por sobredosis de azúcar— no se molestaría en correr. Según Luci solo había una cosa más lenta que un zombie clásico, una tortuga zombie clásica.
    Entró en el bosque, era de abetos, cuyas copas empezaban a abrazar el otoño y se salpicaban de tonos marrones, como uno de esos maduritos interesantes que empiezan a tener mechones de pelo cano. El canto de un pájaro sonó a la derecha de Luci pero el viento se encargó de arrastrarlo hasta su izquierda, donde se extinguió. No tenía ni idea de qué animales habitaban ese bosque, no le interesaba demasiado la fauna autóctona. Ella era más de visitar panaderías1 y cafeterías, leer en el parque, libre de posibles ataques de lobos o exhibicionistas, ir al cine y tocarse las narices todo lo que sus estudios le permitían. De hecho no terminaba de entender qué demonios estaba haciendo allí, su novia le había invitado a un musical2 y le había dicho que no… ¿por qué? ¿Por adentrarse en un bosque del que no tenía claro que pudiera o supiera salir? ¿Para entrar en una hermandad de descerebradas adictas al brillo de labios y a las camisetas con tachuelas? ¿Para ser socialmente aceptada por una sociedad que, por otra parte, le importaba una mierda? ¿De qué era el musical? ¿No era ese que dirigían los profesores aquellos de OT?
    —¡Mierda! Yo me largo de aquí.
    Dio media vuelta y se topó de pleno con una persona que se quedó petrificada, como si hubieran estado jugando al escondite inglés. La persona era alta, llevaba un saco de yute en la cabeza con dos orificios cortados de forma torpe a modo de ojos, el saco estaba ajustado al cuello con una soga cuyo firme caía por su espalda, siguiendo su columna vertebral y colgando a la altura de sus pantorrillas, cubiertas por un pantalón de pescador. Llevaba también un jersey de rayas horizontales blanquirrojas con el cuello raído y diversos agujeros por todas partes. En la mano llevaba un cuchillo que había conocido tiempos mejores, estaba mellado y muy oxidado, tanto que lo que más preocupaba de que lo usara contra una persona no era la cuchillada en sí, sino la posible infección.
    —¡¿Quién eres tú?! —preguntó Luci intentando fingir que no se había dado un susto tan grande que estuvo a punto de escapársele el pis.
    —Mi nombre es Jasón (con acento en la «o») y morí asesinado en este bosque.
    —¡¿Y ahora te quieres vengar y matar a todas las personas que nos adentramos en él?!
    —¿Qué?
    —Como en las pelis esas de miedo.
    —Pues no. No quiero matar a nadie.
    —¿Y ese cuchillo?
    —Me acabo de comer una manzana.
    —Ah… ¿y por qué me seguías?
    —Yo no te seguía, iba en la misma dirección que tú. Es distinto.
    —¿Seguro que no me querías matar y te he pillado con las manos en la masa y ahora te estás inventando todo este rollo?
    —¿Por qué te iba a querer matar? No te conozco de nada.
    —Para vengarte de los que te mataron a ti.
    —Estás obsesionada con la venganza. Mi padre decía que la violencia solo engendra violencia. Además, los que me mataron recibieron su merecido. Uno de ellos murió atropellado por un avión, otro…
    —Espera, ¿cómo te atropella un avión?
    —Igual que un coche, claro. Otro era capitán del equipo de fútbol y ahora trabaja de reponedor en un supermercado.
    —No tiene nada de malo trabajar en un supermercado.
    —Si el supermercado es imaginario y el reponedor está interno en un manicomio tampoco es que sea muy bueno.
    —Visto así… ¿y ahora qué?
    —¿Qué de qué?
    —Pues que qué hacemos ahora.
    —Pues tú no lo sé, yo tengo que seguir con mi muerte.
    —Qué borde.
    —Borde no, no te conozco de nada. Tú te has parado en seco, casi te clavo el cuchillo sin querer. Pero vamos, que yo tengo mis cosas y tú las tuyas, a mí no me líes.
    —Pos vale.
    —Pos vale.
    Jasón con acento en la «o» echó a andar sin mirar atrás, Luci también anduvo, pero ella sí que miró varias veces a su espalda. Primero por si aquel bicho raro le había mentido y en realidad sí que pretendía matarla, y segundo porque le parecía una situación muy rara. ¿Sería una broma? ¿Sería aquello parte de la prueba de acceso a la hermandad? Fuera como fuere, prefería irse con su novia a ver el musical ese y olvidar aquel bosque lo más rápido posible.

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