Microficción #176

En la imagen se ve una calle nevada, la luz azul le da un aspecto aún más frío. A la derecha hay un árbol grande cuyas ramas curvas llegan hasta el extremo izquierdo. Hay una valla de madera y un poste (puede que una farola).

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La trama empieza en una calle nevada, iluminada por las últimas luces de un sol que ya empezaba a mirar su reloj de bolsillo y a pensar: «en un periquete estaré en casa y podré ver el último capítulo de Anatomía de Grey». Pediría una pizza, se pondría su mejor pijama ignífugo, y disfrutaría de su adorada serie. Se empezó a impacientar porque la luna estaba llegando tarde. Siempre le hacía lo mismo en aquella época del año, y empezaba a cansarse.
    —¿Traes eso? —dijo una voz que sonó sospechosa a muchos kilómetros de distancia bajo los pies del sol. O habría sonado a muchos kilómetros de distancia bajo sus pies, si el sol hubiera tenido pies en algún momento de su vida.
    El sol hizo una pausa en su ofuscación por el retraso de la luna y escuchó atentamente.
    —Lo traigo, mi señora —respondió una voz menos sospechosa, pero mucho más… mucho más… un segundo, tengo que buscar una cosa en Google. Mientras tanto, quisiera aclarar que el cielo estaba muy nublado y el suelo cubierto de nieve. No mucha nieve, no habría alcanzado para hacer un muñeco, a no ser que fuera una representación fiel de un liliputiense, pero sí que habría dado para escribir un nombre considerablemente largo con orina, algo como Segismunda, por ejemplo. ¡Ya está, encontrado! Menos sospechosa, pero mucho más conminatoria, que es un sinónimo de amenazadora.
    —¿Está en esa caja negra? —preguntó la voz amenazadora.
    —¿Esa? No, ahí llevo las sobras del restaurante chino. Es un tupper. ¿Quiere? Arroz tres delicias y chop suey de gambas. ¿Ha cenado usted?
    —¡Silencio!
    —Sí, mi señora.
    —¿Dónde está?
    —Oculto, mi señora. Tuve que pasar la aduana y… bueno… tuve que ponerlo a buen recaudo.
    El sol, que hasta el momento solo se había dedicado a escuchar, decidió pasar al siguiente nivel y echar un vistazo rápido. Fue como si una nube se perforase y dejara pasar un rayo de luz que iluminó la espalda de la dueña de la voz sospechosa. Era alta, o al menos era más alta que el de la voz conminatoria que, recordemos, es un ninónimo de amenazadora. La mujer tenía la cabeza completamente afeitada, tampoco tenía cejas y las pestañas eran blancas. Tenía el cuello fino y largo, lleno de escamas, y los ojos rasgados de un iris azul precioso e intimidatorio. Llevaba un vestido de tubo con mangas largas, negro, con cuello blanco, doblado, las piernas estaban cubiertas por medias negras y los pies por botines de falsa piel con tacones de de aguja. El tipo del chop suey de gambas, por el contrario, era bajito, musculoso, con mucho pelo, por todas partes, parecía un hombre lobo, aunque era rubio, así que era más como un hombre tigre, solo que no lo era, solo era un tipo peludo. Tenía los ojos completamente negros, y de ellos brotaban unas venas muy oscuras que le cubrían las sienes y las mejillas, como raíces de una planta muy chunga dentro de la piel. Vestía una camisa de cuadros roja y negra, abierta sobre una camiseta negra, lisa, unos tejanos desgastados y unas botas de color mostaza. La del vestido miró al de la camisa de cuadros durante unos segundos, luego arqueó una ceja, porque aunque no tuviera pelo, seguía siendo una ceja, y ladeó la cabeza.
    —¿Qué cojones significa eso?
    —Me lo metí por el culo, mi señora.
    —¡¿Qué?!
    —Por el culo, por el culo. Como lo oye.
    —¿Llevas el corazón de hielo en el culo?
    —¿Cómo pretendía que lo pasara por la aduana?
    —¡En la caja que te envié, diseñada para el corazón de hielo!
    —Ya, bueno… la caja… se rompió.
    —¡¿Que qué?!
    —Rota, hecha mierda. Pero no fue culpa mía, fueron los de la empresa de mensajería. Quiero decir… llegó hecha puré. No envíe esas cosas por correos, no es seguro.
    —¡Llevas el puto corazón de hielo metido por el culo!
    —Lo sé, me lo metí yo. Una suerte que fuera de hielo, resbalaba bastante y lo hizo más fácil. Suerte también que no se derrita nunca. Buen hechizo, buen hechizo.
    —¡Llevas el corazón de hielo metido en el ano!
    —Repítalo si quiere, pero no va a cambiar nada. En unas ocho horas lo tendrá de vuelta, se lo juro. ¿Me repite para qué era el corazón de hielo?
    —¡Para resucitar al amo!
    —Y el amo es…
    —El señor del frío, generador de tormentas, destructor de realidades, congelador industrial.
    —Ya… ¿y ese señor frío, generador de tormentas, destructor de realidades, congelador industrial, es muy peligroso?
    —¡Es el ser más peligroso que existe en los siete universos!
    —Ya… pues quizá sería buena idea no mencionarle dónde viajó su corazoncito. Guardemos el secreto, ¿vale?
    —¿Me ves con cara de decirle algo así al señor frío, generador de tormentas, destructor de realidades, congelador industrial? ¡Mierda! Ya puedes lavarlo. ¡Qué puto asco! No sé si podré ver igual al señor frío, generador de tormentas, destructor de realidades, congelador industrial.
    —No me extraña. Si lo llego a saber… en fin.
    El sol hacía rato que estaba comiendo palomitas, contemplando la escena y reprimiendo gritos en cada giro.
    La mujer suspiró, y su suspiro se convirtió en vaho por el frío. Miró al hombre a los ojos, luego miró a la caja de plástico negro que había en el suelo.
    —¿Has dicho que tienes chop suey de gambas?
    —Y arroz tres delicias.
    La mujer volvió a suspirar y esta vez el suspiro fue acompañado por un sonido profundo proveniente de sus tripas, un ronroneo, o un rugido, que cada cual decida.
    —Vamos a comer al castillo, anda.
    —¡¿Me invita a su palacio?!
    —Obviamente, ¿te crees que te voy a dejar solo con algo así en el recto? Vendrás a casa, comerás, te tomarás un laxante y agilizaremos el proceso. A quién se le ocurre… meterse el corazón de hielo por el culo… qué poco respeto.

¡Dime algo, no seas asinas!

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