Microficción #160

cenefa2

esde su perspectiva, tumbado en el suelo, con la bota new rock llena de hebillas y pinchos de metal que calzaba el orco que le estaba aplastando la mejilla y la sien contra el suelo, vio las cosas de otra forma. La niña de ojos amarillos se tumbó cómodamente con la panza pegada a la madera, abrazando al señorito Desangrador, su conejo gris. Intentó librarse del pie, doblemente pesado debido a los kilos extra que el calzado le otorgaban a unos pies que, si tuvieran que ser descritos por un buen juglar en Twitter, no tendrían la palabra «ligeros».
    —Dime una cosa, Fanel —empezó la niña. Su voz sonaba como si el señorito Desangrador, a su lado, estuviera mordisqueando una zanahoria de cristal—. ¿Cómo es posible que se te haya escapado?
    Los ojos sin pupilas ni iris, completamente negros del elfo, la miraron. La pisada del orco había provocado que Fanel hiciera morritos.
    —Hun llugudu dus nuñus, mu suñuru —respondió sinceramente el elfo.
    —¿Cómo dices?
    —Dugu cu hun llugudu dus nuñus, mu suñuru.
    —No te entien —la cría suspiró y miró al orco, traspasó con sus ojos (que como he dicho tenían un color parecido al de esas mazorcas pequeñas en vinagre que venden para las ensaladas), las gafas de sol que llevaba el mastodóntico ser sobre su nariz, más o menos igual de grande que una patata del tamaño de una mandarina—… Guruk, no entiendo a Fanel, ¿te importa dejar de pisarle la cabeza? —el orco apartó el pie de repente, como si en realidad no se hubiera dado cuenta en ningún momento que estaba pisando algo—. Gracias. Repitamos… ¿cómo es posible que se te haya escapado?
    El elfo pudo levantarse, se recolocó la mandíbula, se masajeó los pómulos y se repeinó hacia atrás la melena platina.
    —Gracias, gorila —dijo. El orco hizo un amago de darle un revés con la mano, y el elfo se le encaró—. ¿Qué? ¡Te reviento!
    La niña, que se había levantado del suelo y había vuelto a sentarse en el trono de madera que había en medio de la sala, justo delante de unos ventanales gigantescos que daban a una pradera verde como las praderas que no son de otro color, perdió la paciencia.
    —¡Basta ya! —cuando los que discutían la miraron, se relajó, respiró hondo, y dejó de apretar los brazos del trono con las manos—. No deberías estar perdiendo el tiempo, Fanel. ¡¿Cómo es posible que se TE HAYAN ESCAPADO, NO ME CREO QUE ESTÉ PREGUNTÁNDOLO POR TERCERA VEZ?!
    —Ya se lo he dicho —resolvió Fanel—, aparecieron dos niños.
    —¿Qué niños?
    —Yo qué sé, dos niños cualesquiera. Se llevaron el orbe, luego se montaron en un dirigible y se piraron.
    —¿Y no los seguiste?
    —Oh, lo siento, mi señora, esta semana tengo el pegaso en el taller. No te jode. ¿Cómo iba a perseguir a un dirigible?
    —¡Me importa una mierda! ¡Coges un taxi! ¡Un uber! ¡Un avión! ¡Invocas al mismísimo Cthulhu y que te mande al dirigible de un guantazo! ¡Pero les sigues!
    —Ya, bueno. No se me ocurrió lo del taxi. Habría molado, ¿eh? —dijo el elfo dándole un toque cómplice al orco en el pecho duro con el reverso de la mano—, subirme a un taxi y decirle «¡siga a aquel dirigible, deprisa!»
    El orco empezó a reírse. Era como si un cerdo tuviera asma y, en pleno ataque, se le hubiera ido el café para otro lado y se hubiera atragantado.
    —¡Silencio! —la cría se levantó del trono y fue corriendo hacia el elfo, aunque sería más correcto decir que la cría levitó desde el trono hasta el elfo, le cogió de la pechera de su camisa de lino multicolor, y lo levantó del suelo, quedando ambos con los pies suspirando por tierra firme—. Estoy harta de ti, Fanel. ¿Tengo que repetirte para qué te pago? Si no recupero ese orbe, no volveré a mi cuerpo original, no volveré a ser la hechicera poderosa que era…
    —Yo la veo bastante poderosa…
    —¡No me interrumpas! No volveré a ser la hechicera poderosa que era, y no podré matar a Merlín. ¿Está claro? Me dijeron que eras un elfo muy hábil, ¡lo que no me dijeron fue que tu habilidad reside en sacarme de quicio y hacer que me den ganas de meterte en una picadora de carne! Sal de aquí, haz lo que te salga de los huevos, pero recupérame ese orbe o te juro que iré casa por casa, en tu mundo de hippies, y los mataré a todos. Y si yo no puedo, me llevaré a Guruk, y si él no puede… ¡oh, Fanel, no querrás saber qué otras criaturas puedo extraer de esa colección de cromos que me trajiste el mes pasado! ¿Está claro?
    —No poder volver a ser hechicera poderosa. No poder matar Merlín. Ganas de meterme en picadora de carne. Conseguir orbe. Cromos chungos y mágicos que no debería haber conseguido. ¿Más o menos es eso? Ok, pues todo captado. Sí.
    —Bien… pues ahora quiero que muevas el culo, que averigües quiénes son esos niños, que los mates, les cortes la cabeza, separes el pelo, la piel y los músculos de sus cráneos y me los traigas junto al orbe, para que podamos brindar con un buen champán en sus calaveras. ¿Podrás hacer eso por mí?
    —Un poco asqueroso, pero sí, algo se podrá hacer.
    La cría dejó al elfo, que cayó de rodillas al suelo, y luego volvió levitando al trono. Respiró hondo. Tenía la cara roja y las venas de las sienes se le marcaban mucho. Estaba agotada, y le empezaba a doler una úlcera de estómago que no tenía antes de conocer a Fanel. Miró al elfo, que estaba ahí plantado, mirándola.
    —¡AHORA!
    El elfo dio un respingo y salió corriendo de la sala del trono. La cría suspiró, se llevó el dedo índice y el pulgar al tabique nasal y apretó. Suspiró, pero el suspiro salió entrecortado, por la ansiedad que sentía.
    —¿Qué he hecho yo para merecer esto, Guruk?
    —Grrrr —respundió el orco, a lo que añadió—: grrrrr.
    —Nunca vas a dejar de reprochármelo, ¿verdad? Tráeme un ibuprofeno, anda.
    —Grrrrr grrrrr, grrrrrr grrrrr grrrr.
    Guruk no esperó a que su ama le respondiera, se fue mientras él tenía la razón, por si acaso, porque no era algo que soliera ocurrir. Dejó a la cría sola, intentando relajarse, y salió de la sala del trono. ¿Qué cojones era un ibuprofeno?

© M. Floser.

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