Las tres palabras #8

cenefa2

[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Palabras a añadir:

Elefantes.1
Hurgar.2
Planos.3

ulieth era la princesa del reino de la Niebla rosa. Un nombre que era tan antiguo que nadie recordaba por qué se llama así, ya que allí ni había niebla, ni mucho menos era rosa. Al menos eso era lo que aseguraban dos siglos de habitantes a los que, cuando se les preguntaba por el origen del nombre, solo conseguían encogerse de hombros y doblar mucho el labio inferior para dejar clarísimo que no tenían ni idea.
    A Julieth no le iban las tonterías de princesas: eso de dejarse el pelo tan largo que alguien pudiera escalar una torre sujetándose de su melena, morder manzanas, dormir en urnas de cristal o pincharse con agujas, le aburría soberanamente. Ella era más de ver pelis gores, pasear por el Bosque de las mil quinientas diecinueve voces y un susurro, cazar grifofantes, que eran unas criaturas que habían nacido de una noche de demasiados excesos entre un grifo y un pareja de elefantes1, o buscar ranas a punta de pistola, para ver cuál era un príncipe infiltrado, depravado, en busca de besos de jóvenes princesas. Le gustaba conocer gente en Fairybook, la nueva red social de moda. Ya casi no subía selfies a Mirrorgram, le gustaba más jugar con los planos3 y las perspectivas en sus fotos, capturar la esencia de las pequeñas cosas, o simplemente inmortalizar a traición a algún minotauro mientras este tendía sus pijamas rosas con caritas sonrientes de ositos de peluche estampados.
    Julieth era famosa en toda la zona, no solo por ser la princesa del reino, sino también por ser una pequeña cabrona tocapelotas. O quizá se la conocía más por eso que por su título. Aún se hablaba del día que puso un petardo en una seta. Más tarde declararía que no tenía ni idea de que en aquella seta vivía una familia de gurnuks azules, pero todo el mundo sabía que aquello era una paparrucha. El padre de Julieth, Capulathio, no solo dio la razón a su hija, que le miraba con ojos de chinchilla, sino que además mandó ejecutar a la familia de gurnuks, por traidores, mentirosos, y otras cosas que ahora mismo no recuerdo.
    En el Bosque de las mil quinientas diecinueve voces y un susurro, la princesa caminaba con mucho cuidado de dónde pisaba, no por si se caía, sino para apuntar bien a las pequeñas criaturas que vivían en el suelo. Era así de hija de perra ella. De pronto se detuvo en un claro al escuchar un ruido. Era un sonido como de vibración. La cría sacó el móvil, un Apple Snow White X, para asegurarse de que no le estaba llegando un Whatsapp. Nada, ni una notificación a parte de un mensaje privado de Encantador, que no paraba de tirarle la caña. La cria anduvo y empezó a hurgar2 en su nariz con el dedo meñique, que tenía la uña un poco más larga que el resto de dedos y le iba bien para hacer cuchara.
    ¡Juuulieeeth!
    La princesa volvió a detenerse. La voz no había sonado normal, sonaba como si alguien le hubiera metido un dedo previamente chupado en la oreja.
    ¡Juuulieeeth!
    —¿Quién va?
    ¡Juuulieeeth!
    —¿Quién eres? ¡Muéstrate!
    ¡Juuulieeeth!
    —¡¿Quééé?! ¡Me vas a borrar el nombre de tanto repetirlo! ¡¿Quééé quiereees?!
    ¡Juuulieeeth! ¡Sooomos los guardiaaanes de los espíííritus de los Smiiith!
    —¿Los quiénes?
    ¡Los Smiiith!
    —¿Y quiéééénes son los Smiiith?
    ¡La famiiilia de guuurnuks a la que tu paaaadre mandóóó ejecutaaar!
    —¡Ah! Los bichos esos de piel azul. Sí, me acuerdo de ellos, ¿qué se cuentan?
    ¡Están enfadaaados!
    —Normal, les volé la casa y mi padre les cortó el cuellecín. ¿Y qué quieren de mí? ¿Maldecirme? ¿Poseerme? Con lo pequeños que eran como mucho van a controlar un dedo de mi pie izquierdo.
    ¡Eeeellos no quieeeren naaada de tiii!
    —Ah… eso no me lo esperaba. ¿Entonces por qué me molestáis, guardianes de los espíritus?
    ¡Quereeemos haceeerte una preguuunta!
    —¿Y cuál es?
    ¡¿Cóóómo hiciiiste para desahaceeerte de eeellos?!
    —¿Cómo?
    ¡Son muuuy pesaaados! ¡Estáááán tooodo el dííía quejááándose de que no veniiimos a castigaaarte! ¡Que si sooomos los guardiaaanes de los espíííritus! ¡Que si teneeemos que ser arrastraaados por el vieeento hasta tiii para vengaaarlos! ¡Se haaan instalaaado en nuestra caaasa! ¡Nos haaan quitaaado las seeeries que teníííamos en nuestra liiista de Wiiitchflix! ¡Necesitaaamos deshaceeernos de eeelllos!
    Julieth se quedó en blanco, quizá por primera vez en su vida. Sentía curiosidad, y a la vez impotencia por la historia de las series. Un día su padre le borró su lista de Witchflix por error y casi lo mete en un asilo para reyes seniles. Miró a donde ella creía que se encontraban las voces y habló llena de compasión.
    —No tengo ni puta idea de cómo ayudaros. Yo les puse un petardaco que para ellos era como dinamita, pero claro, ahora son espíritus, y no sé si hay petardacos para espíritus, así que ahí me pilláis un pelín coja. Lo siento mucho.
    ¡Entendeeemos! —hubo un momento de silencio en el que parecía escucharse a alguien pensando—. Estááábamos pensaaando… quizááá si les vengáááramos aunque fueeera un poquiiito… quizááá nos dejarííían en paaaz!
    —¿Qué sugerís? ¡Yo no quiero morirme, no me jodáis!
    ¡Nooo! ¡Peeero quizááá podaaamos llevaaarnos a tu paaadre!
    —¿Al viejo?
    ¡¿Quééé te parecerííía?!
    —¡De puta madre! Si el viejo muere antes de tener un hijo, me convertiré en reina, así que ya estáis tardando!
    ¡Pueees estááá decidiiido! ¡Matareeemos a tu paaadre!
    —Pero no vale echarse atrás, ¿eh? Os lo cargáis seguro, ¿no?
    ¡Los guardiaaanes de los espíííritus nuuunca mentiiimos!
    Las voces desaparecieron y dejaron a Julieth sola en el bosque, babeando. Aquel se había convertido en el mejor día de su vida, al menos hasta que las cosas esas se llevaran al viejo al otro barrio y ella pudiera ponerse la corona del reino. Ya tenía planes para el salón del trono: un póster de The Cursing Stones, una alfombra hecha con piel de unicornio, algún que otro graffiti, y un puesto de palomitas de maíz. Forraría el trueno de terciopelo negro, que en invierno no había un dios que se sentara en esa silla de hierro forjado. Estaba encantada con lo que le deparaba el futuro. Miró hacia el sitio al que se dirigía, se encogió de hombros y decidió que era hora de volver a casa, ya le arrancaría los cuernos a un fauno en otro momento.

© M. Floser.

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