Mitología narrada 12: Viaje a China

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

Imagen libre de licencia de: Free-Photos.
Jiang Shi

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Los jiang shi están considerados los no-muertos de la mitología china. Se dice de ellos que aparecen cuando una persona sufre una muerte no natural —asesinatos, suicidios—, cuando un cadáver no se entierra como es debido, o cuando una persona viva es mordida por un jiang shi.

Se decía que la única forma de detener a un jiang shi es mediante un hechizo realizado por un monje taoísta.

La apariencia de un jiang shi puede variar, dependiendo del tiempo que el cadáver lleve muerto antes de convertirse. Los recién muertos presentarán una piel pálida, ojos mortecinos, mientras que los cadáveres que lleven más tiempo presentarán un aspecto más terrorífico, putrefacto y con un rigor mortis que les impedirá flexionar sus extremidades, con lo que se moverán dando pequeños saltos, o arrastrándose. Sus cabellos y uñas no dejan de crecer tras morir, así que también podrían tener pelo y uñas muy largas.

Se dice que los jiang shi originarios pertenecían a la dinastía Qing (1644-1912).

VIAJE A CHINA

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a lluvia había parado a la vez que el motor del coche se hubo apagado. Las puertas traseras se abrieron y del vehículo bajaron un hombre alto, delgado, vestido con traje negro, camisa blanca, bombín negro y bastón caoba, y una mujer igualmente alta, que se ponía una chaqueta de cuero sobre una camiseta negra con el logotipo de una banda de rock mientras su compañero rodeaba el coche y se reunía con ella en la acera. Ella tenía el pelo largo, ondulado y muy rojo y los ojos grandes y muy verdes. Frente a ellos un edificio imponente, más parecido a un palacio imperial que al hotel que en realidad era. La mujer miró hacia arriba, inclinándose hacia atrás y lanzó un silbido de admiración.
    —¡Mira esa cosa, Alistair!
    —La miro, señorita Eileen.
    —¿En serio eso es un hotel?
    —De lujo, señorita.
    Eileen miró a Ailstair como si aquello le hubiera ofendido en lo más hondo.
    —¿Y para qué coño quiero yo un hotel de lujo?
    —Nuestro cliente pretende ser generoso, señorita Eileen.
    —Que me compre una hamburguesa con queso y una Coca-Cola.
    Eileen volvió a mirar el edificio, como si fuera un gólem de piedra que le devolviera la mirada como diciendo «soy el gólem de piedra más caro de la historia de los gólems de piedra, tía».
    Un hombre bajito, con un uniforme negro y rojo y un gorro quepi negro se acercó a ellos. Tenía el pelo oscuro y la piel pálida. Dedicó una sonrisa amplia a Eileen y Alistair e hizo una reverencia que tanto la mujer como el hombre le devolvieron.
    —Bienvenidos a Beijing —dijo el hombre en un inglés con marcado acento chino—. ¿puedo lecogel su equipaje?
    —No será necesario, gracias. ¿Podría llamar usted a un taxi?
    —¿Quielen visital la ciudad? Pueden usal el coche que les ha tlaido desde el aelopuelto.
    —Preferiría usar un taxi, si no es mucha molestia.
    El hombre se quedó pasmado, pestañeaba mucho y parecía no comprender lo que Eileen decía. No se trataba de una barrera idiomática, sino que más bien, por la cabeza de aquel empleado de hotel, circulaba un pensamiento que tenía que ver con lo estúpido que le parecía aquella petición, teniendo un coche de lujo a disposición de aquel par de forasteros.
    —Clalo, señolita, no hay ploblema —mintió, deseando darle la espalda para poder poner los ojos en blanco a su antojo.
    El trabajador se alejó de ellos, puso los ojos en blanco y cruzó la gran puerta giratoria del hotel. Eileen y Alistair se quedaron allí, sonriendo, disfrutando del aire fresco de la noche y el ir y venir de los ciudadanos. Era una ciudad ajetreada, nunca habían estado allí. La mujer miró al hombre del bombín y le preguntó si tenía hambre.
    —Podría cenar, señorita Eileen.
    —Eso está bien. ¿Sabes si hay algún Burger King por aquí cerca? Da igual, ya comeremos algo cuando lleguemos.
    —¿A dónde vamos, señorita?
    —A un hotel.
    Alistair miró a Eileen, luego miró el coloso que se alzaba ante ellos y luego de nuevo a la mujer.
    —No necesitamos lujos, Alistair. ¿Sabes cuánta gente podría comer con lo que cuesta una habitación de este hotel? Somos cazadores, no es apropiado.
    —Sí, señorita Eileen.
    Por la mente del hombre del bombín cruzaban dos pensamientos: a) tiene más razón que una santa y b) había visto en el folleto que tenían piscina y spa.

    Habían pasado dos horas desde que habían pedido el taxi, se habían subido a él, le habían dicho al conductor que les llevase a una pensión que no tuviera ni piscina ni spa, y que en su categoría no hubiera ni estrellas, ni lujo, ni nada que se le pareciera. Todo en perfecto chino, idioma que tanto Eileen como Alistair habían aprendido a lo largo de los siglos. Se habían sentado en un Burguer King y estaban disfrutando de una deliciosa doble Whopper cada uno, con todos los ingredientes para ella, pero sin pepinillos ni cebolla para él.
    —Me dirás que no está buena, Alistair.
    —Nunca le diría tal cosa, señorita Eileen, aunque me gusta más la Big King —hizo una pausa para sorber de la pajita de su refresco tamaño XL—. ¿Quiere que hablemos del trabajo?
    —¡¿Qué mejor momento que mientras comemos para hablar de criaturas del abismo?! Dime, de qué se trata. ¿Demonios? ¿Fantasmas? ¿Duendes?
    —No lo sé.
    —¿Maldiciones?
    —No lo sé.
    —¿Algún arma sobrenatural?
    —No lo sé.
    —¡Me encanta hablar de trabajo contigo, Alistair!
    Eileen dio un bocado enorme a su doble Whopper y se manchó un poco la comisura de los labios con mayonesa, mostaza y ketchup. Se limpió con la lengua y dio otro bocado que le manchó de la misma forma.
    —Quisiera hablarle de nuestro cliente.
    —Dale caña —dijo Eileen apuntando a Alistair con una patata frita, con ketchup goteando desde la punta afilada.
    —El señor Zhang ostenta un importante cargo político. Le ruego que tenga usted mesura a la hora de dirigirse a él. No estamos en Europa, recuérdelo.
    Eileen miró a Alistair sonriendo mientras hacía desaparecer de entre sus dedos una patata frita en varios mordisquitos.
    —Te preocupas demasiado, Alistair.
    —Con el debido respeto, señorita Eileen, con usted nunca me preocupo demasiado.
    La mujer lanzó una carcajada que casi hace que se atragante.

    El sol brillaba en el cielo, como si el día anterior no hubiera caído un diluvio. Estaba allí, redondo, radiante, haciéndose el loco. Había alguna nube que otra, pero eran blancas y sedosas, nada que ver con las negras y rugosas de la noche anterior.
    Alistair, vestido con su habitual traje negro con chaleco gris y camisa blanca, se acercó a Eileen y la despertó. La meció un poco sujetándola del hombro hasta que sus ronquidos, homogéneos, se interrumpieron por uno profundo y sobresaltado. La mujer abrió sus ojos verdes inyectados en sangre y miró el rostro amable de Alistair.
    —Es hora de despertar, señorita Eileen.
    —Estoy muerta de sueño, ayer no me dejaste dormir cuando quise.
    —Fue para no sufrir jet lag, señorita, ya se lo dije.
    —Felicidades… ahora solo sufro un sueño de cojones.
    Alistair sonrió y se alejó de la cama de Eileen.
    —He conseguido té, podemos desayunar antes de la reunión.
    —Yupi…
    Alistair se sentó junto a un modesto escritorio de Ikea. El hombre lo miró bien y sonrió.
    —Es el escritorio Micke —dijo satisfecho.
    Hay que decir de Alistair que una de las cosas que más le gustaba del siglo XX y XXI, eran los muebles de Ikea. No sabía cómo había vivido tantos siglos sin ellos. Otra cosa que le gustaba de aquella época era la compra online, pero eso es otro tema.
    —Eres un friki de los muebles, Alistair —dijo Eileen levantada. Llevaba una camiseta desgastada, varias tallas más grande que la que le correspondería, y unos boxers anchos de rayas verticales—. ¿Nos queda muy lejos la reunión?
    —A una media hora en coche. Ya he pedido en recepción que nos pidan un taxi. Puede desayunar y ducharse, el taxi llegará en una hora.

    La reunión con el señor Zhang se celebró en su residencia particular. Un ático en pleno centro de Beijing. Le gustaba mirar a traves de los ventanales, ver a las personas a lo lejos, cruzando la carretera, paseando con bolsas de boutiques de moda, como si fueran hormigas a las que pudiera pisar simplemente posando sus pies sobre ellos.
    Un hombre no demasiado alto y grueso como un tocón de árbol les recibió a los pies del edificio, luego les acompañó en el ascensor, callado, dejando que el hilo musical —una versión jazz de alguna canción pop que a Eileen le desquiciaba pero que no conseguía recordar el nombre— les envolviera como la banda sonora oficial de la incomodidad y las conversaciones sobre el clima.
    Las puertas del ascensor se abrieron y dieron a un pasillo largo, enmoquetado, en el que había una única puerta custodiada por varios hombres como tocones de árbol. Todos vestían traje negro a juego con las gafas de sol, y llevaban un pinganillo blanco en la oreja. Eran tan discretos como un orangután robando panderetas.
    Los dos tocones que estaban más cerca de la puerta, miraron al tocón que acompañaba a Eileen y Alistair. Este asintió a los dos tocones que devolvieron el gesto y abrieron la puerta. La cruzaron sin decir nada, ¿qué podían decir? No se les daba bien hablar con tocones de árbol vestidos de traje.
    El ático era una maravilla, si a uno le gusta el despilfarro de dinero, brillo, cristal, cuero, estampado de leopardo, y metros cuadrados. Al fondo del pasillo se abría el salón, con un enorme sofá que formaba una “U” que rodeaba una mesa de cristal con estructura cubierta de lo que parecían diamantes pero que quizá no lo eran.
    —¡Señolita Eileen Davies! —dijo el hombre que se sentaba en la curva de la “U” después de levantarse con los brazos extendidos—. Espelo que le haya gustado el hotel.
    El hombre no hizo reverencia, en vez de eso cogió la mano derecha de la mujer y la envolvió con las suyas.
    —Estamos muy agradecidos, señor Khang, pero por nuestro oficio preferimos ocupar estancias más humildes. Decidimos hospedarnos en una pensión a una hora de distancia. Espero que no le importe.
    —¡Clalo, clalo! —el hombre miró a un par de tocones y empezó a hablar en chino. Básicamente les dijo «putos guiris de mierda, y sus putas costumbres de mierda».
    Eileen sonrió, lo había entendido todo.
    —Pelo sientense, polfavol. ¿Quielen algo? ¿Un café? ¿Un té? ¿Un leflesco?
    —No será necesario —dijo Eileen mientras se sentaba—, gracias. Nos gustaría hablar del trabajo, por favor.
    —Una mujel que sabe lo que quiele. Bien, hablemos del tlabajo, sí. Tengo un ploblema con una cliatula del infielno.
    —¿Qué clase de criatura?
    —Es un jiang shi, no se si sablá usted qué es.
    —Señor Khang, conocemos todas las criaturas del infierno, como usted las llama, del mundo. Sí, sabemos qué es un jiang shi.
    —No quelía ofendel·la. El caso es que este jian shi es mi hijo. El muy estúpido se suicidó y ahola ha leglesado.
    —¿Por qué se suicidó su hijo, señor Khang?
    —Tontelías de clíos. Quelía viajal a Eulopa pala casalse con su novio.
    —¿Su hijo era gay?
    —¿Se lo puede cleel? Pelo no se pleocupe, señolita Eileen, le meti en… ¿cómo se dice? ¿Veleda?
    —Explíquese, por favor —dijo Eileen a punto de perder los nervios. Alistair la miró y contuvo la respiración.
    —Su novio ela extlanjelo, e hicimos que le depoltalan, a mi hijo lo metimos en un intelnado, y allí se quitó la vida el muy cobalde. Una noche, mientlas mi mujel y yo dolmíamos, el jiang shi de mi hijo entló en casa, se coló en nuestlo dolmitolio y moldió a mi mujel.
    —¿Su mujer se convirtió en jiang shi?
    —Clalo, los dos jiang shi.
    —Claro —Eileen miró a Alistair y suspiró—. ¿Qué pasó entonces?
    —Entlalon mis gualdaespaldas y dispalalon a mi hijo.
    —Inútil.
    —Clalo. Los jiang shi atacalon a mis gualdaespaldas y se conviltielon también en jiang shi.
    —Un ejército de jiang shi en pleno Beijing, ¿no? ¿Dónde están?
    —Eso oculió en mi antigua lesidencia, la hice celal y me vine a este ático.
    —¿Los jiang shi están en su antigua casa?
    —Los gualdaespaldas sí. Mi mujel y mi hijo están aquí, conmigo.
    Los ojos de Eileen y de Alistair se abrieron como platos hondos, se miraron y luego le devolvieron la mirada al señor Khang.
    —¿Tiene aquí a dos jiang shi?
    —Sí, están encadenados. No son peliglosos. No podía dejal·los en aquel lugal.
    —Enséñenos donde están por favor.
    El señor Khang se levantó del sofá. Era alto y delgado y vestia una camisa blanca metida por dentro del pantalón de traje gris. Parecía un traje caro. Se acercó a una puerta de acero que desentonaba junto al resto de puertas del ático que eran de madera. Metió el dedo índice y el pulgar por dentro del cuello de la camisa y sacó una llave unida a una cadena de plata. Se pasó la cadena por la mandíbula, las orejas, las sienes y la liberó, llevó la llave a la cerradura de la puerta e hizo un giro de muñeca. Luego se apartó y dejó vía libre a Eileen para que entrara. Cuando la inglesa estuvo dentro de la habitación, el señor Khang accionó el interruptor y una luz brillante, blanca, tartamudeó en el techo antes de encenderse. La habitación era cuadrada, no demasiado grande, y estaba completamente insonorizada. Junto a la puerta había una mesa de acero inoxidable llena de armas blancas. Al fondo, justo delante de la puerta, dos criaturas se mantenían de pie, con las muñecas unidas a la pared por grilletes de hierro macizo. Eran una mujer muy delgada, vestida con un camisón lleno de sangre y nada más. Estaba descalza y su apariencia no parecía la de un muerto, solo la de una mujer demasiado pálida y sucia. El pelo largo le llegaba hasta las caderas y sus uñas se alargaban tanto que parecían dagas negruzcas. El hecho de que aquella jiang shi no estuviera medio podrida era seguramente por el tiempo que pasó desde que murió hasta que se convirtió. Los jiang shi que se convierten por mordedura sufren una mutación mucho más rápida que los que se suicidan. Era el caso del niño que había al lado de la jiang shi del camisón: tenía pústulas por toda la cara, los ojos presentaban una necrosis que hacía que fuera imposible mirarlos sin sentir una oleada de arcadas. Olía a hongos, a carne podrida, porque era lo que había allí, un cuerpo que frenó su descomposición al convertirse en no-muerto. El niño solo tenía un brazo, el izquierdo, del otro no había ni rastro. Los dos seres los miraban, curiosos pero calmados.
    —¿Por qué están tan tranquilos?
    —Les suministlamos calmantes pala que no sean aglesivos.
    —¿Están drogando a dos jiang shi?
    —Mejol eso que no suflil ataques, ¿no?
    —¿Dónde está el brazo de su hijo?
    —Cuando intentamos esposal·lo a la paled se le desplendió.
    —¿Por el rigor mortis?
    —Puede sel. Estaba muy lígido, sí.
    —¿Y qué quiere de nosotros, señor Khang? Está claro que tiene la situación bajo control.
    —Bueno, si, pelo es peligloso. Si la gente supiela que mi mujel es una jiang shi y mi hijo maliquita también lo es…
    —¿Cómo ha dicho? —le cortó Eileen.
    —¿Peldón?
    —¿Cómo ha llamado a su hijo?
    Alistair se removió inquieto.
    —Señorita Eileen, tranquilícese, por favor.
    —Estoy tranquila, Alistair. Muy tranquila, estamos en un ático de lujo en el centro de Beijing, en un cuarto insonorizado, con dos jiang shi encadenados, ¡dos jiang shi que son parte de la familia de un hombre que hizo que su hijo se suicidara! Estoy muy tranquila.
    —¿Que yo hice que se suicidala? ¡¿Cómo se atleve?!
    —¿Que cómo me…?
    —Señorita Eileen, no haga nada que nos pueda perjudi…
    Antes de que Alistair acabara la frase, Eileen Davies estrelló su puño en la nariz del señor Khang, tan fuerte que este cayó al suelo de culo y se llevó la mano a la cara, intentando frenar la hemorragia.
    —¡Me ha pegado!
    No recibió respuesta, los guardaespaldas del hombre sacaron sus pistolas pero habría sido mejor que no lo hicieran. Alistair cogió su bastón con las dos manos y lo separó en dos mitades: una, pegada al mango, tenía una hoja de acero reluciente y afilada, la otra era un simple cilindro de madera que servía para ocultar la hoja. El hombre del bombín se movió con agilidad, lanzó un tajo vertical ascendente que cortó la mano de uno de los guardaespaldas. El miembro amputado cayó al suelo con la pistola bien sujeta. Alistair golpeó la nuca del hombre sin mano con la funda de la espada, y este cayó junto con su preciado apéndice. Antes de que un segundo guardaespaldas apretara el gatillo, Alistair le golpeó el bajo de los antebrazos con la funda del arma, y provocó que el hombre disparara hacia el techo. El del bombín aprovechó el momento para introducirle la hoja de la espada en el vientre, hasta el mango curvo.
    Por su lado Eileen se agachó para esquivar un disparo, sonrió, miró al guardaespaldas que le había disparado y le regaló el espectáculo de ver como sus ojos verdes lanzaban un destello de luz y cambiaban de color. Ahora eran rojos, como la sangre que brotaba de la nariz del señor Khang. Eileen posó la mano en el pecho del guardaespaldas y este salió despedido como si no pesara más que un garbanzo cocido.
    Cuando vio que Alistair lo tenía todo controlado y que podía ocuparse de los tocones de árbol que acaban de entrar desde el pasillo, con sus armas bien sujetas, cogió al señor Khang por la pechera y lo levantó. Lo lanzó al interior de la sala acolchada, se metió con él y cerró la puerta después de arrancarle la llave de las manos al señor Khang.
    —¡¿Qué va a hacel?! —dijo el hombre sin quitarle la vista de encima a sus familiares encadenados.
    —Va usted a tener una reunión familiar. Creo que tiene asuntos que resolver, sobretodo con su hijo al que mató por ser gay.
    El señor Khang empezó a maldecir en su idioma natal, a insultar a Eileen y a su madre, y a algunos antepasados que no podían sentirse ofendidos porque llevaban varios siglos muertos.
    —Ahórrese los insultos, Khang —dijo Eileen en perfecto chino—, no soy de ese tipo de personas a las que le ofende la palabrería de un imbécil como usted.
    Eileen se acercó a una esquina de la habitación y sus ojos rojos brillaron y se volvieron amarillos. Movió una mano, apuntando con las palmas a los grilletes de los jiang shi. El hierro se disolvió, como arena en un cubo de agua y las criaturas cayeron al suelo.
    —Va a enfrentarte a ellos, Khang.
    —¡No lo haga! No…
    El señor Khang corrió hacia la mesa de acero inoxidable, cogió un machete mellado, y corrió hacia su familia, alzando el machete por encima de su cabeza. Cuando estuvo a punto de descargar el arma sobre la cabeza del crío, Eileen sacudió su mano, como si espantara una mosca cojonera, y el señor Khang salió disparado hacia atrás, golpeándose la espalda con el canto de la mesa de las armas.
    —No sea injusto, Khang —dijo ella con voz seductora—, espere a que se despierten.
    Eileen movió la mano derecha como si acariciara a los jiang shi a distancia. Las criaturas se retorcieron y sus pieles pálidas emitieron un destello esmeralda. Empezaron a convulsionar y lanzaron un grito agudo y estremecedor.
    —¡Señorita Eileen! —gritó la voz de Alistair al otro lado de la puerta de acero—. ¡Señorita Eileen! ¿Está usted bien?
    Eileen no respondió, se limitó a controlar su respiración, ralentizarla, para que los jiang shi, que eran completamente ciegos, como cualquier otro jiang shi, no pudieran presentirle por el sonido de su respiración.
    Las criaturas se levantaron. Bueno, la madre se levantó, pero la rigidez de las extremidades del crío hizo que, cuando cayó al suelo, se le rompiera el brazo y se le doblara en un ángulo imposible. Ella se movió dando pequeños saltos. El señor Khang se levantó, levantó el machete de nuevo y lo descargó contra la cabeza de su mujer. La hoja rebanó la parte superior del cráneo, pero la jiang shi no se detuvo. Cogió al señor Khang por el cuello y le clavó los dientes en la yugular. Khang cayó al suelo con su mujer encima. El crío, que se movía a rastras, se ensañó con el tobillo de su padre.
    Eileen esperó pacientemente, viendo como madre e hija se comían a su familiar. El señor Khang no volvería de la muerte convertido en jiang shi por la sencilla razón de que no quedaría rastro del señor Khang. Aquel par de jiang shi llevaba demasiado tiempo sin comer, un homófobo hijo de puta no les duraría demasiado. Las criaturas no se dieron cuenta de que Eileen estaba allí. Había hecho que su respiración se convirtiera en un hilo fino, imperceptible. Sus ojos brillaron una vez más y se separó de la esquina de la habitación.
    —Larun mariatsu, jaranta yusia —dijo la mujer con un acento marcado y una voz siseante. Los jiang shi se giraron al escucharla hablar y se movieron hacia ella—, surun fasara gaxo shuinra —la piel de los jiang shi volvieron a brillar con un color verde—. Larun mariatsu, jaranta yusia, surun fasara gaxo shuinra. ¡Larun mariatsu, jaranta yusia, surun fasara gaxo shuinra! ¡LARUN MARIATSU —Eileen apuntó a los jiang shi con las palmas de las manos, que se encendieron con una luz del mismo color esmeralda que el de las criaturas—, JARANTA YUSIA, SURUN FASARA GAXO SHUINRA!
    Hubo una explosión de aire y una onda expansiva azotó a los no-muertos que, de repente, cayeron inertes al suelo, como títeres cuyos cables han sido cortados.
    Eileen estaba sudando, agotada, el hechizo consumía mucha energía. Se acercó a la puerta y la abrió, al otro lado encontró a Alistair, con la cara salpicada de sangre.
    —¿Está usted bien, señorita Eileen?
    El hombre miró dentro de la habitación, mientras la mujer hacía lo propio con el exterior. Fuera había una alfombra de cadáveres con miembros amputados, rebozados de sangre, dentro una familia yacía sobre un charco de sangre. La sangre del señor Kang, del que no quedaba casi nada.
    —¿Qué ha ocurrido, señorita? ¿Dónde está el señor Khang?
    —Creo que si buscas bien puedes encontrar algún órgano entero. El muy idiota atacó a los jiang shi con un machete.
    —¿A quién se le ocurre? ¿Ha lanzado el hechizo?
    Eileen no respondió, en vez de eso hizo un gesto con las manos, señalando a los jiang shi como diciendo «míralos, parecen angelitos».
    —¿Y ahora qué hacemos?
    —¿Vamos a un Burger King? Tengo hambre.
    —Podemos ir al del aeropuerto, si ya hemos terminado aquí.
    —No del todo, tenemos que ir a la antigua casa de ese hijo de puta, no podemos dejar a todos esos jiang shi encerrados, si algún día se escapan tendremos que volver y no es un vuelo corto.
    —Y luego al aeropuerto.
    Eileen sonrió, asintió, y se dirigió a la puerta del ático. Tenían que averiguar dónde había vivido aquel capullo, pero luego, una vez terminado el trabajo, se pensaba comer una doble Whopper completa, y un BK Fusion de Kit-Kat con chocolate.

© M. Floser.

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