Microficción #151

1-Viernes

PARÍS 580
cenefa2

La torre Eiffel seguía intacta. No sabía si, cuando llegara, se la encontraría destrozada, o si directamente en aquel universo nunca había llegado a existir.
    —¡Mierda, eso ha sido demasiado intenso!
    La voz del hombre era aguda, no demasiado agradable y parecía que necesitara escupir algo que se le hubiera acomodado en la tráquea.
    —Te dije que saldría bien y ha salido bien.
    —¿Bien? ¡Casi nos cortan las pelotas!
    —Casi.
    La voz del segundo hombre era más grave, algo seductora, y crujiente como un bocadillo de chorizo con el pan recién hecho. Pan de baguette, y chorizo de Pamplona, por supuesto.
    El primero vestía un traje elegantísimo, solo que la manga de la americana colgaba por un hilo que se mantenía irreductible, la pernera izquierda del pantalón terminaba en la rodilla y se convertía en una colección de jirones, y llevaba la camisa medio metida por el pantalón, medio sacada, arrugada y sucia. El segundo hombre, por el contrario, llevaba ropas menos elegantes, pero extrañamente bien cuidadas: el gorro de lana negro no tenía ni una sola pelotilla, el chandal de táctel tenía todos los colores que un chandal de táctel debe tener. El turquesa predominaba, pero alguna franja rosa pretendía imponerse a las púrpuras y las azules. Uno calzaba mocasines llenos de tierra y con rotos en la puntera que mostraban los dedos que asomaban por los agujeros de los calcetines negros. El otro llevaba unas zapatillas deportivas que brillaban como en un anime. Echándole en cara a sus primos mocasines que ellos sí que molaban sin ser tan pretenciosos.
    «¿De qué os sirve ahora ser tan relamidos?» parecían dispuestas a preguntar las deportivas, a lo que los mocasines destrozados solo podrían haberse encogido de hombros y darles la razón.
    —¿Dónde estamos ahora? —preguntó el del traje interrumpiendo cualquier posible discusión entre calzados.
    —En París, claro.
    —Eso ya lo veo, me refiero a qué París es este.
    El hombre del chandal sacó el móvil de una riñonera negra que llevaba demasiado apretada, abrió una aplicación llamada Dimension Tester y apretó el botón que decía start.
    —Según esto es el París número 580.
    —¡580! Madre del amor hermoso, pero si estamos a tomar por culo de casa. ¿Y esto para ti es que algo salga bien?
    —Bueno, podría ser peor.
    —¿Cómo? ¡¿Cómo narices podría ser peor que estar a 530 dimensiones de casa?!
    El del chandal se quedó callado, pensando, como si no esperase que el del traje roto le hiciera aquella pregunta. Abrió la boca para decir algo, pero debió darse cuenta de que era una estupidez, porque negó con la cabeza y cerró la boca. Hizo el mismo gesto un par de veces, como si sus ideas se encendieran y se apagaran, como si sus neuronas no hubieran pagado los últimos recibos de la luz. Por fin la bombilla se quedó encendida el tiempo suficiente como para que pudiera decir la suya.
    —Podríamos estar en el París 210.
    Se quedó asintiendo con los ojos muy abiertos. El del traje le miró, miró hacia arriba, visualizando el París de aquella dimensión, y sintió un escalofrío al recordar los hombres con traseros en la cara que habitaban el 210. No sabían cuál sería la raza predominante de aquella nueva dimensión, pero dudaban que fuera peor que aquellas cosas culonas.
    —Como sea —dijo el del traje intentando no mostrarse demasiado satisfecho con aquel mal menor—. ¿Tenemos batería para intentar un nuevo salto?
    —Estamos al diez por ciento. Habría que buscar un sitio donde recargar el saltador, y luego intentarlo. Si lo intentamos ahora quizá acabemos perdidos.
    —Por que ahora sabemos exactamente dónde estamos, no te jode… en fin, a lo hecho pecho. Vamos, te invito a comer, espero que en esta dimensión no nos sirvan un bebé estofado como en la dimensión 666.
    El del traje y el del chandal empezaron a caminar por una calle larga, con la torre Eiffel de fondo, cuando de pronto sonó una alarma en toda la ciudad, aguda y ensordecedora.
    —¿Y ahora qué coño pasa?
    Antes de que el del chandal dijera «no tengo ni zorra idea», el del traje se quedó muy quieto, mirando hacia la torre. Pero no miraba el monumento, sino el ser alado, gigantesco, con piel verduzca y cabeza de calamar, con cuerpo de hombre, solo que de dimensiones ofensivas. Tan grande que la punta de la torre solo le alcanzaba allí donde debería haber habido un ombligo.
    —¿Qué es eso?
    El del chandal volvió a consultar la aplicación Dimension Tester, buscó información sobre aquel lugar y luego soltó un ruidito que parecía una risa aguda pero que en realidad era un «pues al final sí que va a ser peor que la 210».
    —¿Qué pasa? ¿Qué es eso?
    —Pues te vas a reír, pero por lo visto en esta dimensión nadie impidió que Lovecraft invocara a los primigenios. Así que… sonríe, te presento a Cthulhu.
    El del traje miró a la criatura, luego al del chandal y de nuevo a la criatura.
    —Vamos, no me jodas…

© M. Floser.

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