Letras invitadas 9: Algún lugar del tiempo y el espacio — Pedro Luis Chávez Aguado

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La felicidad de aquella pareja era, al parecer, infinita.
    Ambos llevaban de las manos a un hermoso niño de más o menos tres años. El pequeño jugaba, saltando, impulsado por los brazos de sus padres, mientras, emocionados, caminaban desde la estación Gaslamp Quarter Station del tranvía, con rumbo al estadio de béisbol.
    El niño sonreía cada vez que su padre lo cargaba, y besaba la mejilla de su madre cada vez que ella se lo acercaba. Él con unos cuantos kilos de más, ella con una pancita de casi seis meses.
    Ingresaron por la entrada principal, sumergidos en una marea de personas que habían ido a apoyar a los Padres. Era el séptimo juego de la Serie Mundial contras los Yankees y los de San Diego no eran favorecidos por los momios, pero ya habían hecho lo improbable, llevando la serie hasta aquellas instancias.
    Ocuparon sus asientos del lado del jardín izquierdo, tan sólo a dos filas del campo de juego.
    El pequeño brincaba en su asiento, presa de la emoción. Adoraba el juego de pelota, adoraba a los Padres. Incluso, para su cumpleaños, se había disfrazado con el uniforme de Tonny Gwynn, presumiendo a sus amigos el número diecinueve del dorso.
    Su padre y su madre, tomados de la mano, sonreían, mientras el niño hacía cabriolas en el asiento. El diminuto fanático apoyaba a su equipo coreando con su tierna voz infantil:
    —Let’s go Padres!
    Al mismo tiempo que rugía todo el graderío.
    Sus papás se dieron un beso en la boca y continuaron contemplando al pequeño, mientras Matt Kemp conectaba un doble que ponía a Jedd Gyorko y a él mismo, en posición de anotar.
    Era la parte baja de la novena entrada, había dos outs en la pizarra, los cartones estaban igualados y seguía el turno al bate de Justin Upton. Llevó su cuenta hasta tres bolas y dos strikes, cuando una curva pasó a la altura de las rodillas.
    Upton fue por la pelota…
    El estruendo que produjo la bola al contacto de la madera hizo que todos en el Petco Park abrieran la boca, silenciando a todos los presentes, uniendo sus corazones en un solo latido, uniéndolos en un solo pensamiento, en un solo deseo. La esférica se fue elevando, elevando, elevando con dirección del jardín izquierdo.
    La pelota cayó en la grada, justo en el guante que el pilluelo aquél tenía preparado para la ocasión. El pequeño alzó su brazo, mientras Justin Upton levantaba ambas manos.
    —HOME RUN! HOME RUN! HOME RUN! HOME RUN!
    Se escuchó la voz del narrador a través de los altavoces del sonido local.
    El público comenzó a festejar con la mayor algarabía que San Diego hubiera visto…
    Los Padres obtenían su primera Serie Mundial, dejando sembrados en el terreno a los todopoderosos Bombarderos del Bronx.
    Una pálida figura, a la que nadie podía ver ni escuchar o siquiera sentir, lloraba, con una mezcla de amargura y felicidad.
    Aquél había sido el sueño de toda su vida. Era bonito ver que de alguna forma se había realizado, mas no podía evadir la nostalgia, al ver “su” mano enlazada de la mano de su esposa, al pequeño ser que crecía dentro de aquel vientre, al primogénito estallaba en júbilo ante el feliz acontecimiento.
    Se dio vuelta para salir, aunque no era necesario, pues nadie le estorbaría en su camino. Sus hombreras y su capa ondeaban como si las golpeara la suave brisa proveniente del Pacífico. Estaba claro que lo que tenía planeado hacer traería consecuencias terribles para muchas personas: se había visto a sí mismo fallar, se había visto a sí mismo sufrir y perecer, había visto muchas personas buenas, nobles y capaces, padecer por su culpa. Había visto un planeta entero, su propio planeta, morir.
    Pero no lo podía evitar, así estaba escrito y así debía ocurrir, él mismo lo había contemplado todo.
    Él sería el culpable de todo…
    Le dolía en lo más profundo del alma lo que iba a pasar, pues acababa de tomar su decisión: cerraría el ciclo y completaría su sino. Quizá, en su alivio, acudía al recuerdo de que a él le faltaban eones para llegar a ese sitio, y a la Tierra le faltaban poco más de tres mil años para todo aquello, pero aun así no podía evitar pensar, con dolor, que para él tres mil años equivalían a un suspiro.
    Se volvió cuando llegó a lo alto de las escaleras de aquella sección de asientos. Sólo quería un último vistazo antes de partir para seguir con sus estudios, tenía una eternidad para ellos, un segundo no lo demoraría.
    El pequeño brincaba, al unísono de las más de cuarenta mil almas que abarrotaban el parque de pelota, festejando a los nuevos héroes de la ciudad de San Diego. Con la sonrisa más grande y hermosa que jamás se hubiera visto sobre la faz de la Tierra, les mostraba a sus padres la pelota que su mano había atrapado, mientras los dueños de los asientos circundantes le aplaudían y lo felicitaban.
    El hombre pálido sonrió, mientras una lágrima escurría por su mejilla. Un chasquido y un destello lo llevaron lejos en el tiempo y el espacio, a cumplir con su propio destino…

SOBRE «LETRAS INVITADAS»

Para saber cómo participar en «Letras invitadas» pulsad sobre la siguiente imagen y podréis ver las bases explicadas al detalle.

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