Las tres palabras 6: Hacia el más allá

[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Imagen libre de licencia de: Pixel 2013.

Palabras a añadir:

Temperatura 1
Roedor 2
Violín 3

HACIA EL MÁS ALLÁ

cenefa2

¿Sabéis ese momento en el que os preguntáis si es cierto que cuando alguien va a morir ve su vida pasar por delante de sus ojos, o cualquier otra afirmación al respecto? Yo puedo deciros que, en mi lista de cosas que hacer antes de morir, ese punto, el último punto de la lista, habría tenido un hermoso check de color verde de no ser porque, una vez muerta, no puedes pararte a hacer ninguna marca en un papel amarillento que llevas encima desde que tu tío murió atropellado por un ciclista en la India treinta años atrás.
    Estoy muerta, o como dicen por aquí arriba: pasé a mejor vida. ¿Mejor vida? Mis ovarios. La falta de vida aquí es muy aburrida. Todo el mundo se respeta, todos se quieren, no hay acción, no hay una palabra más alta que otra, y todo el mundo viste de blanco, como si estuviéramos en un anuncio cutre de lejía, o estuviéramos a punto de hacer un flashmob de Aquarius. Nunca me ha gustado vestir de blanco, excepto por algún que otro calcetín que me ponía para que mis amigos pudieran sacar bilis y decirme que era una hortera. En fin… no quiero despistarme. Cuando morí no vi pasar mi vida ante mis ojos, por suerte, ¿no es suficiente con morir que encima hay que pasar los primeros momentos de la vida eterna viendo fotos de las vacaciones que fueron tu vida? ¡En vida huía de los selfies como si los disparase el mismísimo Satán! Creo que si tuviera que ver fotos de mi vida, en la mayoría solo se vería la palma de mi mano en primer plano, y en el resto saldría con cara de idiota, intentando huir del encuadre. No… no vi mi vida… tampoco vi una luz al final de un túnel… siempre pensé que eso se refería al metro que coges desde tu cuerpo hasta las puertas del cielo o del infierno. Depende de a cuál de los dos vayas tienes un vagón vacío, donde te puedes sentar y echarte una siesta con el traqueteo mientras tu piel se refresca con la agradable temperatura1 del aire acondicionado, o por el contrario vas de pie en un vagón sin aire, repleto de gente, con el sobaco de algún cerdo que no se duchó antes de morir en la cara, y con alguien tocando un acordeón sin tener ni puñetera idea de lo que es un do, un sol o un fa, y que consigue que suene como un roedor2 pasándolo francamente mal. Ah, y por descontado no escuché ningún violín3, ni ningún arpa tocados por ángeles celestiales con barriguilla, pañales y ricitos de oro. En mi caso el ascenso a las puertas del cielo se realizó de la manera más anodina posible: morí, salí de mi cuerpo y empecé a flotar. ¿La velocidad? Posiblemente la velocidad que alcanza una anciana con andador al cruzar la carretera, o la velocidad con la que una compañía aerea te devuelve el dinero tras una huelga que te ha tenido horas esperando en el aeropuerto. Subí sin más, crucé nubes, crucé pájaros, aviones, y todo lo que me encontraba por el camino. No tenía otra, no podía controlar el ascenso, solo resignarme y preguntarme qué les costaría facilitar a los recién muertos una revista sobre videojuegos o cine, y por fin, las puertas del paraíso, o mejor dicho “la puerta”, una, de madera, con graffitis de gente que ha sido rechazada y no se lo ha tomado bien. Llamé al timbre, que sonó como suena cualquier timbre, sin eco ni nada, y salí a recibirme un portero, con muchas llaves, unos pantalones blancos muy grandes, una camisa blanca muy grande, y una tranquilidad muy grande y desquiciante.
    Esa es la cruda realidad, eso es lo que yo viví al dejar de vivir. Siento si os decepciona, siento si esperabais que os viniera a decir que todo es perfecto, que al morir tu alma va a un lugar mejor. Supongo que dependerá mucho de si eres una persona normal, o eres Ned Flanders. ¿Yo? Siempre he pensado que soy tan cabrona como Bart Simpson, así que voy a seguir buscando el ascensor que me lleve al infierno, para ver qué tal es el ambiente allí. Nos vemos cuando estiréis la pata, sed crueles o acabaréis aquí.

1. N. del A. El cóctel Gigi está considerado el cóctel más caro del mundo, se vende en el restaurante Gigi (Mayfair, Londres) y cuesta unos 11.500 €.

© M. Floser.

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2 comentarios en “Las tres palabras 6: Hacia el más allá

  1. Hola. Me has impresionado al sacar esta increíble historia con esas tres palabras.
    Me ha encantado tu forma de narrar, la personalidad de la protagonista y como has tratado con este tema: de la vida tras la muerte. Quitando la magnificencia que le suelen dar a este evento y poniéndolo como algo más mundano.
    Mis mas sinceras felicitaciones por tan hermoso trabajo.

    • Hola, Selene, muchísimas gracias por tu comentario, y disculpa que haya tardado en responderte. Me alegra muchísimo que te haya gustado mi relato, espero que pueda contar contigo para mis siguientes historias. Un abrazo.

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