Microficción #144

EN EL BOSQUE

Lejos del pueblo, de la música verbenera y los parientes con alguna que otra copa de más, había un bosque que cada noche se vestía con una niebla púrpura que hacía que los árboles cobraran vida. Cada día recibían la visita de una niña que no tenía amigos, porque los aspirantes a amigos que se le cruzaban por el camino eran o bien demasiado idiotas, o se creían demasiado listos —cosa que al final les incluía en el primer grupo—.
    La niña se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el tronco robusto de un roble centenario.
    —¿Y qué hiciste luego, querida? —le preguntó el roble con una voz aguda de mujer que ha vivido demasiado.
    —Le tiré al suelo, me senté encima suyo y le pegué un puñetazo.
    —¡Seguro que no volverá a meterse contigo!
    El roble se rió y la risa sonó como si alguien estuviera serrando un tronco no demasiado lejos.
    —Lo que quiero es que no vuelva a meterse con nadie. ¿Por qué la gente tiene que hacer daño a los demás?
    —Me temo que no puedo responderte a eso. La naturaleza humana es algo que se me escapa. Llevo aquí tanto tiempo que ni recuerdo cuánto tiempo llevo aquí. En todos estos años de existencia he visto a muchos humanos campando por este bosque. ¿Sabes cuántos se han dignado a hablar conmigo?
    —No…
    —Solo una persona. Una niña que le ha dado un puñetazo a Bob Harris porque se metía con otros niños. El resto hace picnics entre nosotros y luego deja restos de comida, latas vacías y otras porquerías. Si supieras el tiempo que pasa desde que un humano deja una botella de cerveza tirada en el bosque hasta que alguien se digna a limpiarla… Imagínate ser árbol, estar aquí plantada, despertando cada noche y viendo esa botella de cristal ahí, a un par de metros de ti. Imagínate lo que se siente cuando ves que la niebla empieza a irse y pierdes tu consciencia, pero tu último pensamiento es «¿esa botella va a provocar el incendio que hará que no vuelva a despertarme?» y que, cuando vuelves a despertarte, ese es precisamente tu primer pensamiento.
    —Lo siento mucho.
    —No es culpa tuya, querida. No sé ni por qué te lo he contado. Supongo que me ha salido solo.
    —Para eso vengo cada tarde, ¿no? Para que nos desahoguemos. Somos amigas.

© M. Floser.

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