NarrArte 15: Reencarnación

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•REENCARNACIÓN•

Que extraño era para él haber vuelto. ¿Cuánto había pasado? Si no recordaba mal, y raras veces recordaba mal algo, la última vez que tuvo manos fue en el año 1190, las recordaba empuñando una espada contra el ejército de Enrique Corazón de León. Murió en el campo de batalla, atravesado por dos espadas. Por suerte para él nadie le cortó la cabeza y pudo seguir el ciclo de la vida.
    Se reencarnó por primera vez en su existencia, y lo hizo en animal. Hay que aclarar que la calidad de la reencarnación depende mucho de las decisiones tomadas en vida. Teniendo esto en cuenta y las desastrosas decisiones que hubo tomado durante su vida, el animal en el que se reencarnó no era grande, ni amado, ni mimado. No era tampoco un ave capaz de surcar el cielo. Se reencarnó mosca, una mosca vulgar y corriente a miles de kilómetros de distancia, en un japón gobernado por Go-Toba Tennō.
    Su muerte llegó 20 días después, una muerte natural que le sorprendió intentando comprender qué le había ocurrido. Su conciencia era la misma, recordaba las batallas, la sangre de sus enemigos salpicándole la cara, las prostitutas a las que había embarazado y las espadas que le atravesaron. Entonces ¿qué hacía ahí? ¿Por qué volaba? ¿Por qué los humanos no paraban de intentar aplastarle la cabeza? No llegó a ninguna conclusión antes de que la vejez le alcanzara. Murió y, poco después, volvió a reencarnarse. Las decisiones de su vida como mosca no habían sido tan horribles como las decisiones que tomó siendo humano, con lo que el destino fue un poco más generoso. Solo un poco más. Aún tenía muchas cosas que pagar, muchas muertes por las que rendir cuentas. Su siguiente reencarnación fue en roble. Una larga vida de doscientos años en un bosque que, por motivos obvios, jamás pudo situar en un mapa. La vida como roble podía ser aburrida, pero tenía sus ventajas. Por un lado tuvo tiempo de sobras para pensar en lo que le ocurría. Sabía que había sido un humano, sabía que había sido una mosca y en un momento dado de su existencia como roble, supo que era un árbol. Pero si pensáis que ser roble, o pino, o abedul, o sauce es sencillo, os equivocáis. Allí, literalmente plantado, vio como las tormentas arrancaban de cuajo, con sus vendavales, otros árboles que no tenían la suerte de alcanzar su robustez.
    Nunca pensó en la reencarnación ya que, en su larga vida, jamás había oído hablar de algo parecido. Pensó en brujería, incluso pensó que en cualquier momento se despertaría antes de la temible batalla en la que perdió la vida originalmente y podría tomar una decisión que evitara aquel desastre.
    Doscientos años después el bosque fue arrasado por un incendio terrible y él, como roble, dejó de existir. No del todo, su ser volvió a reencarnarse y fue vagando de viva patética en vida patética durante siglos. Convertido en disparates como gusano, serpiente, manzano, bonsai, tortuga, crisantemo, pulga, salmón y, finalmente, después de sufrir las incontables bromas del destino, habiendo visto el mundo cambiar miles de veces, volvió a ser una persona de carne y huesos. Un desconocido en una tierra desconocida, con una ropa que le pareció ridícula e incómoda. Pero tenía manos y una boca con la que hablar. Daba igual que su voz le sonara tan extraña y desconcertante después de tanto tiempo sin poder articular palabras. Estaba vivo y ahora podía jurarse que, aquella hoja que había cogido del suelo y que tanto le recordaba a sus épocas siendo árbol, sería lo más peligroso que sus manos empuñarían durante el resto de su vida. Había cambiado, el conocimiento de su eternidad le había cambiado, ahora quería hacer las cosas bien.

© M. Floser.

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