Microficción #143

•DESDE PEQUEÑO•

Lo primero que recuerdo es la voz de mi madre susurrada en mi oído y el cosquilleo que su aliento me provocó. Sus palabras suenan en mi mente como si me lo acabara de decir, o como si me lo estuviera diciendo mientras escribo estas líneas.
    Lo curioso del asunto es que mi madre murió al darme a luz, así que no consigo entender que, estando a medio camino entre el más allá y el más acá, se tomara un respiro para andar susurrándome cosas al oído. Tampoco entiendo, y supongo que esto es lo más difícil de comprender, que siendo muda de nacimiento encontrara la forma de hablarme. ¡Y cómo habla!
    Cuando mi abuelo me contó que la mujer no podía hablar, le dije sin tapujos que eso era porque no la había visto últimamente. Me gané un buen capón, con anillo incluido. Puede que, una vez muertos, nuestros males, nuestras enfermedades y nuestras incapacidades desaparezcan. Si es así puedo comprender que, tras una larga vida en silencio, la pobre no sea capaz de cerrar el pico.
    Podríais pensar que soy demasiado duro, que no es forma de hablar sobre una madre y menos si esa madre está muerta. Bueno, lo que ocurre es que todo lo que mi madre me dice es que debo abrigarme, comer bien, con quién debo relacionarme, de quién debo enamorarme y a quién puedo o no puedo matar. Cree que por ver las cosas con perspectiva puede mandarme y, cuando no le hago caso… menuda es… aparece en mis sueños, convirtiéndolos en pesadillas en las que la piel se me derrite, en las que alguien me clava un cuchillo en el corazón o simplemente me caigo por un abismo interminable. Al día siguiente se sienta en el borde de mi cama, me mira a los ojos y me dice algo que, por lo que he podido averiguar, es una frase típica de madres: «me duele más a mí que a ti». Así que siento si os parece desafortunado cómo me refiero a mi vieja, pero teniendo en cuenta que no es capaz de meterse en sus asuntos de muerta, me veo con derecho a decir de ella lo que me dé la real gana.
    Mi infancia fue de locos: se colaba en el colegio, se ponía cerca de mi oído y empezaba a soplarme las respuestas de los exámenes. ¿Que qué tiene eso de malo? Si su única intención hubiera sido que aprobara no tendría nada malo, pero solo lo hacía para que terminara rápido los exámenes y pudiera salir a matar gente. Así es ella, era una psicópata en vida, y sigue siendo una psicópata en muerte. También se divertía poseyendo a mis amigos. Una vez se metió en el cuerpo de Susan, mi primer amor, solo para recordar qué se sentía volviendo a ser joven. Con lo que mi madre no contaba era con que, justo en el momento en el que poseyó a Susan, a esta le bajó la regla por primera vez. Mi madre se topó de bruces con un cuerpo en pleno cambio, con una mente asustada y confusa y una sensación general horrible. Le estuvo bien empleado. Esa fue la última vez que poseyó a alguien tan joven. La siguiente vez fue cuando yo iba a la universidad. Francis, mi primer novio, ocupaba todo mi tiempo, ya no salía a matar con mi vieja y supongo que eso le hizo sentir rechazada. Una noche, la primera en la que Francis y yo íbamos a acostarnos, mi madre se metió dentro de él y esperó hasta que dejamos de besarnos para revelarme quién tenía el control sobre su lengua y sus labios.
    —¿Es esta la única forma de que me hagas caso, hijo? —dijo ella.
    Por supuesto salí corriendo de aquella habitación, me fui a la mía y vomité todo lo que pude y más. No solo porque acabara de besar a mi madre, sino por la extraña y excitante combinación de los labios gruesos de Francis, su lengua cálida y el hecho de que hubiera un espíritu dentro de él. Aún recuerdo el aliento de aquel beso, un aliento que olía a musgo, a tierra húmeda y a huevos en salmuera. No era el olor de Francis, sino el de la muerta que se había atrevido a invadir su cuerpo. Mi madre entró en mi cuarto a través de la pared, vio cómo vomitaba en la papelera que había junto a mi escritorio, enterrado en papeles, libros y cuadernos, y me dijo que era mejor que tirase la papelera ya que lavarla no serviría de mucho, siempre sabría que ahí había vomitado.
    Volví a matar gente después de dejar a Francis. No podía mirarle a los ojos, no podía sentir nada por él que no fuera repulsión. Cada vez que le miraba veía a mi madre poniéndome morritos.
    A los diecinueve años tenía una lista de cien víctimas. Teniendo en cuenta que empecé a matar a los nueve años no es tanto. Mi madre se empeñaba en repetirme que debía tomarme aquello en serio. «La purga no es cosa de risa, hijo» era su frase favorita, la decía mientras intentaba sin éxito meterme la camisa por dentro de los pantalones. Por suerte no podía hacerlo, su estado fantasmal no le permitía entrar en contacto directo conmigo. Ya tuvimos demasiado contacto aquella noche.
    ¿Que por qué empecé a matar? Supongo que por lo que cualquiera empieza cualquier cosa: curiosidad, aburrimiento y, en mi caso concreto, una repulsión casi asfixiante hacia el resto de gente. Mi abuelo fue el primero al que le clavé el cuchillo en el cuello. Fue un trabajo chapucero, basto y sin elegancia, pero fue mi primer muerto. A él lo maté la noche del capón con anillo incluido. Pero no lo maté solo por eso, no quiero que penséis que soy un desquiciado o algo así… le maté porque me obligó a servirle cerveza a cerveza todas las botellas que habían en la nevera y, cuando se emborrachó, se le escapó decirme cómo había muerto mi madre. Al parecer una noche mi abuelo llegó a casa borracho como una cuba, fue a la nevera para seguir bebiendo, mi madre le intentó detener y él la empujó. «No lo hice a drede» me dijo. «Se dio un golpe en la cabeza con el pico de la mesa» me confesó. «Luego me fui corriendo, asustado» continuó. «Tu madre murió por meterse dónde no le llamaban» sentenció. Me fui a la cocina, conmocionado, sin entender muy bien lo que quería decir todo lo que acababa de contarme. Me hice un emparedado de mortadela y mayonesa, empecé a comer y rompí a llorar. Lloré en silencio, sin dejar de comer, con los ojos clavados en un juego de cuchillos sobre la encimera. Cuando terminé el emparedado me limpié la boca, me acerqué a la encimera, cogí un cuchillo cualquiera, que no era ni siquiera el más grande, me acerqué a mi abuelo despacio y lo contemplé dormido en su sillón con orejeras antes de clavarle el cuchillo en el cuello varias veces.
    Mi primera víctima. Mi madre se me apareció por primera vez. Hasta ese momento había escuchado su voz, pero no se había dejado ver. Me dijo cómo librarme del cadáver, me dijo cómo cortar cada parte para luego poder meterla en el triturador del fregadero. Su ayuda fue imprescindible y sentó las bases de una relación que ya dura más de veinte años. Mi abuelo me arrebató a mi madre, pero su muerte me la devolvió y, aunque me saca de quicio y hace cosas horribles como meterse en el cuerpo de mi novio para liarse conmigo, no cambiaría su presencia por nada del mundo.

© M. Floser.

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