Letras invitadas 7: En una taberna — Informático Farero.

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—Mi bella dama, me descubro ante vuesa hermosura—, lo cual hizo con una recargada floritura de sombrero, y exagerada reverencia—. Os ruego me permitáis sujetar vuesa mano, mientras la alejo de éstos malolientes villanos…
    —Éstos, a los que llamáis villanos, son mis amigos, hideputa —respondí presta, como presta desenvainé, apoyando la punta de mi espada en su gaznate—, y si no deseáis que mi acero os desfigure, mejor marchaos.
    —Pero… pero…
    —¡Voto a tal, vuesa merced! ¿Acaso os estáis orinando? —reí con estrépito, bajando mi arma, para dar un buen tiento a la jarra de vino—. ¡No olvidéis éste hermoso sombrero, cuya hermosa pluma es tan grande como su ala! —le grité al petimetre, mientras huía fuera de la taberna, haciendo graciosos aspavientos con los brazos, y lanzando poco varoniles grititos. Toda la mesa rió durante un buen rato.
    —Bueno, maeses. La compañía es grata, la pitanza abundante y delicioso éste vino —mordí un buen pedazo de cordero y lo regué con un buen trago—. ¿Cuál es el trabajo?
    —Peligrosa es la tarea, mi dama —escuché, pero no vi quién lo dijo—. Debéis abrir la mente, en estos turbulentos días.
    —De verdad soy una persona de mente abierta, mas prefiero ver con quien hablo.
    Intenté mostrarme impasible, cuando, sobre la mesa, pusieron una rana. Verde, vulgar. Boca grande, ojos saltones… ¿Me había guiñado un ojo?
    —No se asuste, joven —¿la rana hablaba?—. Sí, hablo.
    —No estoy asustada, maese… algo sorprendida… —¿y ahora hablo con ranas? ¿Qué demonios tiene éste vino?
    Escuché revuelo a mi espalda, y la expresión de miedo en el rostro de mis compañeros de mesa denotaba que se avecinaban problemas.
    —¡Es una bruja! —escuché a mi espalda. Era el petimetre de antes. Algunos hombres no soportan que los rechacen—. ¡Viste como un hombre y porta una espada! —Dioses, que retrógrados son en estas tierras.
    Me giré despacio y lo que vi me gustó poco. El lechuguino trajo amigos. Dos soldados. Parecían rudos, grandes, sin afeitar, malolientes. Por el tintineo llevaban viejas cotas de malla bajo un sobretodo, sucio; que originalmente fue blanco, y jamás volvería a serlo. Resaltaba la enseña del Marqués. Escupí entre las sucias botas del soldado.
    —¡Date por presa bruja! —gritó el figurín. Ya me estaba irritando.
    —Debe acompañarnos, milady —su rostro parecía un mapa de cicatrices. Cejijunto, ojos bovinos y una nariz tan destrozada que jamás estaría recta.
    —Qué demonios, jamás rechazaría tan amable invitación, de tan apuesto caballero —repuse con voz dulce.
    —¿Este burdo botarate, destripaterrones, os parece apuesto? —inquirió el lechuguino, apartando con brusquedad al soldado—. ¿Acaso yo no os parezco apuesto? —acercó su rostro al mío. Apestaba a ajo.
    Nunca falla. Me levanté bruscamente, tanto que mi frente impactó con su nariz, que emitió un desagradable crujido, al tiempo que mi rodilla se incrustaba en su entrepierna, con la misma brusquedad, y muy poca delicadeza.
    —Puta —gimió mientras despacio se deslizaba de rodillas. No dijo más. Su boca chocó con mi otra rodilla. Tampoco fue agradable como crujió su mandíbula.
    —No deseo problemas con ustedes, maeses —susurré a los soldados—. Recojo mis cosas y me voy —desenvainaron sus espadas—. O no.
    Dos luchadores armados, decididos, protegidos con cota… Yo, con tan sólo una blusa de lino como protección. Mi fiel espada ropera…
    —Pues, como dijo el maestro, no queda sino batirnos.
    Salté a un lado, esquivando el primer envite del soldado, que no tardó en cargar de frente. Mucha fuerza, poca técnica. Los aceros chocaron, una, dos, tres veces. Con calma. Evaluaba la situación. Mientras el soldado se enfurecía, su compañero observaba y se movía con lentitud, rodeándome, acercándose cada vez más, intentando acercarse a mi espalda.
    Aquello debía acabar ya.
    —Lo siento, sólo haces tu trabajo —susurré, bajando la punta de mi espada y ocultando mi mano izquierda a mi espalda.
    Como imaginaba el soldado envistió, desvié su acero, pasó pesadamente a mi lado, mientras rotaba y le clavé mi fiel vizcaína en los riñones. Es el problema de las cotas de malla; suelen tener huecos… Finalicé mi giro y tiré a fondo, envainando mi acero en el estómago del segundo soldado. Por su expresión, supe que no se lo esperaba.
    —¡Mejor nos vamos! —grité, limpiando mis aceros en su sobretodo.
No tardamos en montar y cabalgar, lejos de la taberna, buscando el final de las tierras del Marqués.
    —Bueno, veo que sabéis resolver entuertos —la voz salía de un bolsillo de mi viejo gabán de cuero—, aunque tenéis un estilo de lucha cuestionable, y en cuanto robarles las bolsas… en fin, me llamo André.
    —¿André? ¡¿Qué coño de nombre es André para una rana?! —grité.
    —¿Acaso creéis que siempre fui una rana parlante?
    —¡Cuándo paremos, por los dioses que me vais a contar toda la historia! —mascullé, calándome mejor el sombrero del petimetre.

SOBRE «LETRAS INVITADAS»

Para saber cómo participar en «Letras invitadas» pulsad sobre la siguiente imagen y podréis ver las bases explicadas al detalle.

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