Microficción #142

•MINABO•

Si le hubieran dicho a Bork, el joven extraterrestre que cayó en la Tierra a través de un agujero negro abierto en el centro mismo del barrio barcelonés la Mina, que habría deseado ser devorado por un nurmic de piel azul verdoso antes de estar un minuto más en aquel lugar, no se lo habría creído. Sin duda habría dicho que ningún humano podría ser peor que un nurmic de piel azul verdoso y, seguramente, habría tenido que usar su pistola solidificadora de palabras para tragarse las suyas propias. Aquel barrio le recordaba mucho a su casa, solo que con costumbres completamente distintas. Los especímenes que residían allí metían los desechos dentro de unas bolsas negras —en el mejor de los casos, en el peor no los metían en ningún sitio— y los lanzaban por la ventana, intentando introducirlo a base de suerte, pericia o puntería, en unos receptáculos grises que, entendió Bork, servían para almacenar aquella basura. Sin duda, pensó el extraterrestre, aquellos humanos tenían algún tipo de problema en su calibrador interno, porque ninguna bolsa entraba en los contenedores grises, todas se esparcían por el suelo, rodeándolos.
    Los vehículos que conducían eran primitivos: ni volaban, ni saltaban, ni te saludaban al pasar, aunque todos brillaban mucho y, para el gusto de Bork, eran demasiado llamativos y grandes. Uno de esos vehículos pasó por delante de él, lo conducía un espécimen que, más tarde, Bork pudo catalogar como «menor de edad». En su planeta solo los adultos podían pilotar, no era solo una ley, era físicamente imposible que un menor pilotara una nave: al sentarte en el asiento la nave te saluda, como cualquier vehículo con un mínimo de educación y varias carreras universitarias haría, luego te pregunta qué tal has dormido y, por último, te pide la documentación para asegurarse de que puedes conducir. Solo cuando la nave ve que no eres menor de edad enciende el motor.
    El primer contacto con un humano fue… lo dejaremos en interesante… Bork aprendió los idiomas más comunes del país llamado España en cuanto aterrizó. Su brazalete hecho de julur —qué en la Tierra se podría traducir como «brazalete de chatarra»— le enseñó el castellano, el catalán, el gallego, el euskera y algunos dialectos, pero a pesar de todo, Bork no estaba preparado para aquel encuentro.
    —Buenos días, señor —dijo el extraterrestre a una mujer. A su favor diremos que en el planeta de Bork no existen diferencias entre sexos—, ¿podría usted decirme en qué lugar me encuentro?
    La mujer, bajita, de complexión ancha, de piel oscura y ojos marrones como castañas, le miró con cara de ofendida.
    —¿Qué dices, jambo? —fue su única respuesta.
    Bork, desconcertado, acudió a su brazalete para que le tradujera lo que aquel espécimen acababa de decirle. El brazalete, si hubiera podido, se habría encogido de hombros. En vez de eso le dijo «gu’ke imin sasara» que a la traducción española vendría a ser algo así como «macho, no he entendido ni papa».
    —¿De ande salido tú, jambo? —prosiguió la mujer—. Amo… que no me contesta el cara pijo. ¿De ande sales que tienes toda la cara de mi coño?
    Bork, que no tenía conocimientos de aquel idioma avanzado, hizo lo único que puede hacer un extraterrestre en una situación como aquella: salir por patas. Corrió tan deprisa que hizo algo que en su planeta está castigado con la muerte, cruzar la calle sin mirar. En la Tierra casi corre la misma suerte de no ser por sus reflejos elevados al cubo que le ayudaron a esquivar un tranvía maleducado que, encima de estar a punto de arrollarle, le empezó a gritar con muy mala folla. Lo que Bork no sabía era que en realidad los vehículos de la Tierra no podían hablar, más allá de un claxon que manejaba el humano de turno, con lo que sus insultos en el idioma materno de su planeta, carecían de sentido. Pero, como cualquier ente que acostumbre a viajar sabrá, por muchos idiomas que domines, los insultos siempre son mejores en el propio.
    —Diario mental —dijo Bork activando la función de dictado de su tercer cerebro. En su imaginación apareció un bloc de notas, abrió por la página trescientos, y empezó a escribir con una letra bastante bonita para ser alienígena. En realidad todo lo que escribía estaba en su idioma pero, por razones obvias, me limitaré a traducirlo simultáneamente a nuestro idioma—: llevo solo trenta minutos en este planeta. Los llamados humanos son seres de lo más primitivos. Sus vehículos parecen no haber asistido a la universidad, y parece que tampoco han recibido la educación correcta en casa. No saludan y son violentos. He aprendido todos los idiomas hablados en este lugar llamado España, pero parece que ninguno sirve para comunicarse con los especímenes autóctonos. He establecido contacto con un humano bastante feo y no consigo descifrar sus palabras ni con ayuda del brazalete de chatarra. Entiendo las palabras por separado, pero no consigo encontrarle sentido al conjunto. Seguiré probando para ver si encuentro un humano menos hostil.
    Entonces en su cabeza el blog se cerró de golpe, como con enfado, y el bolígrafo cayó de cualquier manera en el vacío del cerebro. Bork vio a otro humano, muy distinto al primero, era más pequeño y tenía menos pelo en la cara. Su cabeza terminaba en unos pinchos duros de color negro que, por lo que pudo saber después, se llamaban algo así como «peinado de puntxa» o «la última moda». En la protuberancia llamada nariz llevaba un aro brillante, también sobre los ojos, en eso que los humanos llamamos «cejas». Su piel estaba pintada de azul, con rostros representados. Gork se sorprendió: aquella especie estaba tan atrasada que, en vez de hacer fotos a sus similares, se los ponían en la piel. El alienígena se acercó a él desconfiando e intentó establecer contacto.
    —Saludos, humano —el de los pelos de punta lo miró de arriba a abajo.
    —Válgame, qué feo eres jambo.
    Eso sí que lo entendió, excepto la palabra «jambo» que aquella gente se empeñaba en repetir. Bork pensó que quizá significaba algo «tú, que me saludas con educación».
    —Permíteme decirte, humano, que no soy feo. De hecho en mi planeta soy conocido como lo que vosotros llamáis «pibón».
    —A mí no me hables en antiguo que te reviento, jambo.
    —Quisiera saber, humano, dónde estoy.
    —¿Cómo que onde estás? Válgame el payo feo que no sabe onde está. ¿Dónde vas a estar, su primo? En la Mina, el barrio de los chulos.
    —¿Chulos?
    —¿Tú de donde vienes, con esa cara de mojón?
    —Yo provengo de más allá de las nubes. De un planeta llamado Minabo.
    El humano se rió a carcajadas. Bork no entendía que era ese sonido, no lo había escuchado nunca. En Minabo las cosas no suelen ser graciosas, excepto los vídeos de kurunitos jugando con ovillos espaciales, que son parecidos a los ovillos normales, solo que caen del espacio y saben multitud de juegos divertidos.
    —¿Tu nabo?
    —No… Minabo.
    —¡Pues eso he dicho, mierda, tu nabo!
    —El planeta se llama Minabo… creo que hay un problema de traducción…
    —¡Que no me hables en antiguo!
    Bork no sabía qué era hablar en antiguo, quizá era la razón de que aquella gente no le entendiera, claramente el idioma que el brazalete de chatarra le había enseñado estaba anticuado, aquel era superior, más actual.
    —També puc parlar en Català, si vols.
    El chico lo miró como si le hubiera dicho de todo menos guapo. Para Bork, una vez aprendido el castellano, el catalán era fácil de entender, pero por lo visto aquel humano no estaba por la labor.
    —¿Podrías decirme dónde está la estación policial más cercana?
    —¿Que quieres ver a los jambos? ¡Ay, el payo! ¿Qué me vas a denunciar o qué? ¡Me cago en tus muertos pisaos!
    El humano se llevó la mano a los riñones y sacó un objeto del que salió una hoja de metal pulido que tenía pinta de estar afilada. En el planeta de Bork habían armas, no eran del todo pacíficos, solo que no las sacaban tan a la ligera.
    —¿Por qué tanta hostilidad, humano?
    —¡Vete que te pincho, mierda!
    Bork miró al humano, luego miró el arma y luego miró de retroceder despacio, sin alterar a aquel humano excéntrico. Corrió por una calle larga y desierta, giró un par de esquinas y se encontró con más gente a la que claramente esquivó. Una señora, que casi se choca con él, le empezó a gritar algo que, con el estrés del momento, Bork no entendió. No pensaba pararse a preguntarle qué había dicho exactamente, era mejor no tentar a la suerte.
    Cuando sus piernas estuvieron lo suficientemente cansadas, se sentó en el suelo.
    —Diario mental: he establecido contacto con otro humano. Los resultados han sido similares al primer intento, solo que mucho peores. Solo he sacado dos cosas en claro del encuentro, 1: los humanos tienen demasiada ira acumulada, y 2: el idioma que intento usar con ellos está obsoleto. Mi brazalete de chatarra debe tener alguna falla.
    Bork se sobresaltó cuando un ser abismalmente distinto a los humanos se abalanzó sobre él. El ser se movía sobre sus cuatro extremidades, estaba completamente cubierto de pelo, y tenía un rabo largo que movía sin parar. Su rostro era agradable, mucho más que el de los humanos, y su lengua se movía sin parar intentando acertar el rostro grisáceo del alienígena.
    —Saludos, humano —dijo Bork.
    —¡Guau, guau! —fue la respuesta del ser.
    Bork suspiró, aquel idioma era nuevo, quizá una versión mejorada del que hablaban los humanos, pues era más simple y constaba solo de cuatro letras, aunque tenía tantos matices y contextos distintos que resultaba fascinante. El extraterrestre, ante la atenta mirada del ser peludo, pulsó algunos botones de su brazalete de chatarra. El traductor le dijo que aquel sonido cuatrilétrico se llamaba ladrido y que aquello que le hablaba no era un humano, sino un perro, una especie muy superior y mucho más inteligente. El alienígena aprendió el idioma y habló con el perro.
    —Saludos, perro —dijo, aunque en realidad su boca formó el sonido «guau guau, guauguau»—, mi nombre es Bork, vengo del planeta Minabo.
    —¿El planeta Minabo? —respondió el perro con un «¿guau guauguau Guauguau?»—. Qué nombre más desafortunado.
    —¿Qué quieres decir?
    —Si le dices el nombre de tu planeta a algún humano seguramente se reirá de ti.
    —No sé qué es reír, pero un humano ha hecho un ruido como «juas, juas,juas» cuando se lo he dicho.
    —¿Lo ves? Es que en el idioma terreste significa que tu planeta se llama «Mi nabo» que es una forma vulgar de decir «Mi pene».
    Bork se quedó boquiabierto, ahora lo entendía todo. En su idioma no significaba nada parecido, así que no le había dado más importancia.
    —Gracias por la información, perro.
    —Mi nombre es Camarón —corrigió el animal.
    —Curioso nombre.
    —Mi dueño es muy flamenco.
    —No comprendo, pero creo que no es relevante. Intento saber dónde estoy, Camarón.
    —Estás en la Mina, un barrio de Barcelona.
    —Entiendo. ¿Qué idioma se habla en este lugar? He intentado entablar conversación con dos humanos y parece que no me entienden.
    —Es difícil de decir. La teoría es que aquí se habla castellano y catalán, pero si te soy sincero no sabría decirte. ¿Tienes una pelota?
    —Me temo que no sé qué es eso, Camarón.
    —Vaya… bueno, me tengo que ir, he visto una paloma y tengo que perseguirla. Suerte, Bork.
    —Ha sido un placer, Camarón.
    Bork vio como el perro se iba corriendo hacia un animal más pequeño que, al ver que Camarón se acercaba a toda prisa, extendió dos extremidades extrañas, azotó el aire con ellas y salió volando. El extraterrestre lo miró fascinado.
    —Diario mental: he podido entablar una conversación con una especie nueva llamada perro, el nombre del espécimen concreto era Camarón, debo investigar qué es ese nombre y qué significa «muy flamenco». Gracias a Camarón sé donde estoy y que el idioma aprendido es correcto solo que parece ser que no se usa mucho. Quizá los seres de este lugar llamado la Mina han inventado su propio idioma y no han avisado al resto de la especie. No sé muy bien qué hacer, de momento me sentaré aquí hasta que se me ocurra cómo volver a Minabo. PD: tengo que buscar una traducción distinta para el nombre del planeta, parece que los humanos lo encuentran gracioso. Seguiré informando.

© M. Floser.

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