El Cuentacuentos: Máscaras 4

•MÁSCARAS•
CUARTA PARTE

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Avispa.
Picadura.
Cachorro.

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Durante unos segundos eternos me quedo paralizado, rezando a pesar de no creer en ningún Dios, para que el ruido del almacén lo haya provocado un cachorro extraviado y no un enmascarado. Miro la puerta principal, esperando que en cualquier momento entren los dos de fuera y hagan que me suicide. No ocurre nada y me pregunto si es mejor que me vaya o que investigue. Es curioso que siempre nos riamos de las películas de miedo, de lo previsibles que son, y les gritemos como energúmenos cosas como «¡no entres ahí!» o «¡pero corre, vete!» y que después, en la vida real, hagamos las mismas estupideces. Me acerco al almacén, al otro lado del mostrador. El suelo está repleto de basura, de hojas secas, de comida en mal estado y animales muertos. Varias ratas consumidas por algún insecto, una cantidad absurda de cucarachas panza arriba y un roal oscuro que, en algún momento de su existencia, fue líquido. La puerta del almacén no está cerrada, la hoja está separada unos milímetros del marco y, a través de la rendija, veo algo moviéndose en el suelo. No necesito más espacio para saber qué es. Abro un poco más, no sé muy bien por qué, y veo al enmascarado tirado en el suelo sobre un charco negro, burbujeante. Él me mira y me preparo para dejar de existir. No ocurre nada, en mi mente solo escucho un zumbido parecido al de una avispa y mis pensamientos dejan de asediar mi cerebro, de repente todo se vuelve tranquilo, silencioso, como si mi mente hubiera caído en un limbo y me embriagase la paz más absoluta que alguien pueda sentir.
    —Acércate —dice una voz dentro de mí. No es mi voz pidiéndome que me arriesgue a acercarme al enmascarado. Es una voz suave, profunda, hermosa, la del enmascarado.
    —¿Me hablas tú?
    —Acércate.
    Lo hago, incapaz de resistirme a su voz. El enmascarado tiene una mancha enorme en el vientre, una mancha del mismo color que el líquido sobre el que está tumbado. Está herido, lo sé por su voz, y creo que esa es su sangre.
    —¿Por qué no me has matado? —le pregunto aún a riesgo de que se lo piense mejor.
    —Yo no mato a nadie —me responde—, no soy como ellos. No hagas ruido, están ahí fuera.
    Miro hacia la puerta del almacén y, aunque no pueda, miro más allá de ella, en dirección al exterior, donde los enmascarados montan guardia. Están ahí por él, no para cazar humanos.
    —Quieren rematarme.
    —¿Ellos te han hecho esto?
    Silencio, aunque en él encuentro la respuesta. Me acerco a una estantería y busco algo que me ayude a frenar la hemorragia. No sé qué me mueve a hacer algo así, estoy a punto de ver a un enmascarado morir, seré el primero que viva para contar un encuentro así. No… no soy como el resto, no soy un asesino, tampoco dormiría tranquilo sabiendo que no he intentado ayudar. En las estanterías solo hay latas de conservas caducadas y una pila de paquetes de picadura para fumar, no hay nada para limpiar la herida. Me quito el jersey y la camiseta, me coloco de nuevo el jersey y me acerco al enmascarado cogiendo la camiseta. Su voz vuelve a sonar en mi mente y me pide que me detenga.
    —No toques mi sangre o te quemarás.
    —¿Cómo puedo ayudarte?
    —No puedes hacer nada por mí, me muero. Siento lo que mi especie le ha hecho a la tuya, he intentado detenerles pero… son demasiados.
    En mi mente se dibuja una pregunta que, en parte, me da miedo pronunciar.
    —¿Cómo podemos detenerles?
    El enmascarado me mira fijamente, o eso creo, los huecos de su máscara son dos abismos negros.
    —Te lo diré.
    La mano del enmascarado se mueve y yo me asusto, me pasa de largo y va directamente a la máscara. Suena un crujido, como si algo se partiera, y la máscara se desacopla de su lugar. La lanza al suelo y me deja verle, me deja hacer algo que ningún otro humano ha podido hacer. No es un insecto gigante, no es un robot lleno de engranajes y circuitos, no consigo entender qué veo. Donde debería haber una cara hay una esfera negra girando y flotando en la nada. No hay cabeza, solo esa bola.
    —Cógela.
    —¿Cómo dices?
    —Cógela. Cuando lo hagas, cuando la tengas en tu poder, todo mi conocimiento será tuyo. Sabrás quiénes somos, sabrás de dónde venimos y por qué hacemos esto. Conocerás nuestra fuerza y nuestras debilidades. Cógela y acaba con todos.
    La esfera sigue girando.
    —Si muero antes de que la cojas mi conocimiento se desvanecerá y tu especie perderá la única oportunidad de vencer a la mía. Cógela, por favor, no permitas que mi muerte sea inútil, no dejes que mi lucha se pierda. Continúala, termínala.
    Mi mano, desobedeciendo a mi cerebro, se cierra alrededor de la esfera que, de repente, se detiene. Es una bola fría, dura, lisa como el cristal pero de otro material que no he visto o tocado en mi vida. Mi brazo se entumece, las venas se marcan desde la mano hasta dentro de la manga del jersey y, sin más, la bola se convierte en polvo que se cuela entre mis dedos y cae sobre el enmascarado.
    —No entiendo… no ha pasado nada. ¿Me has engañado?
    El enmascarado no responde. En el hueco donde debería estar su cabeza ya no hay nada y él está inmóvil en el suelo. Está muerto.
    Me levanto nervioso, sin saber muy bien qué hacer, hiperventilando. Un dolor inmenso me atraviesa la cabeza de sien a sien y caigo al suelo. Imágenes terribles se dibujan en mi mente: un lugar lejano en el espacio, con montañas rojas como la sangre y casas de una altura impresionante, seres hechos de energía pura, y un meteorito estrellándose contra el suelo. Veo un viaje a través de las estrellas, un viaje en pos de un planeta habitable y veo la Tierra desde el espacio exterior, esplendorosa, emocionante. Una conversación suena clara en mi mente:
    —¿Especie predominante del planeta?
    —Humanos.
    —¿Importancia?
    —Prescindible.
    Luego veo un ente de energía tomando la forma de un enmascarado. Veo como aparece en la tierra y, a través de sus ojos, le veo acercarse a una barricada de coches de policía. Escucho disparos y siento el impacto de las balas en mi cuerpo, no duele, no me hacen nada. Mi mente, que ahora es la del enmascarado que inició el ataque a la Tierra, se une al de un policía y le obligo a que se suicide. Siento su agonía, su impotencia abrumadora y luego siento el silencio de su mente muerta. Luego me conecto con el resto y hago lo mismo. Todo ese sufrimiento, todo ese dolor, toda esa confusión. No me duele, no me produce ninguna emoción, mi mente ahora no es mi mente, mis sentimientos no son mis sentimientos. Veo un ataque militar y la llegada de nuevos enmascarados y, luego, veo una guerra cruel contra los humanos. Mucho después veo al enmascarado que ahora está a mi lado, tirado en el suelo, y veo como se alza contra sus compañeros. Le veo sacar un arma del interior de su ropa, es un arma blanca, de cristal pulido, y le veo lanzar un tajo horizontal contra la cabeza de otro enmascarado. La cabeza se parte en dos y, en el corte, puedo ver una esfera negra como la que he tocado, la veo quieta, cortada por la mitad. El enmascarado cae al suelo de rodillas y luego se desploma boca abajo. Veo como matar a los enmascarados y es lo último que veo antes de dejar de sentir el dolor punzante en mi cabeza.
    Abro los ojos, estoy llorando por el sufrimiento físico y mental al que he sido sometido. No pierdo el tiempo, me acerco al cuerpo del enmascarado y trato de buscar en su ropa. Mi piel se quema al entrar en contacto con el líquido que sale de su herida. Sabía que iba a pasar, ahora lo sé todo de ellos. No me importa, aguanto el dolor y rebusco dentro de la chaqueta del disfraz, mis dedos en carne viva tocan algo, lo cojo y lo extraigo. Es una especie de puñal de cristal. Mi mano sangra, tengo quemaduras graves pero, al estar en contacto con el arma, no siento dolor. Miro hacia la puerta del almacén, pienso en los enmascarados que hay en la calle y tengo ganas de llorar de la emoción. Sé lo que tengo que hacer y, por primera vez, sé cómo hacerlo. El equilibrio de la guerra ha sido alterado, ahora, por fin, la humanidad tiene una oportunidad.

© M. Floser.

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