El Cuentacuentos: Máscaras 3

•MÁSCARAS•
TERCERA PARTE

Palabras a añadir:

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Motín.
Psicoanálisis.
Metamorfosis.
Raíl.
Retraso.
Catenaria.
Fado.
Bacalao.
Folclore.

Lee las partes anteriores:

Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Cuando me detengo a mirar lo sucedido, cuando repaso mentalmente la escena de todos esos policías suicidándose, cuando recuerdo que ya casi hace un año que el mundo se fue a la mierda, empiezo a echar de menos cosas que no tiene sentido echar de menos. Algo tan simple como entrar en la oficina enfadado porque el tren ha llegado con retraso, saborear un buen plato de bacalao al pil-pil o volver a leer La metamorfosis de Kafka. Cosas que no sé si volveré a hacer alguna vez.
    Sigo en el suburbio, ayudando a los heridos, recolectando comida y cocinándola. Sigo sin tener la menor intención de enfrentarme a los enmascarados, no soy idiota. El otro día encontraron muertos a dos miembros de la resistencia, un hombre y una mujer. A él le faltaba un trozo de cuello que encontraron en la boca de ella. Le había arrancado la yugular de un bocado y luego se había suicidado. Sin duda bajo los efectos de la hipnosis de algún enmascarado. Siempre es así, no se manchan las manos.
    Shannon, la líder de la resistencia, dice haber visto a los enmascarados reunidos en el distrito cero, el sitio en el que apareció el primer cabrón. Aún están los coches de policía aparcados, y los cadáveres de los agentes que se dispararon en las sienes. Shannon asegura haberles visto sin las máscaras, los describe como algo parecido a un insecto gigante. Demasiadas películas. Su imaginación casi provoca un motín, o incluso algo peor. No están los ánimos como para andar con esas tonterías. La gente no tiene ganas de gracias, no tiene ganas de aguantar estupideces de nadie. La supervivencia de la raza humana no da pie a bromas de mal gusto.
    En las últimas semanas he entablado conversación con la gente con la que convivo. Es curioso que un grupo de personas tan diferentes hayan terminado juntas, luchando unidas por el miedo. Todo el mundo tiene una opinión sobre los enmascarados, yo también, solo que prefiero no darla. Todo el mundo parece querer compartir su versión de los hechos, agrandando el folclore alrededor de los enmascarados. Hay un matrimonio que parece incluso divertirse. Se apuntan a cada expedición, armados hasta los dientes, fantaseando con el momento en el que se encuentren con un enmascarado. Siempre evito a esos dos. Luego hay una chica joven, de unos veinte años, que cada vez me cae mejor. Sus intervenciones en las reuniones siempre son acertadas, demuestra una madurez que a otros miembros de más edad que ella les falta. Creo que perdió a alguien, pero nadie sabe exactamente a quién. Luego hay un chico portugués que se pasa el día entonando algún fado. Me he acostumbrado a esas canciones y creo que si dejara de escucharlas las echaría de menos. Shannon no me cae bien, aunque creo que no le cae bien a nadie. Un día nos explicó a qué se dedicaba antes de que llegaran los enmascarados, solo que nadie sabe cuánto puede creerse de lo que esa mujer cuenta. Hay una niña pequeña que nunca habla, no sabemos si es muda o está traumatizada. Esa es la gente con la que he hablado, luego estoy yo, todos merecedores de un buen psicoanálisis.
    Hoy tengo que recolectar comida y, como suele pasar, nadie me acompaña. No me importaría que viniera conmigo el portugués, tampoco la chica de veinte años, pero me toca ir solo. Sigo el raíl de las vías del tranvía hasta la ciudad. La catenaria está destrozada, los cables, pesados y gruesos, están tirados por el suelo. No es peligroso, la central eléctrica explotó, la ciudad está sin electricidad. Aunque si lo fuera poco importaría, el mundo es peligroso, ahora más que nunca. Me muevo despacio, vigilando cada esquina por si hay algún enmascarado. Repasando mentalmente la lista de productos que llevo en el bolsillo, solo para pensar en algo que no sea mi muerte. Me detengo un momento, con la espalda pegada a la pared, o todo lo pegada que la mochila me permite. Me asomo a la esquina para mirar la calle. Ahí están, dos enmascarados justo delante de la puerta de la tienda a la que tengo que entrar. Por suerte la resistencia ha abierto entradas alternativas. Solo tengo que esperar a que miren hacia otro lado y… ¡correr!
    Eso ha estado cerca, casi me da un infarto cuando uno de los enmascarados se ha girado hacia mí. Por suerte no me han visto, soy rápido, aunque ni yo mismo lo sabía hasta que empezó a irse a la mierda el mundo. No es momento de descansar y menos con esos dos ahí. Tengo que espabilarme, estaré más seguro en la tienda. Aparto los matorrales con los que la resistencia ha tapado el agujero de entrada y me cuelo a gatas por él. No pienso encender la linterna aunque sé que no me verán. Es demasiado arriesgado. Veamos, necesito compresas, vendas, comida y algo de alcohol para desinfectar heridas y para que alguien se emborrache y acaben partiéndole la cara. No es una tienda grande, tiene dos pasillos de estanterías, un mostrador y un almacén. Abro la mochila y saco dos toallas y varios tuppers de plástico. Envuelvo con una de las toallas una botella de ron y con la otra una de whisky para que no hagan ruido dentro de la mochila. Cojo varios paquetes de compresas y los meto en los bordes de la mochila, irán bien para que todo lo que meta quede más protegido e inmóvil. Cada vez hay menos comida: algo de embutido, leche caducada, bolsas de patatas y chocolatinas. Cojo el embutido envasado al vacío y lo coloco como puedo, intentando que ocupe el menor espacio posible. Meto algunas chocolatinas y luego cojo unas cuantas bolsas de patatas fritas y de nachos con sabor tex-mex, las abro y las meto dentro de los tuppers. No es buena idea correr intentando pasar desapercibido llevando bolsas de plástico en la mochila. Lo coloco todo y veo que aún me queda espacio. Miro a mi alrededor… cojo condones, tabaco y alguna revista. Lo primero es porque sé que hay gente follando en la resistencia y no creo que usen protección. Traer un bebé al mundo ahora es un suicidio por varias razones: no hay comida suficiente, no es un mundo seguro y, sobretodo, los bebés lloran y los llantos delatan a la gente que vive escondida. Ya lo tengo todo, solo falta cerrar la mochila, cargármela a la espalda y… ¿qué ha sido eso? Se ha caído algo en el almacén. Creo que no estoy solo. ¡Mierda!

© M. Floser.

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