Microficción #140

•PRIMAVERA•

Y así, como si no fuera importante, llegó la primavera. Lo hizo como suele hacerlo cada año: cargada con una cesta llena de flores que olían a vida, y llevando un vestido fresco que se mecía con el viento con la elegancia y la delicadeza con la que solo el vestido de la primavera se podría mecer. Tenía tres pecas en cada mejilla, como si un artista las hubiera colocado con la punta de su pincel. Sus ojos no tenían un color concreto, eran del color de la hierba, del agua, del rocío, del color de las flores y las nubes, del color de las mariquitas y el de las libélulas era… bueno… sus ojos eran del color de la primavera misma. Sus labios… mejor saltarnos esta parte pues la descripción de la dulzura y carnosidad de sus labios daría para una trilogía entera de descripciones. Por último su pelo parecía aire, si el aire tuviera la forma de hebras de oro flotando libres azotadas por la brisa perfumada que ella misma proyectaba.
    Cuando la primavera llegó se encontró cara a cara con el invierno y con su cara de agotamiento. El invierno tenía ojeras lilas que resaltaban horriblemente en su piel pálida. Tenía el pelo blanco como la nieve y una nariz fina y puntiaguda. Era delgado y vestía un abrigo negro cuyas solapas se alzaba para protegerse la nuca.
    —Están insoportables —dijo el invierno con voz de cubitos de hielo crujiendo en un vaso de whisky—. Empezaron quejándose de que hacía mucho calor, hasta que decidí enviarles una ola de frío, entonces hizo demasiado frío. Luego había sequía, así que allá que les mandé un temporal, «es el peor temporal de la historia», «demasiada agua», «a ver si deja ya de llover». Habían sitios en los que jamás había nevado así que pensé que este año sería una buena idea regalarles unos cuantos copos. ¿Te crees que me lo agradecieron? No… los muy idiotas no supieron organizarse, se quedaron atrapados en carreteras, en montañas y, cómo no, empezaron a quejarse de que la nieve era demasiado peligrosa y no sé qué más tonterías. No sabes cuánto me alegro de verte, Primavera.
    Primavera miró al invierno, pestañeando con sus preciosas pestañas que parecían mariposas aleteando, le dedicó una sonrisa con sus labios repletos de matices y luego le dio un beso en su escarchada mejilla.
    —Ve a descansar, Invierno, ha sido duro —respondió la primavera casi con un susurro tan delicado que no podría haber hecho volar ni siquiera los vilanos de un diente de león.
    —¿Duro? Espero que tú tengas mejor suerte este año.
    —No suelo tener problemas.
    —¿No fue el año pasado cuando acabaste saturada por todas esas quejas sobre las alergias?
    Primavera tuvo un escalofrío, no solo porque el invierno le tocó el dorso de la mano con su mano helada, sino porque recordó, después de un año de descanso, todo lo que tuvo que soportar de los humanos trescientos sesenta y cinco días antes.
    —Ya sabes cómo son —dijo ella intentando quitarle hierro al asunto, o intentando convencerse a sí misma de que no iba a ser tan horrible—, son jóvenes.
    —Son críos mimados. Cuando se quejan tanto intento centrarme en zonas donde realmente agradecen el frío.
    —Igualmente creo que dentro de poco yo dejaré de existir, Invierno.
    —¿Por qué dices eso?
    La primavera suspiró con amargura.
    —¿No te has dado cuenta que cada vez llegáis antes Verano y tú? El calor llega antes y el frío igual. En mi ciclo se pasa del frío insoportable al calor asfixiante en un chasquido de dedos, pasa lo mismo, solo que a la inversa, en el ciclo de Otoño, me dijo que cuando llegó el año pasado el calor que dejó Verano tardó dos meses en calmarse, luego estuvo dos semanas haciendo su trabajo y, de repente, llegaste tú. Llegará un momento en el que solo habrán dos estaciones, tú y Verano.
    —No lo había pensado así.
    —Y sin embargo está ocurriendo.
    —Pero no es culpa nuestra. ¿Lo es?
    —No… es culpa de los humanos y su empeño en destruir su propio mundo con actos y decisiones que disfrazan con palabras tan grandilocuentes como «progreso» o «evolución».
    —Nunca te había escuchado hablar así.
    —¿Qué más da ya? Cada año me pregunto si va a ser mi último ciclo —dos lágrimas surcaron la mejilla aterciopelada de la primavera. Lágrimas con el perfume del césped recién regado—. En fin, Invierno, tengo que ponerme al trabajo. Espero que nos volvamos a ver, si no es así te deseo una vida larga. Espero que el calor de Verano no se imponga a tu frío. Quizá si los humanos reaccionan y dejan de comportarse así, mi futuro y el de Otoño cambien de rumbo. Cuídate, descansa, prepárate para el año que viene, pero no te vayas muy lejos, quizá tu retiro no dure todo lo que tu quisieras.

© M. Floser.

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