Microficción 139

•SOLUCIONES•

El ruido de la calle se coló en el bar. No habían clientes y las primeras luces de la mañana iluminaban la madera de las paredes, el suelo, los taburetes y la barra. Los diferentes licores sobre las estanterías se encendían con el sol, como si aquellos líquidos tuvieran la facultad innata de brillar. El frío del otoño aprovechó el pequeño instante en que la puerta estuvo abierta para colarse dentro del bar y bañarlo todo, incluso la nuca del hombre que había al otro lado de la barra, colocando bien las botellas y encendiendo la cafetera.
    —Todavía no está abierto —dijo el hombre sin siquiera girarse. Llevaba una camiseta de rayas horizontales y el pelo rizado.
    —Bonito bar.
    La voz que dijo aquello no era amable, no parecía conocer el significado de la amabilidad. Era grave, cruel y llena de sarcasmo. Tenía un acento duro y le daba a las palabras una fuerza anormal. El hombre tras la barra se giró de inmediato. Tenía un rostro dulce, salpicado de pecas, con una pequeña cicatriz en la barbilla y unos ojos de color miel. El hombre miró a la figura, alta, cubierta por un abrigo negro que le daba el aspecto de un oso. Su cabeza no tenía un solo pelo, tampoco cejas, pestañas o vello facial. La nariz era muy menuda, y le daba el aspecto de una calavera cubierta de carne. Sus ojos eran saltones y castaños, y sus labios finos, casi inexistentes, se curvaban en una sonrisa torcida.
    —¿Qué haces aquí, Laurius?
    —¿Es así como recibís a la familia por aquí arriba?
    —Es así como yo recibo a escorias como tú en mi negocio.
    —«Negocio», qué importante suena esa palabra en tu boca, hermanito. Parece que de repente te hayas convertido en un verdadero humano.
    —Intento vivir mi vida de forma honesta. ¿Qué haces aquí, Laurius?
    —He venido a tomarme un… ¿cómo llaman tus amigos mortales al brebaje ese? ¿Café?
    El hombre al otro lado de la barra suspiró, sabía que con Laurius era mejor seguirle la corriente. Se giró, cogió uno de los brazos de la cafetera, lo cargó con café recién molido y lo volvió a colocar. Apretó un botón, puso una taza de porcelana debajo del surtidor y dejó que el café caliente empezara a caer dentro.
    —¿Leche? —preguntó más por inercia que por otra cosa.
    —¿Por qué no?
    Cogió una jarrita de metal, la llenó de leche, introdujo dentro un pitorro que había en el lateral de la cafetera y, tras girar una rueda, empezó a salir vapor caliente que emitió un fuerte siseo al entrar en contacto con la leche. El líquido burbujeó y de la jarra empezó a salir humo. El camarero cogió la taza con café, echó la leche caliente dentro y luego la colocó en un plato de porcelana para servírsela a Laurius.
    —Hermanito, eso ha sido hipnótico.
    —¿Qué haces aquí, Laurius?
    —Qué pesado. Vengo a buscar soluciones.
    —¿Soluciones a qué?
    Laurius se llevó la taza a la boca y sorbió un poco de café. Su cara se contrajo en una mueca de asco.
    —¡Esto sabe a rayos!
    —Échale azúcar…
    —¿Azuqué?
    El camarero le acercó un azucarero. Laurius lo cogió, lo examinó, lo olió y luego lo inclinó sobre la taza. El azúcar cayó en cascada dentro de la bebida.
    —Soluciones a esta situación, hermanito.
    El azúcar empezó a emerger del café, formando una isla blanca en el centro de la taza. Laurius dejó el azucarero y se llevó de nuevo la taza a los labios. Dio un sorbo temeroso y su boca se llenó de azúcar empapado en café. Masticó los granos que crujieron entre sus dientes torcidos.
    —No sé de qué me hablas, Laurius.
    —Llevas demasiado tiempo aquí arriba, hermanito —Laurius dejó de hablar para relamerse—. ¡Esto está mucho mejor ahora!
    —Y mucho más que me queda.
    —Eso depende de las soluciones que le lleve a nuestro padre.
    —¿Te envía él?
    —¿Quién me va a mandar? A mí me va bien que no vuelvas. Después de ti soy el heredero al trono, así que… bueno, por mí como si te mueres. Pero padre sigue pensando en eso del primogénito y todas esas mierdas. Me ha pedido que venga a por ti.
    —Y tú, como su perrito faldero, has venido a por mí.
    —No, yo como hijo de Satanás que soy, he venido a por soluciones. Por el camino se me han ocurrido varias.
    —Sorpréndeme, Laurius.
    —La primera es que te mate. Eso lo facilitaría todo.
    —Pero si nuestro padre se entera de que me has matado nunca pondrás el culo en el trono.
    Laurius se tocó la punta de la diminuta nariz con el dedo índice, dejándole claro a su hermano que había dado en el blanco.
    —Otra solución es que renuncies al trono.
    —No veo inconveniente.
    —Pero papá sí. Si haces eso no se va a conformar con dejarte llevar este tugurio sin más. Enviará una plaga, o cualquier otra mierda que se le ocurra. Total, que si renuncias al trono papá matará a unos cuantos humanos. Por mí bien, pero conociéndote sé que no vas a aceptarlo.
    —¿Hay alguna otra solución?
    —Dos más. La primera es que aceptes que yo herede el trono, que renuncies a ello de tal forma que los humanos no sufran la ira de nuestro padre.
    —No entiendo qué diferencia esa solución de la anterior.
    —La diferencia en que esta trae un trato con ella. Renuncias al trono, yo reino el infierno, y los humanos no ven llover ranas, o langostas, ni ven como la peste regresa… a cambio tú, hermanito, te comprometes a enviarnos almas de forma voluntaria. Nada muy sonado, quizá unas treinta almas al mes… eso sería un alma diaria.
    —Estás loco.
    —Siempre lo he estado, pero esto no es ninguna locura. Es un buen trato. Puedes enviarnos a quien te salga de las pelotas. A uno de esos viejos verdes que tocan a jovencitas, a un asesino, un secuestrador… lo que te dé la gana.
    —No pienso hacer tal cosa. ¿Cuál es la última solución?
    —Aceptarás la que te acabo de decir en cuanto escuches la que nos queda.
    —Lo dudo. Dila ya, empiezas a cansarme.
    —Tú y yo matamos a papá.
    Los ojos del camarero se abrieron.
    —¿De qué estás hablando?
    —Seamos sinceros, hermanito, la forma de pensar del viejo ya no tiene mucho sentido. Quiero decir… no hemos progresado ni un ápice en todos estos siglos. El mundo cambia, la gente cambia, los crímenes cambian pero los castigos siguen siendo los mismos. El infierno necesita mentes jóvenes. Si papá muere y yo reino te aseguro que no voy a molestar a tus amigos mortales. Morirán como tengan que morir: de viejos, enfermos o asesinados, y cuando lleguen al averno recibirán un castigo proporcional a sus crímenes.
    —¿Matar a papá? ¿Cómo piensas hacer eso, Laurius?
    —No lo sé, hermanito, no lo he pensado. ¿Tengo que hacerlo yo todo? Como te he dicho antes, he venido en busca de soluciones.

© M. Floser.

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