El Cuentacuentos: Máscaras 1

•MÁSCARAS•
PRIMERA PARTE

Palabras a añadir:

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Lactosa.
Contable.
Conectividad.
Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Fue un día después de carnaval. Las calles estaban llenas de confeti, alcohol y otras muestras de que había sido una semana gloriosa. Poco a poco se pretendía volver a la normalidad, olvidar el desfase de la fiesta y regresar a la rutina. Yo volvería a mi trabajo como contable y fantasearía con lo mucho que me divertí con mis amigos. Y así fue, durante unas horas. Me senté en mi puesto de trabajo y saludé a algunos compañeros que bajo los efectos de la cerveza y la seguridad de sus disfraces habían hablado conmigo por primera vez y que, sin embargo, ahora evitaban mirarme a los ojos. Uno de ellos, Marco, decidió evitar acercarse a mí dando un rodeo absurdo para llegar a su mesa. Le recuerdo, disfrazado de Dustin, de la serie Stranger Things y recuerdo sus labios acercándose a los míos de improviso. Me besó, quizá como nunca me había besado nadie, y ahora parecía que algo contagioso o peligroso me rodeara. No me preocupaba lo más mínimo, no era la primera vez que me topaba con uno de esos heteros curiosos que se sueltan la melena cuando beben más de la cuenta y luego se avergüenzan de haber hecho algo que deseaban hacer pero que sin alcohol no se habrían atrevido.
    En la oficina había varios televisores colgados en las paredes a unos tres metros de altura para que todos pudiéramos verlos desde nuestros asientos. Los televisores emitían constantemente un canal de economía que nos informaba sobre cómo estaba la situación económica a cada instante. El bullicio de la oficina normalmente hacía imposible escuchar lo que decían en televisión, los subtítulos jugaban un papel importante, pero ese día de repente se hizo el silencio. El canal de economía interrumpió su emisión: un programa que hablaba sobre la conectividad financiera, y conectaron directamente con el plató de telenoticias.
    —Algo ha pasado —dijo alguien—, subid el volumen.
    A pesar de haber más de una decena de televisores repartidos por toda la sala, todos se reunieron alrededor de mi mesa para ver el monitor que tenía frente a mí. Cuando subieron el volumen del televisor escuchamos a la presentadora más nerviosa de lo habitual.
    —… policía tiene rodeado a un hombre disfrazado —algunos de nosotros nos miramos con el ceño fruncido—, al parecer ha matado ya a varias personas. Conectamos con nuestro corresponsal. Xavier, ¿qué está pasando?
    En la pantalla apareció un hombre joven, delgado, con bigote rubio y un peinado que luchaba contra el viento. Vestía un abrigo negro y sujetaba un micrófono con el logotipo del canal.
    —En efecto, Claire, nos informan de que el sospechoso presuntamente ha matado a varias personas. No conocemos los detalles pero a continuación podréis ver el aspecto del presunto asesino.
    El plano se desplazó hacia la izquierda, abandonando al corresponsal y enfocando la espalda de un grupo de policías resguardados tras el lateral de sus coches, apoyándose en los capós con las armas desenfundadas y apuntando a un hombre que se mantenía erguido en medio de la carretera. Era alto, de unos dos metros más o menos, delgado y, en efecto, iba disfrazado. Parecía un disfraz típico del carnaval veneciano, con un traje hermoso de color burdeos, recargado en exceso y una máscara de porcelana que sonreía con unos labios diminutos pintados de rojo. El plano era demasiado lejano como para distinguir unos ojos dentro de los orificios de la máscara. También lucía un sombrero a juego con el resto del disfraz, cargado de plumas.
    —¡Levante las manos! —ordenó un policía a través de un megáfono que amplificó y distorsionó su voz. El hombre disfrazado empezó a andar y su forma de moverse era extraña: su cuerpo se encorvaba hacia un lado, como si estuviera a punto de perder el equilibrio, pero sus pasos eran precisos, elegantes, casi felinos—. No siga avanzando, señor, póngase de rodillas y levante las manos o nos veremos obligados a abrir fuego.
    El hombre disfrazado siguió andando, ignorando completamente las órdenes del agente. Uno de los muchos policías disparó y la bala impactó en el pecho izquierdo del disfrazado que se desplomó en el suelo. Algunos de nosotros, en la oficina, nos llevamos las manos a la boca, era la primera vez que veíamos a alguien recibir un disparo.
    El hombre abatido se movió, su cuerpo se encorvó alzando el torso, formando un puente con su espalda, luego levantó la cabeza y se incorporó. Por último, y sin esfuerzo, se puso de pie. Inclinó la cabeza y siguió avanzando. Volvieron a dispararle, acertaron, pero esta vez no cayó al suelo, anduvo hacia los policías como si solo hubiera recibido picaduras de algún insecto. Se detuvo a un par de metros de los coches y miró a todos los policías uno por uno. Tenía el cuerpo lleno de impactos de bala. Señaló al primero que le disparó y habló. Cuando lo hizo un sonido hiriente nos atravesó los oídos a todos los que veíamos el televisor, como si el micrófono se hubiera acoplado con algún otro aparato y lanzara un chillido. Todos cerramos los ojos, nos tapamos los oídos y no pudimos escuchar lo que el hombre disfrazado había dicho pero, cuando abrimos los ojos y nos volvimos a fijar en el televisor, vimos que el policía al que se había dirigido se había llevado el cañón de su arma a la sien. El brazo le temblaba y se le escuchaba gimotear a través del micrófono.
    —¿Qué estás haciendo? —dijo el que parecía estar al mando—. Baja el arma, Curtis.
    —No… no… ¡no puedo!
    —¡Curtis, baja el arma es una or…!
    El agente Curtis apretó el gatillo y cayó al suelo fulminado. Su sangre salpicó al agente que le estaba hablando. Algunos gritaron en la oficina, otros vomitaron, yo solo conseguí llorar, no entendía qué había pasado.
    El del disfraz señaló uno a uno a todos los agentes y volvió a hablar. Su voz volvió a acoplarse, pero esta vez estábamos demasiado conmocionados para reaccionar. Escuchamos claramente una única palabra: «suicídate», con una voz grave, casi susurrada y, acto seguido, todos los agentes se llevaron las armas a las sienes y apretaron los gatillos. El ruido de los disparos fue ensordecedor, la sangre alcanzó a la cámara y la imagen se volvió rojiza de repente. Cortaron la emisión de golpe y, lo siguiente que vimos, fue el anuncio de una leche sin lactosa. El canal pretendió desviar nuestra atención, era obvio, pero la imagen de todos aquellos policías desplomándose al unísono se quedó grabada en nuestro cerebro. El sonido de los disparos siguió sonando en mis oídos horas después de haberlo escuchado, y el rostro de porcelana del hombre disfrazado nos acompañó durante mucho más tiempo.
    Mi nombre es Aaron y en las próximas semanas os voy a contar cómo la vida de mucha gente cambió por culpa de los enmascarados.

© M. Floser.

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2 comentarios en “El Cuentacuentos: Máscaras 1

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