Mitología narrada 10: Bogeyman

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

•BOGEYMAN•

Bogeyman (o Bogieman, Boogeyman, Boogieman, o el Coco en países de habla hispana) es una criatura que suele utilizarse para asustar a los niños. En muchas ocasiones la intención es educar a los más pequeños para que hagan —o no hagan— ciertas cosas bajo la amenaza de «Vendrá el Coco y te llevará/comerá». No se le conoce un aspecto físico concreto y, según la zona, puede ser hombre o mujer.

En algunas regiones de Estados Unidos el Bogeyman se esconde bajo la cama de los niños o en el armario, en otras no llega a entrar a los dormitorios sino que se dedica a arañar las ventanas desde el exterior para atemorizar a los niños. También hay leyendas que sostienen que el Bogeyman puede tomar la forma de aquello que más terror da a sus víctimas.

•QUE VIENE EL COCO•

—Tranquilícese, señor —dijo un hombre alto, delgado, con un bigote ridículo, rubio y un pelo algo despeinado por el bombín que se había quitado. Vestía una camisa blanca bajo un chaleco elegante negro. La americana estaba acomodada en el respaldo de la silla en la que estaba sentado.
    —¿Que me tranquilice? Hemos quedado hace una hora.
    El otro hombre estaba de pie, dando vueltas en un salón iluminado por candiles y el fuego de una chimenea que calentaba la estancia. No era un hombre demasiado alto, algo rechoncho y vestía un traje modesto, marrón, y calzaba unas zapatillas que parecían cómodas. Era tarde, más de las nueve de la noche.
    —Vamos, cariño, no arreglas nada poniéndote nervioso.
    —Escuche a su mujer, señor.
    La mujer era rubia teñida, tenía mucho mejor gusto vistiendo que su marido. Un vestido turquesa estampado con flores rosas se ceñía con sutileza a su figura. Sus ojos azules no miraban al hombre sino a su hija, una preciosa cría de pelo castaño que dormía en su regazo. Ambas estaban en un sofá junto a la chimenea.
    —¡Me parece muy poco serio por su parte! ¿Ustedes los ingleses no son siempre puntuales?
    —Me temo que depende del inglés, señor. Igualmente no diría que mi señora se esté retrasando.
    —¿Ah no? ¿Y qué diría usted?
    —Que nosotros hemos llegado demasiado pronto, por descontado. Seguro que tiene una justificación para no estar aquí.
    Justo al decir aquello sonó el timbre de la casa. Una mujer vestida con uniforma de sirvienta cruzó la sala de estar y se apresuró a abrir la puerta.
    —Veremos qué justificación nos da.
    Un momento después la sirvienta volvió a la sala de estar acompañada por una mujer alta, mucho más que el hombre del bombín. Vestía una chaqueta de cuero negro, una camiseta vieja del mismo color y unos tejanos de un azul oscuro que combinaba con sus ojos. Sus labios, de color negro, hacían que sus dientes parecieran más blancos de lo que en realidad eran, tenía el pelo rojo, natural, y un millar de pecas salpicándole toda la piel. Tenía los ojos pintados de negro y parecía que el azul del iris centelleara.
    —Disculpen el retraso —dijo con un acento londinense muy marcado—, mi nombre es Eileen Davies.
    —Mi señora —dijo el hombre del bombín levantándose de su asiento—, el señor Gagnon estaba impaciente.
    Eileen miró a su compañero mientras se quitaba la cazadora de cuero y se la entregaba a la sirvienta. Luego miró con una ceja levantada al anfitrión.
    —¿Ah sí? ¿Y a qué se debe su impaciencia, señor Gagnon?
    —Bueno, es obvio, ¿no? Hemos quedado hace una hora.
    —Cierto es, por eso me he disculpado por el retraso. Pero…
    —¿Pero? ¡¿No se supone que ustedes los ingleses son puntuales?! ¿Cuál es su justificación?
    —Lo primero que debe usted saber, señor Gagnon, es que no debe interrumpirme bajo ningún concepto. Lo segundo es que no me gusta que generalicen, ¿ustedes los americanos no son todos unos obesos salvajes amantes de las armas? No es agradable, ¿verdad? Lo tercero, y debe prestarme mucha atención en este punto, es que yo jamás me justifico, ¿entiende? Si tuviera que justificarme ante usted significaría que soy yo la que le necesito y no al revés. ¿Cree usted que le necesito, señor Gagnon? Hay otro punto referente al dinero. No me interrumpa, señor Gagnon, o conocerá un significado nuevo de la flema británica. El punto referente al dinero es el siguiente: le dije a su esposa que iba a hacerle un favor personal y no iba a cobrarle un solo centavo. No porque usted me agrade sino porque ella —miró a la mujer de arriba a abajo—… bueno… ella claramente sí me agrada. Ahora, señor Gagnon, a no ser que sepa usted cómo matar a esa criatura que atormenta a su hija, le sugiero que cierre el pico y no me moleste más —Eileen mantuvo sus ojos fijos en los de Gagnon y, cuando vio que el hombre había asimilado todo lo que acababa de decirle, le dio la espalda y se dirigió a su compañero—. ¿Has hecho ya la primera inspección?
    —Así es, mi señora. Arañazos dentro del armario y en el suelo bajo la cama.
    —¿Cuántos dedos?
    —Tres dedos con una separación de diez centímetros. Las marcas tienen una profundidad de seis centímetros.
    —¿Algún rastro?
    —Ni pelos, ni babas, nada.
    —Entonces está claro.
    —Eso me temo, mi señora.
    Eileen volvió a girarse y, en vez de mirar al señor Gagnon, se dirigió a la mujer que tenía a la niña en el regazo.
    —¿Cómo está usted, Daisy?
    Al señor Gagnon le indignó que se dirigiera a su esposa por el nombre de pila.
    —Muy bien, algo preocupada.
    —No se preocupe, ya estoy aquí —Eileen se sentó en el brazo del sofá y cogió la mano de la mujer—. Todo saldrá bien.
    —Dice que tiene claro de qué se trata —dijo Daisy sonrojada y con la respiración acelerada, en lo único que podía pensar en ese momento era en que ojalá que no le estuviera sudando tanto la mano.
    —¿Han asustado ustedes a su hija diciéndole que si no hacía lo que ustedes dijeran vendría el hombre del saco?
    —Pues —Daisy quedó en blanco, no esperaba aquella pregunta y, a pesar de que era muy simple, no supo qué responder hasta que pasaron unos segundos en los que Eileen empezó a acariciarle el dorso de su mano con el dedo pulgar, haciendo que su corazón se acelerase—… sí… quiero decir… todos los padres lo hacen, ¿no? ¿Qué tiene eso que ver?
    —Por desgracia tiene mucho que ver. Ustedes, al hacer esa amenaza, la han invocado.
    —¿Al hombre del saco?
    —En realidad sería la mujer del saco… pero sí. La mujer del saco o Bogeyman… nunca entenderé por qué todo el mundo da por sentado que es un hombre. Sea como sea ustedes han invocado a la Umbra, como se la llama en los círculos más especializados. Han puesto a su hija en el punto de mira de esa perra y por eso se ha dedicado a molestarla. La táctica de la Umbra es aterrorizar a los niños noche tras noche, impidiendo que duerman, hasta que están tan agotados que no ofrecen resistencia cuando la Umbra se los lleva.
    —¡¿Nos está culpando, majadera?!
    Eileen miró al señor Gagnon con un odio hiriente, sus ojos azules brillaron como reflejo del poder que la inglesa estaba conteniendo para no pulverizar al americano.
    —Yo no culpo a nadie, me limito a explicarle a su preciosa mujer lo que ocurre —Eileen volvió a ignorar al hombre y habló con Daisy—. No se atormente, no es culpa de nadie. Es una práctica muy común, como usted misma ha dicho todos los padres lo hacen. Es cierto que no todos los niños reciben realmente la visita de la Umbra y si usted quiere antes de cortarle el cuello le pregunto cuál es su criterio de selección.
    —¿Puede usted matar a esa cosa?
    —¿Matarla? No, Daisy, la Umbra es inmortal, lleva muchos siglos alimentándose del miedo de los niños, se ha hecho tan fuerte que es imposible matarla.
    —¿Entonces?
    —No se preocupe, cuando termine con ella hoy no tendrá ganas de volver a por su hija. Solo quisiera pedirle un favor.
    —El que quiera.
    —Si llego a saber que esa era la respuesta le habría pedido dos favores. El que tenía en mente por un lado y por otro —Eileen se quedó mirando fijamente los labios carnosos de la mujer y notó que esta tragaba saliva—… en fin… el favor que le quiero pedir es que no le diga a nadie que lo de hoy lo he hecho gratis. Ni siquiera a sus amigos más cercanos. Si se corre la voz de que Eileen Davies trabaja gratis se acabó el negocio.
    —Descuide. Si usted libra a mi hija de esa amenaza diré que cualquier dinero que pida es poco.
    —Es usted una auténtica perdición, Daisy.
    Eileen se levantó del brazo del sofá, se acercó a su compañero ignorando el rostro enrojecido de rabia del señor Gagnon y le dio un golpe amistoso en la mejilla al del bombín.
    —Ve sacando las armas, amigo mío, vamos a cazar a la Umbra. ¡¿No estás nervioso?! Yo estoy excitada.
    —No creo que sea por la Umbra, mi señora.
    Eileen no dijo nada, solo miró a Daisy y le guiñó un ojo. La mujer se sonrojó y sonrió, estuvo tentada de devolverle el guiño. No sabía qué le pasaba, nunca había sentido el más mínimo interés por las mujeres, pero aquella británica estaba provocándole sentimientos que desconocía. Además iba a ayudar a su hija, a su preciosa hija a la que amaba con todo su ser.

© M. Floser.

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2 comentarios en “Mitología narrada 10: Bogeyman

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