El cuentacuentos: Romance 4

•ROMANCE•
SEGUNDA PARTE

Palabras a añadir:

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Magnesio.
Dignidad.
Estupefacientes.
Telemetría.
Tanque.
Licuar.
Hipnotizante.
Pinta.
Caracol.

Lee las partes anteriores:

Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Mara trató de consolar a Eros aunque no entendía que el dios estuviera tan disgustado por algo tan absurdo. El hombre no dejaba de llorar y no tenía pinta de que fuera a parar en breve.
    —Va, deja de llorar —dijo Mara visiblemente incómoda—, eso pasó hace mucho tiempo.
    —¡Pero fue horrible! Hice tanto daño al mundo y al grupo…
    —Pero no vas a estar llorando eternamente… ¿verdad?
    —No —Eros alzó la cabeza, sus ojos brillaban por las lágrimas—… perdona, tienes razón. Hacía tiempo que no se lo contaba a nadie. Estoy mejor, además ya no tengo que tomar nada.
    —¿Cómo dices?
    —Bueno… al principio, cuando decidí dejar de usar mi poder, cuando decidí que no iba a intervenir más en los corazones de la gente, necesitaba cierta ayuda para apaciguar mis dones.
    —¿Cierta ayuda?
    —Estupefacientes —aclaró Eros al ver que Mara no le entendía—. ¿Quieres que un dios no pueda usar sus poderes? Drógalo.
    —¿Te enganchaste?
    —Los dioses no tenemos ese problema. Las drogas no nos afectan de la misma forma que a vosotros, solo nos embotan el cerebro y, en muchas ocasiones, nos producen alucinaciones. Tienen un efecto más bien… ¿cómo decirlo? Hipnotizante. ¿Entiendes? Eso sí, ni se te ocurra drogarte, te lo prohíbo.
    —No pensaba hacerlo.
    —Por si acaso… teniendo en cuenta que tu novio es un porrero…
    —También es un hijo de puta, pero eso no significa que yo lo sea.
    —Buen punto.
    Hubo un momento de silencio en el que Eros notó que Mara tenía muchas más preguntas. En parte quería responderlas todas, pero algo dentro del dios le decía que se callara, que no le dejara preguntarle nada. La miró, miró sus ojos, su boca que se abría y se cerraba, y suspiró.
    —Si tienes algo que decirme no te lo guardes.
    —Tengo curiosidad por saber cómo lo hacías.
    —Sobretodo esnifaba aunque hay ciertas drogas herbáceas que se pueden licuar y…
    —¡No! ¡Me importa una mierda cómo te drogabas! Quiero saber cómo enamorabas a la gente.
    —¿En serio? Es más interesante lo otro.
    —Me da igual.
    —Como quieras. Los humanos sois un poco idiotas —dijo Eros como inicio de la explicación—… cuando os gusta alguien dais demasiados rodeos y no actuáis. Os movéis por el amor como un caracol se mueve por la vida, lentamente y dejando un rastro asqueroso de babas. Los dioses somos más decididos, somos como un tanque listo para invadir una ciudad o para destruirla. Os comportáis de forma ridícula y, en muchas ocasiones, perdéis incluso la poca dignidad que tenéis.
    —Supongo que tienes claro a dónde quieres ir a parar…
    —Clarísimo. Como te he dicho antes tengo el poder de localizar las medias naranjas y, cuando las localizo, mi trabajo es aligerar todo ese proceso tedioso y que tanta vergüenza ajena provoca. Está claro que no os pasaría nada si yo desapareciera (la prueba la tienes en todos estos años sabáticos), pero sí que es cierto que lo que yo consigo en unos segundos, vosotros tardaríais meses e incluso años.
    —Y ¿cómo lo haces?
    —Ya no lo hago.
    —¿Cómo lo hacías?
    —Con esto.
    Eros abrió la mano vacía con la palma hacia el cielo, Mara lo miró extrañada, miró la mano y, de repente, saltaron un par de chispas a las que siguieron una llamarada, como si alguien hubiera rascado un pedernal de magnesio invisible sobre la mano del dios. Las llamas se estiraron horizontalmente hasta que alcanzaron el metro de largura y se curvaron hacia arriba. Eros rodeó la estela de llamas rojas con su mano y la sujetó como si fuera algo sólido.
    —Perdona —dijo Eros cansado—, hacía mucho tiempo que no lo invocaba.
    —¿Qué es? —preguntó la humana con el rostro iluminado por el fulgor de aquella cosa.
    —Es mi arco. Con él he unido a más parejas que Meetic.
    Ahora que Mara se fijaba sí que parecía un arco, solo que era como si alguien lo hubiera rociado con gasolina y le hubiera lanzado una cerilla prendida.
    —Mira esto.
    Eros sujetó el arco con fuerza por el centro y llevó la otra mano hacia donde debería estar la cuerda del arma. Tiró del cable invisible, apuntando hacia una pared y, cuando la soltó, del arco salió disparado un proyectil en llamas que impactó contra el muro y lanzó un estallido que llenó el aire de volutas de luz.
    —¡¿Qué ha sido eso?!
    Eros miró a Mara con suficiencia, con una sonrisa que le alzaba un poco la barba.
    —Eso ha sido una flecha del amor.
    A Mara le sonó excesivamente cursi, pero también le pareció impresionante.
    —Entonces… ¿disparas y ya está?
    —Bueno… sí y no. Es decir… si disparas a lo loco puedes cometer el error de emparejar a gente que no es compatible. Pero si sabes ver los niveles de compatibilidad…
    —¿Eso se puede aprender?
    —Te podría enseñar. Quizá puedas sustituirme algún día. ¿Sabes qué es la telemetría?
    —Ni idea.
    —Menuda sorpresa. La telemetría se usa, entre otras cosas, para medir la cantidad de líquido en un depósito, o en un río, etc. Los humanos tenéis, por así decirlo, un telémetro adherido a vuestro ser que indica el nivel de endorfinas, oxitocina y feniletilamina que tenéis. En otras palabras, mide las sustancias químicas de vuestro cuerpo que provocan el enamoramiento. Yo te puedo enseñar a leerlo, a rastrear sus compatibilidades y a unir a parejas. Ahora eres mi aprendiz, así que algo tendremos que hacer.
    —¿Quieres decir que podría convertirme en Cupido?
    —Cupido ya existe. Podrías convertirte en Mara, la nueva diosa del amor. No suena mal, ¿verdad?
    Eros sonrió y le ofreció el arco. Mara se apartó asustada.
    —Tranquila, no quema.
    Desconfiada y titubeante Mara alargó la mano para coger el arma, hizo una prueba y, realmente, las llamas no emitían siquiera calor. Miró sorprendida al dios y luego se decidió a coger el arco. No se quemó, solo sintió un extraño cosquilleo en la palma de las manos.
    —Levántate —dijo Eros poniéndose de pie—. Muy bien, ahora quiero que respires hondo y que tires de la cuerda. Sí, sé que no la ves, pero eso no significa que no exista. Solo tira de ella, sostenla y luego suéltala. Apunta a la pared.
    Mara vio como Eros daba unos pasos hacia atrás para dejarla tranquila, resopló, miró la pared y luego el arco y obedeció. Alzó el brazo, llevó la mano libre al lugar donde debería estar la cuerda y su mano se apartó de golpe al notar el tacto de algo alámbrico e invisible. Su respiración se aceleró, llevó de nuevo la mano a la cuerda y esta vez la sostuvo, tiró de ella con esfuerzo, no pensaba que sería tan difícil, ni que estaría tan tensa. Los brazos le temblaron, los hombros y los bíceps empezaron a dolerle.
    —¡Cuidado, Mara! —gritó Eros.
    —¡¿Qué dices?!
    Mara se giró hacia el dios, con la cuerda tensa y sus brazos, exhaustos, decidieron relajarse. La mano soltó la cuerda y de las llamas del arco salió disparado un proyectil. Eros, con los ojos abiertos de par en par, vio la flecha del amor aproximándose a él. No pudo esquivarla, no se lo esperaba. Mara vio como la saeta de fuego surcaba la distancia que le separaba de Eros y, segundos después, vio como acertaba de pleno en el pecho del hombre. Su cuerpo se iluminó un segundo, con una luz rojiza que le rodeó durante un instante breve, como un aura luminosa y, por último, vio como la habitual mirada de cansancio y desprecio del dios se endulzaba al mirarla. Mara, asustada y arrepentida, corrió hacia él.
    —¡Lo siento! ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?
    —¿Daño? —dijo Eros con una voz muy distinta. Ya no sonaba desagradable, ahora era suave, amable—, tú no podrías hacerme daño aunque quisieras, Mara.
    —¡¿Cómo?!
    El dios soltó una risita coqueta.
    —Oh, Mara, te pones tan guapa cuando te sorprendes…
    —¿Qué estás diciendo? ¿Qué coño te pasa?
    —Y me encanta ese temperamento tuyo. Eres especial, eres… lo eres todo.
    Mara, incómoda y confusa, miró a Eros y luego miró el arco. Sus ojos se abrieron y entendió lo que había pasado.
    —¡Mierda! Te he dado con una flecha del amor.
    —Directamente en el corazón. Otro de tus dones, mi querida Mara, tienes una puntería asombrosa. Te amo tanto…
    —¡Tú no me amas, estás hechizado!
    —Si eso es verdad, si esto que siento es un hechizo de amor, por favor, no lo reviertas. Dime una cosa, mi amor, ¿tú me amas?
    —¿Qué? No, no te amo, y tú a mí tampoco, de hecho ni siquiera te caigo bien.
    —¡Qué bobadas dices! Claro que me caes bien y claro que te amo. No dudes de lo que siento… un momento —Eros miró hacia el cielo, su rostro se endureció y empezó a gritar—… ¡y una mierda voy a llevartela, viejo cabrón! Mara no necesita tu visto bueno, ¿me oyes? Mara es perfecta y no le voy a hacer pasar por tus estúpidas pruebas. ¡¿Cómo?! ¡Mi amor por ella es más fuerte que el que tú hayas sentido en tu miserable vida! ¡Vete al inframundo, cabrón y métete tus rayos por el culo!
    Mara miró al cielo, luego miró a Eros y sintió que todo su ser re removía. ¿Qué había hecho? Le había lanzado una flecha del amor a Cupido, había hecho que se enamorara de ella. ¿Qué le iba a pasar ahora? Tenía que solucionarlo como fuera.
    Mientras Mara, distraída, pensaba en una posible solución para el problema, Eros le arrebató el arco y empezó a agitarlo en el aire mientras seguía discutiendo con Zeus.
    —¡¿Ahora resulta que lo que provocan mis flechas no es real?! ¡No era eso lo que solías decirme! ¿Y qué si mi dulce Mara me ha acertado con una de estas? ¡¿Qué más da cómo haya ocurrido?! Lo importante es que la amo. ¡Pues también eso tiene solución! ¡Le acertaré yo con una flecha y me amará!
    Los ojos de Mara se abrieron como platos. Eros le apuntó con el arma, tensó la cuerda y, antes de que la humana tuviera tiempo de decir nada más, una flecha en llamas le acertó de lleno en el pecho.

Más allá de las nubes, sentado en un enorme trono en el centro de un salón inmenso rodeado de columnas de piedra, posado sobre una isla flotante en medio de la nada, Zeus se frotaba las sienes con ambas manos. Era un hombre alto, delgado, vestido con un traje negro con corbata. El alfiler de la corbata tenía la forma de un rayo. Su cara estaba surcada por arrugas y sus ojos literalmente emitían una luz azul. El pelo blanco, recogido en una cola de caballo, se unía por las patillas con una barba del mismo color, bien cuidada y ligeramente puntiaguda. Desde su trono veía todo lo que ocurría en el mundo y no podía creerse lo que acababa de pasar en un callejón lejano. Eros, creyendo que hablaba directamente con él, había disparado una flecha a una humana que, antes, le había disparado a él. Ahora estaban enamorados el uno del otro, ella inocente y algo estúpida, él… un dios retirado y con alucinaciones. A veces tenía ganas de mandarlo todo a la mierda, esconderse en el rincón más profundo del Tártaro y dejar que la Tierra se consumiera. Estaba cansado de los humanos, de sus hijos dioses, de los hijos de sus hijos y de los amoríos de todos. Estaba cansado de ser él, y se preguntaba si no sería más sencillo dejar de existir.

© M. Floser.

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