Letras invitadas 5: Mi sonrisa — Javier Lobo

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Bio Javier
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La desvencijada silla sobre la que estaba sentado crujió de manera lamentable mientras su torso oscilaba en un torpe intento por no volverse a caer, mientras seguía encajando golpes sin parar. Aturdido, alzó la mirada como pudo. El ojo inflamado parecía más una grotesca mandarina, y la nariz era una horrenda y sangrante berenjena.
    El otro lo miró sintiéndose poderoso. Ya no tenía miedo de los demás. Le jaló por un mechón del cabello hasta que levantó la cabeza. Tenía la mirada vacía; la mandíbula se había descolgado, dejando caer gota a gota una baba sanguinolenta a sus pies que, poco a poco, fue inundando el aire de la estancia con su sonido.
    —Elige: cuchillo, tijeras, electricidad, o tenazas. Yo no me decido —rió.
    El chico miró con detenimiento la bandeja, observando el aspecto deslucido y oxidado de las herramientas. El asesino le miró unos instantes, expectante, pero no hizo ni dijo nada.
    Se impacientó.
    —A la mierda —dijo el torturador, extendiendo un brazo hacia la mesita.
    Cogió el cuchillo y dibujó un profundo corte en el pecho de su víctima, que comenzó a sangrar de manera abundante. Una vez más, en vez de los gritos de terror y las lágrimas a los que estaba acostumbrado, se encontró con un muro de silencio por parte del otro.
    —No te doy miedo, ¿verdad? —balbució, por fin, el torturado.
    —Cierto.
    —Bueno, supongo que será porque sonrío muy poco.
    —Supongo que será eso —se burló el asesino, sintiéndose súbitamente furioso por el temple y la ironía del otro.
    El chico lo miró inexpresivo.
    —¿Hacemos una cosa? Suéltame, dame una navaja, y te mostraré lo que es el dolor de verdad —le propuso.
    —¡Claro! ¡Y me metes dos mojás en las costillas pa’ dejarme como la mojama! —Chascó la lengua mientras negaba con la cabeza—. Aquí el único que da las órdenes soy yo —Y le volvió la cara del revés de un nuevo sopapo.
    —¿Qué más te da? —replicó el otro, escupiendo una flema escarlata—. Tienes un verdadero arsenal aquí abajo, y me has quitado tanta sangre que estoy a punto de perder el conocimiento…
    —Lo sé —reconoció el torturador, relamiéndose de placer—. De hecho, estoy que me muero porque llegue ese momento. ¿Sabes por qué? Para usar la electricidad y darte unas pocas descargas. Me tiraré toda la puta tarde haciéndote reanimación a chispazos, colega.
    El muchacho sonrió. Los resquebrajados labios se separaron de manera macabra, dejando ver sus dientes manchados de sangre.
    El asesino se dirigió hacia la mesa y cogió unas tijeras, haciéndolas chascar en el aire.
    —Bueno, a ver qué eres capaz de hacer, chico malo —masculló el hombre, muy intrigado ante la propuesta de su víctima a la vez que le cortaba las ligaduras de las muñecas con rapidez; luego, le tiró las tijeras a los pies. El metal resonó contra el suelo de cemento con un tañido seco.
    La presa se frotó las muñecas para que volviera a circular la sangre. Tosió entre espasmos, y una espuma rojiza afloró de los orificios de su boca, pero sus ojos brillaban de manera diabólica, cargados de furia mientras se inclinaba hacia el suelo en busca de la herramienta
    —Espera, te voy a mostrar mi sonrisa —tosió el chico, mientras tomaba las tijeras y se las metía en la boca—. La de verdad.
    Comenzó a cortar a toda velocidad, sin expresar el más mínimo atisbo de dolor, sin un quejido. La sangre salpicó el suelo, empapó sus hombros y pecho, pero mantuvo en todo momento los ojos fijos en su captor, cuya mirada desencajada, era una mezcla de horror y asombro.
    Ni una palabra. Ni una queja. Sólo el sonido de la sangre goteando en el suelo, a sus pies, el chapoteo de los trozos de carne al caer, y su mirada. ¡Oh, aquella mirada…!
    —Bueno, creo que ahora sí estoy mejor —dijo el joven en un tono muy aliviado, incorporándose de la silla sin mostrar el menor atisbo de agotamiento tras los días de torturas a las que había sido sometido.
    Curiosamente, su físico, antes con apariencia de desnutrición, ahora mostraba un cierto grado de musculación, con venas palpitantes bajo la piel.
    —Espero que te guste mi sonrisa. Es la que pongo cuando tengo hambre —afirmó mientras mostraba sus dientes empapados en sangre.
    La mandíbula, que hasta hacía muy poco había caído descolgada sobre su pecho, ahora pendía libremente sobre el vacío, mientras desde lo más profundo de sus entrañas manaba de manera interminable una larga lengua cubierta por unas extrañas pústulas que supuraban un líquido amarillo de repugnante apariencia mientras el musculoso órgano serpenteaba en el aire; súbitamente, algo crujió en su interior, y se rasgó en cuatro, apareciendo cuatro flagelos dentados que se movían con voluntad propia e independiente, como unos grotescos y repugnantes tentáculos.
    De pronto, el asesino se sintió muy pequeño. Un momento, no era eso, no. Ahora el chico medía mucho, mucho más. Casi rozaba el techo, a tres metros y medio del suelo.
    —¿Pero qué…? —gimoteó, congelado por el terror que le había poseído.
    La piel se cubrió de burbujas que se convertían rápidamente en extrañas placas coriáceas, mientras su cuerpo se estremecía como sacudido por innumerables descargas eléctricas. De los muñones que cubrían el hueco de las uñas que le había arrancado, partieron unas largas y duras garras negras que le parecieron tan afiladas como el acero. Las extremidades crecieron hasta que sus nudillos rozaron el suelo, y las rodillas rebasaron la altura de sus hombros.
    La nariz se hundió en el rostro hasta quedar reducida por un par de ventanas que bufaban y dejaban escapar columnas de humo con un ronco estertor, a la par que los maxilares se desencajaban para dejar espacio a los largos y afilados dientes, similares a los de un inmenso oso. La mandíbula inferior se agitaba de manera independiente bajo las flagelantes formas que habían surgido de lo que, en origen, había sido una lengua, y no tardó en dibujarse unas surrealistas figuras sobre el suelo del sótano, ensuciado por las babas sanguinolentas que se escapaban de entre las quijadas.
    Los ojos se convirtieron en dos canicas de un rojo intenso que hicieron que el asesino se sintiera atrapado por su mirada.
    —Se acabó —señaló la criatura, con una voz profunda y cavernosa que nada tenía que ver con la del muchacho al que golpeó y quemó durante días.
    Y, sin decir nada más, mostrando aquella sonrisa sangrienta llena de afilados dientes, se abalanzó sobre su torturador, chascando las mandíbulas en busca de un alimento que le saciara, mientras las lenguas dentadas silbaban al cortar el aire.

SOBRE «LETRAS INVITADAS»

Para saber cómo participar en «Letras invitadas» pulsad sobre la siguiente imagen y podréis ver las bases explicadas al detalle.

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