El Cuentacuentos: Romance 3

•ROMANCE•
SEGUNDA PARTE

Palabras a añadir:

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Puro.
Activista.
Algodón.

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Antes de que se terminara la hamburguesa Mara ya le había hecho varias docenas de preguntas a Eros. Le había preguntado de pasada por qué Peter se había comportado así, a lo que Eros solo pudo responder con un perezoso «ese Peter es idiota», no le faltaba razón, lo había demostrado dejándola por teléfono y, si realmente le había sido infiel, además de idiota era un completo cerdo. También le había preguntado cosas sobre Zeus, Eros no se sentía especialmente cómodo hablando de él, no parecía tenerle mucho cariño.
    —Es un hijo de las mil putas —dijo a la enésima pregunta que Mara le hizo sobre el viejo. No añadió nada, no dijo por qué pensaba eso, simplemente siguió bebiendo de la ambrosía interminable.
    De entre todas las preguntas que la chica le hizo hubo una que escoció a Eros como un algodón empapado en alcohol sobre una herida reciente. Le preguntó por qué dejó de creer en el amor.
    —Es complicado.
    —Eso es lo que soléis decir los adultos para no explicar algo que en realidad simplemente os duele.
    —No te hagas la listilla conmigo.
    —Pero tengo razón.
    Eros suspiró.
    —¿Quieres saberlo?
    —¿No te he preguntado yo?
    Otro suspiro.
    —Vale, pues te lo cuento —miró al cielo, no porque Zeus le estuviera hablando, sino para recordar un tiempo pasado, como si la bóveda celeste fuera una pantalla en la que su mente proyectara imágenes—. A veces cometemos errores.
    —¿Qué significa eso?
    —Si quieres saberlo cierra la puta boca y no me interrumpas. Bastante difícil es.
    —Vale, perdone usted…
    Eros miró furioso a Mara y la chica tragó saliva, no quería enfurecer a un dios. Bajó la vista, era su forma de disculparse.
    —Antes de nada debes entender cómo funciono. La Muerte… déjame seguir y verás que tiene sentido… la Muerte siente cuando la gente va a morir y, justo cuando llega la hora, aparece a su lado y le arranca el alma con el filo de su guadaña, tan sutil, tan elegantemente, que parece un arte. Yo hago algo parecido en cuestiones de amor. Es una de mis muchas obligaciones. Cuando siento una vibración especial en los corazones de dos personas, les atravieso el pecho con una de mis flechas. No sirve cualquiera, no puedo ir lanzando flechas a diestro y siniestro, porque luego pasa lo que pasa. Debe haber algo, una compatibilidad.
    —Pero ¿qué me dices de las parejas que se divorcian o que se pelean o que son infieles?
    —No lo entiendes. Mis flechas se mantienen en los corazones eternamente. Te lo diré claramente: si una pareja se rompe es porque su enamoramiento no ha tenido nada que ver conmigo. Lo siento, pero con casos como el tuyo, yo me lavo las manos —Eros esperó hasta que vio que Mara lo entendía—. El amor que yo provoco es real, es puro y solo es posible cuando las dos personas a las que acierto con mis flechas están hechas la una para la otra. ¿Conoces eso de la media naranja? Pues existe y yo me especialicé en encontrarlas.
    »Durante siglos he sabido diferenciar entre las compatibilidades que son beneficiosas para el mundo y las que son perjudiciales —Eros vio que Mara estaba a punto de interrumpirle y levantó un dedo para que no dijera nada. Sabía perfectamente lo que iba a preguntarle—. Uno de mis lemas es «quererse no lo es todo». Imagínate que vas por la calle y yo veo que eres cien por cien compatible con un chico o una chica, que sé que vais a amaros eternamente, envejecer juntos y que moriréis el uno al lado del otro. Ahora imagínate que, por el motivo que sea, vuestro amor afecta de forma negativa al mundo. ¿Debería lanzaros una flecha o no?
    Mara se quedó un rato pensando.
    —¿Por qué debería afectar de forma negativa al mundo el amor entre dos personas?
    —Te lo diré de esta forma: antes de que colgara el arco y el carcaj y me retirara evité que dos personas que eran completamente compatibles se conocieran. Eran dos extraños pero eran dos mitades de un mismo ser. ¿Por qué lo evité entonces? Porque mi don me permite ver, en una milésima de segundo, cómo será la vida junta de dos almas gemelas, puedo ver qué van a hacer si les uno por el amor. En ese caso vi que juntos iban a cometer una serie de asesinatos que se convertirían en masacre y luego en genocidio. Por separado, en cambio, tendrían una vida normal, incluso aburrida, y morirían sin cumplir sus fantasías.
    —¿Eso es cierto? Tiene que ser horrible tener toda esa información.
    —No tanto, el viejo me ayudó a controlar mis dones.
    —Pero no entiendo qué tiene que ver eso con el hecho de que hayas dejado de creer en el amor.
    —Hace cincuenta años me encontré con dos personas que eran compatibles al cien por cien e, ignorando lo que vi sobre su vida juntos, les ayudé a enamorarse. Las consecuencias fueron terribles y eso hizo que dejara de creer en el amor para siempre. No quería volver a tener nada que ver con algo así, no quería volver a hacer daño a nadie. ¿Cómo iba a saber yo que una activista iba a causar tanto dolor?
    —¿Pero qué pasó? ¿Una guerra? ¿Asesinatos? ¿Qué?
    —Mucho peor.
    Eros se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar. Su pecho se agitaba por la respiración y Mara se sintió incómoda. No sabía qué hacer, no estaba acostumbrada a ver a gente adulta llorando. El dios levantó la cabeza, sus ojos estaban completamente rojos, sus mejillas, mugrientas, estaban húmedas por las lágrimas.
    —¡Fue culpa mía! ¿Lo entiendes? ¡Culpa mía!
    —¿Pero qué pasó? No, no puedo entenderlo si no me lo cuentas.
    —¡Por mi culpa se separaron los Beatles!
    Mara se quedó con la boca abierta y el ceño fruncido.
    —¿Cómo dices?
    —Fue mi culpa, yo provoqué que los Beatles se separaran.
    —No lo entiendo…
    —Yo sabía que si hacía que John se enamorara de Yoko el grupo acabaría disuelto. Sabía que si lo hacía su amor privaría al mundo de esa música. ¡Fue horrible! Sí, vale, los miembros siguieron en solitario, pero ya no era lo mismo. Ya no habría más Yellow Submarine, ya no habría más Twist and Shout, ¡no habría más Strawberry Fields Forever!
    —¿Me estás diciendo que perdiste la fe en el amor por un puto grupo de rock?
    —¡¿Por un puto grupo de rock?! ¡Perdí la fe en el amor por el grupo de rock!
    Mara estaba completamente descolocada. No sabía qué decir, no sabía cómo reaccionar. Miró a su alrededor, pensó que alguien le estaba tomando el pelo, que no podía ser cierto lo que estaba escuchando. De todo lo que le había pasado en las últimas horas: su ruptura con Peter, el encontronazo con un mendigo que resultó ser Cupido, el hecho de que ella hubiera desaparecido del mundo que conocía porque Cupido la hubiera tocado o que tendría que volar hacia el Olimpo, aquello de que un dios perdiera la fe en el amor porque según él había provocado la separación de un grupo musical era completamente absurdo.

© M. Floser.

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