El cuentacuentos: Romance 2

•ROMANCE•
SEGUNDA PARTE

Palabras a añadir:

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Tragaperras.
Naranjo.
Cloroformo.
Obituario.
Incordio.
Diligencia.
Canción.
Adivino.
Recatado.
Clorofila.
Electrolitos.
Gravitón.
Involuntario.
Miocardio.
Ancas.
Papiroflexia.
Impaciencia.
Somnífero.
Peinado.
Ribonucleico.
Revirtiendo.
Alcaloide.

Lee las partes anteriores:

Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Cuando Mara abrió los ojos lo primero que notó fue el fuerte y desagradable olor de la gabardina que tenía encima. Estaba tumbada en el callejón, sobre una pila de cartones. Cerca de ella el mendigo estaba sentado en el suelo liándose un cigarro mientras murmuraba en voz tan baja que la chica tuvo que esforzarse para escuchar.
    —… ya bueno, pues yo no puedo hacerme cargo —se detuvo para pasar la lengua por el papel de liar, cerró el cigarro y se lo llevó a la boca. Siguió hablando con el cigarro entre los labios—… qué incordio… no pienso ocuparme de ella. ¡Ya sé que la he tocado! —el hombre miró al cielo mientras gritaba, Mara siguió su mirada con los ojos, sin mover la cabeza—. ¿Qué pretendías que hiciera? ¿Habría sido mejor dejar que se diese en la cabeza? ¡No me vengas con las normas! —el mendigo escupió al suelo, bajó la mirada y sus ojos se encontraron con los de la chica—. ¡Oh, de coña, ahora está despierta!
    —¿Con quién hablas?
    —¿Con quién voy a hablar en esa dirección? Con Dios.
    —¿Con Dios?
    —¡Ya sé que no se refiere a ti! ¡Deja de joder! —por un momento Mara pensó que se lo gritaba a ella porque no dejó de mirarla en ningún momento, luego suavizó la voz y trató de sonreír—. No con ese dios, sino con el mío. Zeus o Júpiter, también depende de por dónde te muevas.
    —Hablas con Zeus.
    —Griega… me gusta tu estilo. Sí, hablo con Zeus.
    —El dios del trueno.
    —Ese es Thor. Zeus es el padre de todos los dioses y hombres. Es distinto —el hombre levantó la vista—. ¡¿Cómo pretendes que lo sepa?! ¡No soy adivino! —resopló y volvió a forzar una sonrisa para dirigirse a Mara—. Aquí, el dios de la impaciencia, quiere que te pregunte si estás asustada por lo que has visto antes.
    Mara, por un momento, no sabía a qué se refería. Había olvidado las alas, había olvidado las plumas, había olvidado que casi sufre un infarto de miocardio al ver aquellas cosas saliendo de la espalda del hombre.
    —Su-supongo que no… no lo sé.
    —¡¿Contento?! ¡Ya le he preguntado! —Eros usó una cerilla para encenderse el cigarrillo y dio una buena calada, luego expulsó el humo por la nariz y lanzó un gruñido de impaciencia—. ¡Te he dicho que no pienso encargarme de ella!
    —¿Encargarte de mí?
    —Eso quiere el viejo.
    —¿Por qué tendrías que encargarte de mí?
    —Porque te has desmayado. Bueno… no por haberte desmayado en sí, sino porque al caerte has estado a punto de abrirte la cabeza contra ese contenedor y te he apartado.
    —No entiendo…
    —Te he tocado. Los dioses no podemos tocar a los humanos, va en contra de las normas.
    —Pero si no me hubieras tocado me habría hecho daño.
    —Eso digo yo… pero da lo mismo. Te he tocado y según las normas del viejo tengo que encargarme de ti. ¡Pero no pienso hacerlo!
    —Yo tengo familia, tengo que ir a casa.
    —Ya… respecto a eso… no es tan sencillo. Tú… bueno… tú… ¡deja de tocarme los huevos, viejo, no es tan fácil de decir!
    —¿El qué? Deja de hablar con… ¡¿qué no es tan fácil de decir?!
    —Pues que tú ya no tienes casa, ni familia.
    Mara se mareó, notó como su corazón se retorcía dentro de su pecho, como si alguien estuviera haciendo papiroflexia con él.
    —¿Qué tontería es esa de que ya no tengo ni casa ni familia?
    —Tontería ninguna. Al tocarte has dejado de pertenecer a este mundo y has pasado a formar parte del mío. Tus padres no te recuerdan, tus amigos no te recuerdan y el gilipollas de Peter no te recuerda. Eres algo así como mi familia. Ese es el estado en el que te encuentras.
    —¡Pues ya puedes ir revirtiendo lo que sea que hayas hecho!
    —Es que no puedo revertirlo. No puedo viajar en el tiempo, no puedo deshacer lo que he hecho. ¿Preferirías que te hubiera dejado abrirte la cabeza?
    —¿Eso habría hecho que no desapareciera de mi mundo? ¡Entonces sí!
    —Pero hemos avanzado bastante. Quiero decir… has pasado de no creerte que soy Cupido a no dudar de lo que te estoy diciendo.
    —¡Celebrémoslo!
    Hubo un momento de silencio, Mara y Eros se miraban a los ojos. Él indiferente, ella con odio. De repente el hombre puso los ojos en blanco y miró al cielo.
    —¡Ya sé que lo dice con sarcasmo! —murmuró algo que pareció un insulto y luego suspiró—. Oye, mira, esto me apetece incluso menos que a ti. ¿Te crees que me seduce la idea de ser tu canguro? No… te salvé, fue un acto involuntario. Te prometo que la próxima vez que te vayas a partir el cuello, o a abrirte el cráneo, dejaré que te mueras. Ahora mismo es lo que hay. Créeme, no eres el premio gordo de una tragaperras, ¿eh? Eres quejica, ruidosa, tu voz me aburre, detesto tu peinado y haces que eche de menos mi botella de cloroformo. Y que me grites no va a hacer que las cosas cambien, de hecho vas a hacer que empeoren.
    —¿Empeorar? ¡¿Cómo podría empeorar?!
    De repente el semblante de Eros se endureció, sus ojos se volvieron blancos y una vena se marcó en su frente. El aire en torno a ellos se agitó, se espesó y se enfrió.
    —Podrías enfadar a un dios —fue lo único que dijo. Luego el viento desapareció, como lo hizo la vena de la frente y el aspecto lúgubre de su rostro—. Bueno… parece que no queda más remedio… en marcha.
    Eros se levantó del suelo y empezó a andar hacia la calle. Mara le miró, extrañada.
    —¿Dónde vas?
    —A buscar algo de comer, ¿no tienes hambre? Te aviso de que no te voy a conseguir unas ancas de rana, pero algo encontraré. Puedes esperarme ahí, no tardaré. Y no toques mis cosas.
    Mara se quedó sola en el callejón y notó un nudo en el pecho. Necesitaba llorar pero, por alguna razón, no le salían las lágrimas. Pensó en sus padres, en sus amigos, en Peter. Sabía que lo que le había dicho Eros era cierto, aunque no tenía ni idea de porque estaba tan segura de ello. También notó que no sentía lástima, no le desanimaba la idea de que sus padres no la recordaran, no le preocupaba no verlos de nuevo. Le afectaba tan poco como la idea de no volver a ver a alguno de sus profesores. Por alguna extraña razón se acordó de su profesora de química, de sus clases interminables que tenían un efecto en ella parecido al del somnífero más poderoso. Odiaba las palabras que usaba, odiaba como pretendía que sus alumnos entendieran qué eran los electrolitos o qué narices significaba la palabra “ribonucleico“. No se sintió mal por sentir por su familia lo mismo que sentía por su profesora de química. Suspiró, se volvió a tumbar y, al hacerlo, notó que algo se le clavaba en la espalda. Se incorporó de nuevo, miró debajo de los cartones que formaban la improvisada cama y vio un bulto cubierto con un trapo sucio y desgastado. Mara miró a su alrededor, recordó que Eros le había dicho que no tocara sus cosas pero, teniendo en cuenta lo que le había hecho, bien podía irse al infierno. Deshizo el nudo del hatillo y abrió el paquete. Dentro habían varias cosas: una botella de cristal que Mara destapó y se llevó a la nariz. El olor era tan fuerte y desagradable que casi la hace vomitar. Un bote con un líquido de un color verde clorofila que prefirió no abrir, ni oler, ni tocar, una revista para adultos en cuya portada salía un hombre con un aspecto que no era precisamente recatado, y un libro. Mara cogió el libro para hojearlo, pero no podía dejar de mirar la portada de la revista. Estaba sonrojada y excitada a partes iguales. La chica decidió darle la vuelta a la revista, pero no fue mejor, al otro lado había un compendio de los últimos números de la colección, una amplia gama de pectorales depilados, aceitados y musculosos. Se obligó a mirar las páginas del libro: había una serie de nombres y fechas escritas a mano.
    —¿Qué estás haciendo con mi obituario? —dijo Eros sobresaltando a la chica—. Te he dicho que no toques mis cosas —el hombre, que venía cargado con una bolsa llena de comida, miró la botella—. No habrás bebido, ¿no?
    —¿De eso? —preguntó Mara torciendo el gesto. Dejó el libro junto con el resto de cosas y sintió un escalofrío—. ¡Ni loca! Huele a mierda.
    —Pero sabe a gloria.
    —¿Qué es?
    —Mi mayor vicio, mi jarabe alcaloide, el néctar de los dioses, ¿has oído hablar de la ambrosía? —Mara negó con la cabeza, lo que hizo que Eros suspirara y pusiera los ojos en blanco—. No sé para qué vais al colegio. No tengo tiempo de explicártelo ahora, solo te diré que con solo mojarte los labios sentirás cosas que no has sentido en toda tu vida. ¿Quieres probar?
    —No suelo meterme en la boca cosas que huelen a mierda.
    —Ya caerás.
    Eros se sentó en el suelo, dejó la bolsa junto a él, cogió las cuatro esquinas del pañuelo sobre el que descansaban sus pertenencias y, con mucha diligencia unió las puntas formando de nuevo el hatillo. Solo dejó fuera la botella y se relamió los labios. Luego se centró en la bolsa que había traído y empezó a vaciarla mientras silbaba una canción que sorprendió a Mara.
    —¿Por qué me miras así? —preguntó Eros.
    —Me sorprende que conozcas esa canción.
    —¿Por ser un mendigo?
    —Por ser un dios.
    —No sé el resto de dioses, pero yo soy muy fan de Mónica Naranjo. ¿No te gusta?
    Mara bufó.
    —Antes me gustaba.
    —¿Qué ha pasado? ¿Has madurado?
    —No es eso, creo que se ha vuelto un poco diva.
    —¡Ja! A un dios le hablas de divas. Pero quizá tengas razón. ¿Te gustan las hamburguesas?
    —Me encantan —Eros sacó de la bolsa una cajita de poliespan de la que manaba un olor delicioso y familiar. Mara la cogió, estaba caliente, la abrió y vio una hamburguesa de dos pisos que le estaba diciendo «cómeme»—. ¿De dónde has sacado todo eso?
    Eros le dejó en el suelo, frente a sus piernas cruzadas, un refresco de color naranja que parecía mucho más apetitoso que el líquido de la botella que estaba bebiendo él.
    —¿De dónde quieres que lo saque? De la hamburguesería de ahí en frente.
    —No sabía que tenías dinero.
    —Los dioses no necesitamos dinero. Nos dan lo que pedimos.
    —¡Pero eso es robar!
    —¡Piri isi is ribir! No seas tan pánfila. Los humanos hacen ofrendas a los dioses desde que el mundo es mundo. No he robado nada, pero si no quieres no comas.
    Eros hizo el gesto de quitarle la hamburguesa a Mara, pero esta la apartó y le dio un mordisco. Estaba deliciosa. El hombre sonrió y le dio un buen bocado a la suya. Realmente lo estaba.
    —¿Te puedo hacer una pregunta? —empezó ella con la boca llena.
    —Claro —respondió Eros antes de llevarse la botella a la boca. La inclinó y empezó a beber. Mara se dio cuenta de que la botella no se vaciaba. Parecía que no estuviera bebiendo, pero el líquido empezaba a caerle por la barba.
    —¿Es normal que no me importe lo que me ha pasado?
    —No entiendo.
    —¿No debería estar llorando y pensando que mi mundo se ha ido a la mierda? Pienso en mi familia y no siento nada, no me da pena, no me importa.
    —Ah, eso. Sí, es normal. Ya no perteneces a ese mundo y, aunque a diferencia de ellos tú sí que los recuerdas, no tienen ningún significado para ti. Pero no te preocupes, no siempre los recordarás.
    —¿Qué quieres decir?
    —Bueno, tengo que llevarte al Olimpo para que Zeus te conozca y te dé su bendición —hizo una pausa para mirar al cielo—, ¡porque dudo que ese viejo vago baje a verte!
    —¿Ir al Olimpo? ¿Cómo pretendes que haga eso?
    —Con un poco de gravitón.
    —¿Qué es eso? —la palabra le sonaba a algo que hubiera podido decir su profesora de química.
    —¿Conoces la historia de Peter Pan?
    —Claro.
    —Conocí a su escritor hace muchos años. Él, por supuesto, pensó que yo estaba loco, ¿te lo puedes creer? El caso es que yo estaba un poco borracho —Eros levantó la botella de ambrosía y la señaló como culpable—, y le conté muchísimas cosas privadas sobre los dioses. Entre ellas le hablé del gravitón, un polvo que usamos nosotros para que nuestros invitados puedan volar hacia el Olimpo.
    —Polvo de hada…
    —Eso escribió él. La verdad es que al principio estábamos furiosos. Yo me llevé una buena bronca del viejo, pero luego vimos su obra de teatro y nos pareció tan original que decidimos perdonarle. Es una de mis historias favoritas. El caso es que con un poco de gravitón volarás como Peter Pan, no hacia el país de Nunca Jamás, pero creo que la alternativa no está nada mal, ¿no crees? Pero tranquila, ahora come, bebe y mea si tienes que mear, luego nos iremos a conocer al viejo.
    Eros siguió comiendo y bebiendo como si no hubiera dicho nada fuera de lo normal. Mara, en cambio, se lo quedó mirando, luego miró al cielo y con un sin fin de preguntas invadiendo su cabeza siguió mordiendo su hamburguesa.

© M. Floser.

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