El Cuentacuentos: Romance 1

•ROMANCE•
PRIMERA PARTE

Palabras a añadir:

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Pentagrama.
Celestina.
Pinganillo.
Resiliencia.
Obcecación.
Chamullo.
Natural.
Fosfato.
Bizcocho.
Patata.
Patatera.
Cachondeo.
Karate.
Mama.
Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Se levantó un poco antes de lo habitual, ese día había quedado con Peter, era San Valentín y tenía la intuición de que iba a ser un día inolvidable. Se vistió a toda prisa, miró sus habituales ojeras bajo los ojos castaños, se hidrató los labios carnosos con un poco de bálsamo y bajó a desayunar. No se maquillaba, no lo necesitaba, ni siquiera le gustaba. En el piso de abajo su madre tenía preparado el desayuno: un tazón de leche humeante dispuesta para recibir un buen puñado de copos de maíz.
    —¡Buenos días, mama!
    —Buenos días, Mara, ¿cómo que te has despertado tan pronto? Hoy no hay colegio.
    —He quedado con Peter.
    Mara tenía dieciséis años, era una chica preciosa, de constitución ancha y con muy buen gusto para la ropa. Se había puesto un jersey de lana color mostaza sobre una camisa blanca cuyo cuello sobresalía por el del suéter. El jersey era ancho y grande, tanto que parecía un vestido que le llegaba por los muslos, cubiertos por unos leggins negros. Calzaba unas botas del mismo color, de caña alta.
    —Una cita el día de San Valentín, ¿eh? —dijo la madre burlándose un poco de su hija.
    —¡Mama! No seas así… vamos a ir a ver una película y luego a tomar algo. Creo que va a ser un día precioso. ¿Tú qué vas a hacer?
    —Tu padre seguramente vendrá cansado de trabajar y se sentará a ver el partido.
    —Muy romántico, ¿no?
    —Para nosotros es un día normal, tesoro —dijo la madre apurando su vaso de zumo de naranja natural—. Disfruta de tu cita, tengo que ir a trabajar. ¿Tienes dinero? Bien, pues me voy o llegaré tarde.
    La madre de Mara besó la frente de la niña y salió de casa mordiendo una manzana roja como la sangre. Era una mujer alta, delgada y su rostro estaba surcado por arrugas que lejos de restarle belleza se la sumaban. Sus ojos verdes resaltaban con el eyeliner negro que siempre se ponía.
    Mara desayunó deprisa, cogió su mochila, y salió de casa. No solía llevar bolso, le gustaban las mochilas, si le preguntasen diría que es adicta a las mochilas. Siempre llevaba encima su portátil, le gustaba escribir en momentos muertos. También varios cuadernos para dibujar cuando tenía tiempo.
    Corrió, no tenía necesidad, pero estaba nerviosa, tenía ganas de ver a Peter, de abrazarle y de besarle. Tenía ganas de darle su regalo. Por un momento dudó sobre si lo había metido en la mochila o no, pero recordó que lo había hecho la noche anterior y siguió corriendo hacia el metro.
    Cuando subió al vagón cogió aire, sabía que estaba sonrojada, siempre le pasaba cuando corría, no le importaba. Cogió el móvil y le mandó un mensaje a Peter para que supiera que estaba en camino. Se fijó en que la última vez que su novio se había conectado había sido aquella misma mañana. Le extrañó que no le hubiera dado los buenos días, como de costumbre, pero no le prestó demasiada atención. El vagón estaba lleno de gente con regalos, con ramos de flores, con cajas de bombones. En la siguiente parada subió un músico con una trompeta, Mara puso los ojos en blanco, no era el mejor instrumento para un vagón de metro. El músico se llevó la trompeta a los labios e, hinchando los carrillos, empezó a tocar. En efecto el sonido era demasiado estridente para un espacio tan reducido. Mara se fijó en que llevaba una partitura en el bolsillo, se fijó en las notas dispuestas sobre el pentagrama y se sorprendió al ver el título de la canción. Era cierto, el trompetista pretendía que fuera aquella melodía, pero no se parecía en nada. Volvió a poner los ojos en blanco y se encontró con la mirada de un chico joven, este le lanzó un beso y ella torció el gesto. El típico hombre que se pensaba que todas las mujeres debían caer rendidas a sus pies por el simple hecho de tener un colgajo entre las piernas.
    Llegó a su destino y se bajó a toda prisa del metro, para librarse del trompetista asesino de melodías y del idiota guiñaojos, pero también para reunirse con su Peter. En la calle no había nadie, era raro, Peter era el chico más puntual que ella hubiera conocido. Cogió el móvil, abrió la aplicación de mensajes y se fijó en la última conexión del muchacho: hacía diez minutos. Había leído el primer mensaje de Mara diciéndole que había salido de casa. La chica no le escribió, en vez de eso prefirió llamarlo, pero este no respondió. Volvió a llamar pero su llamada tuvo la misma respuesta: ninguna. El teléfono de Mara sonó, una notificación corta, como si alguien destapara un refresco con gas dentro de su móvil. En la bandeja de notificaciones aparecía el nombre de Peter, le había mandado un mensaje: «deja de llamarme». Los ojos de Mara se abrieron y repasaron las tres palabras varias veces, como si pretendieran encontrar un mensaje oculto en ellas. Peter estaba escribiendo y, un segundo después, Mara recibió otro mensaje: «no voy a ir». Mara le preguntó qué le pasaba, le preguntó si se encontraba mal, le preguntó incluso si quería que fuera a verle, no le importaba si no iban al cine. «No me has entendido. Hemos terminado» el nuevo mensaje hizo que algo se rompiera en mil pedazos dentro de la chica. ¿Estaba cortando con ella? ¿Lo estaba haciendo con un mensaje? Mara volvió a llamarle, le daba igual lo que él dijera, tenía que escuchar su voz. Peter le colgó sin siquiera cogerlo. Mara intentó escribirle un mensaje, intentó entender qué estaba pasando, pero se dio cuenta de que sus mensajes ya no podían llegarle, la había bloqueado. Así terminaba la relación entre ellos. Mara empezó a llorar y se dio cuenta de que la gente le miraba. Echó a correr, abochornada, abrumada y con ganas de vomitar. No podía creerse lo que le estaba pasando. Su novio le acababa de dejar a través de un mensaje, le había bloqueado y no cogía sus llamadas, todo eso en el día que, en teoría, debía ser más romántico.
    Pasó por delante de un puesto en el que una patatera gritaba para que le compraran tubérculos. Siguió corriendo y se metió en un callejón, se sentó en el suelo y siguió llorando con la cara entre las manos. Estuvo un rato así, sollozando, vaciándose e intentando entender qué había ocurrido.
    —¡Por el amor de Dios! —dijo una voz pastosa, afónica y desagradable. Mara levantó la cabeza, asustada, y vio que cerca de ella había un hombre viejo, vestido con ropas sucias y durmiendo entre cartones—. ¿Quieres callarte de una puta vez?
    —Lo-lo-lo siento, no-no-no… no le ha-ha-había visto —Mara se sorbía la nariz y trataba de despejar sus ojos de lágrimas—, ya me voy.
    La niña se levantó, no por respeto sino por miedo. Realmente no había visto al mendigo, y el hombre estaba claramente borracho. Se apartó, dio la espalda al hombre y empezó a andar.
    —Deja de llorar por ese crío —dijo el hombre arrastrando mucho las palabras por la borrachera—, él está ahora jugando a la consola mientras se fuma un porro. Es un idiota.
    Mara se giró sorprendida y miró al hombre. Tenía los ojos de un color azul que no parecía natural, era hermoso, penetrante y brillante. Su nariz de patata tenía un color que mezclaba el rojo con el morado, y su boca estaba enmarcada por una barba gris llena de suciedad y enredos. El pelo era largo, rizado, también gris y también sucio. Vestía una gabardina raída sobre un jersey de punto con agujeros, unos guantes sin dedos y unos pantalones tejanos que en algún momento de su vida habían sido azules, pero que ahora parecían un muestrario de tonos de marrón. El calzado eran dos mocasines negros con la suela desgastada y un par de agujeros aquí y allá.
    —¿Cómo ha dicho?
    —Tu novio… bueno, el que era tu novio, no está llorando por ti, deberías dejar de llorar por él. Es un idiota.
    —¿Y usted qué sabe?
    —Sé muchas cosas, niña, sobre muchos temas, pero sobre el amor lo sé todo —el hombre hipó y luego contuvo un eructo—. Él no está llorando.
    —No conoce a Peter, seguro que le ha pasado algo y por eso me ha dejado —Mara abrió los ojos y miró al mendigo—. ¿Cómo sabía que me había dejado?
    —No necesito saberlo todo sobre el amor —hipó y contuvo otro eructo— para saber que no estabas llorando porque hoy el cielo esté nublado. Y claro que le ha pasado algo: una mamada en el lavabo de hombres de un centro comercial cortesía de una tal —el hombre dudó un segundo, se apretó las sienes con los dedos—… Barbara.
    Barbara era la mejor amiga de Peter, llevaba años enamorada de él, antes de que Mara y él fueran pareja se habían enrollado, pero Peter siempre decía que solo eran amigos. Ella seguía mirándole y algunas amigas de Mara le habían advertido de que Barbara decía que lo que más lamentaba de su aventura con Peter es no habérsela comido «si lo hubiera hecho ahora no estaría con esa monja» había dicho Barbara.
    —¿Es una broma? ¿Peter ha organizado esto para gastarme una broma? ¿Quién es usted?
    —¿Crees que Peter es tan inteligente? Me sorprendería que los porros no le hubieran podrido las dos neuronas sanas que le quedaban. No, esto no es ninguna broma, chiquilla, es tan real como la vida misma.
    —¿Quién es usted? ¡Déjese de cachondeo!
    —Pues mi nombre depende mucho del sitio en el que me nombren —dijo el mendigo levantándose del suelo. Se tambaleó un segundo pero luego pudo mantenerse en pie—. Soy Eros.
    —¿Y por qué dice esas cosas tan horribles de Peter?
    —¿No sabes quién soy?
    —¿Debería?
    —¿Qué coño os enseñan hoy en día en las escuelas? ¿No os hablan de nosotros? Tenéis tanta obcecación con las redes sociales y la tele basura que se os olvida repasar los grandes nombres de la historia. Luego pasa lo que pasa, así nos vemos nosotros. ¡Soy el dios del amor, de la atracción sexual y del sexo, niña! También puedes llamarme Cupido, si así lo deseas. Quizá te suene más ese nombre.
    —Tú eres Cupido —no fue una pregunta, tampoco una afirmación, fue un dato vomitado con desconfianza.
    —Para servirte.
    El hombre hizo una reverencia que casi consigue mandarle al suelo.
    —Y yo soy la diosa Petunia.
    —No existe tal diosa, al menos que yo sepa.
    —¿Me estás diciendo en serio que eres Cupido? ¿Que eres la Celestina?
    —La gente suele llamarme Celestina, pero no es un nombre que me guste especialmente.
    —¿Ha bebido mucho esta mañana?
    —Todo lo que he encontrado, ¿qué tiene que ver eso con el hecho de que soy Eros?
    —¡Oh, nada, nada! ¿Qué hace en un callejón, Cupido? Un día como hoy, tan importante, tan romántico, ¿cómo es que no está lanzando flechas a los enamorados para que se quieran y se coman a besos? ¿Cómo es que parece usted un anciano borracho y no un niño con pañales y alas de ángel?
    —Sobre el último punto… no siempre voy sin pañales. A veces uno tiene accidentes, y más cuando no para de beber. Respecto al día de hoy… nada tiene que ver conmigo, es un día inventado por las marcas para poder vender. Y sobre lo de las flechas… bueno, estoy perdiendo la fe en el amor. Pero tengo que decirte algo sobre tu querido Peter —el hombre desvió la mirada, como si estuviera intentando escuchar algo—… sí, ha dejado de jugar a la consola, ahora se está masturbando pensando en la mamada que le hizo Barbara. Así es tu amorcito. Por eso te digo que dejes de llorar, no se lo merece. La resiliencia es una capacidad envidiable, sé que tú la posees, sé que serás capaz de reponerte. Hay más hombres en el mundo —Mara puso cara de pocos amigos—. También hay mujeres, si lo prefieres. En mi opinión creo que cerrarse a un solo tipo de personas es un desperdicio. Pero creo que no me miras así por eso.
    —Tengo que ir a ver a Peter, lo siento, espero que se mejore. Quizá le vendría bien acudir al psicólogo.
    —¡Oh, ya basta de tanto chamullo! Tú lo has querido.
    El hombre dio la espalda a Mara, se quitó la gabardina y la dejó caer al suelo. También se quitó el jersey de punto y lo lanzó sobre la chaqueta. La chica se asustó, miró a todas partes y pensó en huir. Las prendas desprendieron un olor fuerte y desagradable al moverse. El hombre estaba a una simple camiseta negra de tener el torso desnudo. Se la quitó y Mara, sonrojada e incómoda, apartó la vista.
    —No te pierdas esto, niña, no quiero que luego sigas jodiéndome con tus insolencias.
    Mara volvió a mirar y vio que el hombre tenía algo en la espalda, eran dos bultos de carne en los omóplatos. Los bultos se movieron y dos hilos de sangre empezaron a descender por la espalda. La carne se desgarró y de la espalda del mendigo brotaron dos enormes alas blancas repletas de plumas. Mara dio un salto y tomó una pose ridícula en aquel contexto, parecía que estuviera en guardia, como si pensara comenzar un combate de kárate. El hombre se giró, su pecho se movía al ritmo de una respiración violenta. A su espalda las plumas blancas de las alas se mecían con el viento. El callejón empezó a oler extraño, un olor dulzón y apetecible, como a bizcocho. El hombre alado notó que la nariz de la chica se movía, husmeando.
    —Lo que hueles soy yo —dijo él—. Cada persona percibe un olor distinto cuando me tienen delante en mi forma divina. ¿A qué hueles tú?
    —Bi-bi-bi… bizcocho.
    —Interesante. En una ocasión un viejo al que me aparecí me dijo que olía a fosfato, a día de hoy sigo sin tener ni idea de qué olor es ese. De eso hace ya muchos años, mucho antes de que dejara de creer en el amor.
    —¿De verdad eres Cupido?
    —Cupido, Eros, Amor. Tengo muchos nombres, niña, y todos me pertenecen. Normalmente no me muestro con esta forma, no desde hace unos cincuenta años, pero hay algo en ti… algo que me dice que mereces que regrese. Es como si alguien me lo estuviera soplando por un pinganillo, ¿entiendes?
    —Ni una palabra —confesó Mara—. No sé si esto es real, no sé si es un sueño. No me puedo creer que te acaben de crecer alas —empezó a reírse nerviosa—… ¿eres un dios? ¿Un ángel? No me lo puedo creer, estoy hablando con Cupido el día de San Valentín, el día en que mi novio me ha dejado por mensaje. Esto debe de ser una broma, esto debe de ser una…
    Mara cayó al suelo, desmayada. Eros suspiró, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le veía y luego levantó a la joven del suelo como si no pesara más que una de las plumas de sus alas. Quizá había sido demasiado brusco, pero sus modales estaban un tanto oxidados, llevaba cincuenta años viviendo en la calle y ahora tenía en sus brazos a una joven con el corazón partido. Tenía que hacer algo, aunque no tenía claro el qué.

© M. Floser.

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