El Cuentacuentos: Propósitos 4 (final)

•PROPÓSITOS•
CUARTA PARTE
(FINAL)

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Gamba.
Ouija.
Pastelazo.
Borrachera.

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El castillo era enorme, de piedra negra, como el resto de la montaña. Jaime pensó que parecía un edificio de estilo gótico, hermoso y amedrantador. El ascenso a la montaña fue duro, habían criaturas extrañas y peligrosas que les atacaban constantemente. Gurux era un guerrero formidable, a pesar de que era un completo gilipollas. Había salvado a Jaime de ser partido en dos por un garrote enorme, con pinchos, empuñado por una especie de demonio con cuernos de cabra y una piel de color rojo gamba. También había evitado que algo parecido a una rata de un metro, con cuatro brazos musculosos y cuatro manos apretadas alrededor de las empuñaduras de cuatro espadas, le lanzara colina abajo. En realidad, ahora que Jaime se daba cuenta, Gurux le había ayudado constantemente en aquella ascensión. Los caballos se quedaron en el pie de la montaña, pastando, atados a un árbol, pero ellos se habían enfrentado a demonios, animales amorfos y otras cosas que Jaime no habría sabido describir. Mejor dicho, Gurux se había enfrentado a ellos mientras el humano lanzaba mandobles a diestro y siniestro sin acertar en ningún objetivo.
    —Ya estamos a las puertas del castillo —dijo Gurux jadeando—, menuda chapuza has hecho mientras subías, fulup. Me cago en mi puta vida, empiezo a pensar que tú no vas a servirnos de nada.
    —Es la primera vez que me peleo en mi vida.
    —¿Con lo imbécil que eres? Eso significa que suelen partirte la cara a menudo.
    —Vete a la mierda, mascota parlante.
    Gurux abrió los ojos de par en par, sus pupilas alargadas, verticales, se contrajeron y su ceño se frunció.
    —¿Mascota parlante? ¡¿Acabas de llamarme mascota parlante, saco de carne con huesos?! ¡Maldita sea tu estirpe, pedazo de inútil! ¡Vuelve a llamarme mascota parlante y te meteré la espada con tal fuerza por ese culo gordo que tienes que te saldrá por tu estúpida bocaza!
    Gurux se dirigió a la puerta del castillo y gritó algo en un idioma extraño. Jaime se sorprendió a sí mismo temblando ligeramente. Odiaba a ese bicho, pero le había visto en acción. Había visto como esquivaba sin problemas los ataques de varios demonios y les rebanaba el cuello casi sin esfuerzo.
    —¡¿Quién va?!
    Jaime miró hacia arriba, en el mirador habían dos seres espantosos: uno de ellos, el de la derecha, parecía una figura de fango esculpida que no acababa de secarse. Tenía ojos y boca, solo eso, y ambas cosas eran fosos negros que se adentraban en el fango. El otro era quizá incluso más extraño, tenía pico de avestruz y ojos humanos, orejas de perro y una piel cubierta de escamas. Ambos vestían una armadura de color negro mate, aunque la del ser de fango estaba manchada por su propia piel que iba goteando poco a poco. Los dos llevaban arcos en las manos y el del pico tenía colocada una flecha que apuntaba directamente a Jaime.
    —Mi nombre es Gurux y este es Jaime, un humano. Venimos a parlamentar con el rey.
    —¡Su majestad no parlamenta con cualquier mierdas que viene a verle! —el que hablaba era el del pico, su voz era aguda al principio pero terminaba en un sonido afónico.
    —Por suerte para todos ninguno de los dos somos unos mierdas —Gurux miró con desprecio a Jaime, como queriendo decir que al menos uno de ellos no lo era—. Venimos a ofrecerle una tregua, nos envía el consejo de sabios.
    Hubo un momento de silencio, luego el del pico asintió mirando al de barro, este se giró hacia el otro lado del muro y gritó algo en un idioma aún más raro que el que había usado Gurux unos segundos antes. La enorme puerta se abrió hacia dentro, separándose en dos hojas de madera que se quejaban por la actividad que les estaban obligando a hacer. Ante Gurux y Jaime aparecieron una docena de soldados vestidos con las mismas armaduras negro mate. Uno de ellos, el que más llamó la atención al humano, era idéntico a Gurux.
    —Hermano —dijo su acompañante en cuanto vio al soldado—, estás como siempre.
    —Ya sabes, la buena vida hace milagros. ¿Aún sigues jugando a la Resistencia?
    —Hemos venido a hablar con tu rey.
    —Eso he oído. Acompañadme.
    El hermano de Gurux empezó a andar por el patio de armas donde varios soldados entrenaban con armas enormes. Los entrenamientos parecían batallas a muerte y, de hecho, Jaime se mareó al ver que, efectivamente, un soldado con apariencia humana excepto por un rabo peludo que sobresalía de su pantalón, le cortaba la cabeza limpiamente a un compañero. Jaime no tuvo tiempo de ver su aspecto, en cuanto la cabeza fue cercenada el soldado desapareció convertido en cenizas. Solo quedó la armadura negra y el arma que había empuñado.
    —¿Cómo va todo por ahí abajo, hermano?
    —Podrías bajar y comprobarlo tú.
    —Sé que te gustaría, pero el viejo dejó claro que si me veía de nuevo por el pueblo me cortaría el cuello.
    —El viejo murió hace un año, le enterramos y bebimos a su salud.
    —El viejo está muerto, ¿eh? Buena cosa. ¿Cómo fue?
    —En una sesión de ouija en plena borrachera, le salió el espíritu de un antiguo enemigo, se le metió dentro y le reventó los órganos.
    —Menuda forma de morir —dijo el hermano de Gurux tras escupir al suelo—. Pero bueno, si lo piensas podría decirse que fue cosa de justicia poética. ¿A cuántos mató el viejo en vida? Creo que la última vez que me importó una mierda ese cerdo el número ascendía a un millón de cabezas cortadas, ¿no? ¡Un millón de cabezas! Y resulta que acaba muerto por meterse con los espíritus estando pedo… es tronchante.
    Siguieron andando un rato, el hermano de Gurux no paraba de mirar a Jaime, este no dejaba de devolverle la mirada intentando parecer desafiante.
    Cuando llegaron al interior del castillo fueron conducidos al salón del trono. Una sala enorme, de techos altos cubierta de estandartes de color carmesí con lo que parecía la cabeza de un toro negra vista de frente. Jaime no pudo evitar acordarse del equipo de baloncesto Chicago Bulls. Al fondo de la sala había un trono negro, gigantesco y, sentado en él, el ser más terrorífico que Jaime hubiera visto jamás. Debía medir tres metros de alto por tres metros de ancho, sus brazos eran enormes, fuertes y su cabeza era, para espanto del humano, la de un buey negro. Entre los cuernos tenía acomodada una corona negra que podía pasar desapercibida entre el resto de su ser que estaba cubierto de pelaje oscuro. A su lado había un mazo gigantesco que se mantenía de pie apoyado sobre la cabeza de hierro negro. Por último Jaime se fijó en dos soldados que descansaban firmes a cada lado del trono: uno de ellos no tenía piel, su cuerpo, dentro de la armadura de color negro mate estaba formado por llamas. Sus ojos y su boca recordaron a Jaime a una calabaza de Halloween. El otro era exactamente igual, solo que su piel era de hielo.
    El rey no les miró, estaba pendiente de dos bufones que estaban haciendo su show, uno de ellos tenía una tarta en la mano, tenía una pinta estupenda, miró al rey que asintió satisfecho y el bufón lanzó el postre contra su compañero. El otro, el que recibió el pastelazo, empezó a gritar de dolor, Jaime vio que la zona en la que le había caído pastel: su cara y partes salpicadas de sus brazos, humeaban y siseaban. El bufón sucio se lanzó al suelo y empezó a retorcerse entre alaridos escalofriantes. Siguió sufriendo hasta que quedó quieto completamente, muerto en el suelo de aquella sala del trono. El rey empezó a reír a carcajadas, con una voz atronadora que retumbaba por cada rincón de aquella estancia.
    —¿Un pastel envenenado? —preguntó Jaime acercándose al oído de Gurux.
    —No seas idiota, fulup, todo el mundo sabe que los bufones son alérgicos a la nata.
    —Mortalmente alérgicos —añadió su hermano, luego se alejó de ellos y anduvo hacia el trono mientras el bufón que quedaba en pie sacaba a su compañero arrastrándolo por las muñecas—. Majestad, os veo de buen humor.
    —¡Marux! —la voz del rey sobresaltó a Jaime, era incluso más poderosa que su risa—. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo están tu mujer y tus hijos?
    —Muertos, majestad, gracias por preguntar.
    —¡Genial! Entonces los sicarios que envié hicieron bien su trabajo.
    —A la perfección, no dejaron huellas, un tajo limpio y certero en sus cuellos. Ahora mi suegro se lo pensará dos veces antes de pedirme dinero. Estoy en deuda con usted, majestad.
    —Tonterías, es lo menos que puedo hacer por uno de mis mejores soldados.
    —Tiene usted visita, majestad.
    El rey miró a Gurux primero, le reconoció por el evidente parecido con su hermano.
    —¿El traidor?
    —El mismo, majestad.
    —Si quieres mando que le ejecuten.
    —De momento no será necesario, a no ser que usted así lo desee.
    —A mí me da igual. ¿Y esa cosa rosada de ahí qué es?
    Los ojos del rey se posaron en Jaime y el humano notó como se le secaba la boca.
    —Su nombre es Jaime, majestad, es un humano, sea lo que sea. Dicen que quieren hablar con usted.
    —¿Hablar conmigo? Bueno… pues veamos, de qué quiere hablar conmigo un traidor y un… ¿humano?
    —Queremos una tregua —Gurux dio un paso hacia delante—. Acércate, fulup.
    Jaime, sin saber si tenía que hacerle caso, empezó a andar. Cuando se detuvo el rey le miró de arriba a abajo y le hizo un gesto con la mano para que se acercara aún más. Jaime tragó saliva y obedeció.
    —¿Dejas que te llame fulup?
    —No sé ni lo que significa.
    Jaime se dio cuenta de que su voz le temblaba.
    —Ya veo. Oye, Marux, ¿te crees a tu hermano?
    —Ni media palabra, majestad. No es su misión parlamentar con el rey, eso debe hacerlo un miembro de élite de los rebeldes, y dudo que hayan cambiado tanto las cosas desde que los dejé. Gurux es un cocinillas, poco más. Es fuerte, sabe defenderse, pero no es de fiar. Está aquí por su cuenta, majestad, nadie le encomendaría una misión como la que dice haberle traído hasta aquí.
    Los ojos de Jaime se abrieron de par en par, miró a Gurux y sintió que la furia iba aumentando. Había visto luchar a aquella cosa, pero la verdad, según decía su hermano, era que simplemente preparaba la comida para otros guerreros.
    —Ya veo, entonces tendré que hacerlo —el rey se encogió de hombros, chasqueó los dedos y de repente, las sombras de Gurux y de Jaime se alzaron del suelo detrás de ellos, se volvieron figuras negras, sólidas, e inmovilizaron a ambos. El rey se levantó del trono, de pie era aún más grande e imponente. Gurux luchaba por librarse de su sombra, Jaime también forcejeaba pero el miedo que le inducía el monarca hacía que sus movimientos fueran menos poderosos que los de Gurux. El rey caminó y sus pezuñas negras resonaron en el suelo.
    —Así que has venido aquí —dijo el rey mirando a Gurux—, has traído a un humano para, ¿qué? ¿Pretendes que me mate él? ¡Oh, entiendo, entiendo! Seguimos en tablas, conozco vuestros movimientos, sois predecibles, así que has metido un elemento nuevo en la ecuación. Podría parecer inteligente por tu parte, incluso podría haber funcionado si hubieras llegado ayer. Pero hoy tu hermano está conmigo, ha regresado de su última misión, y él te conoce perfectamente.
    »Y tú —el rey miró a Jaime que palideció de repente—, quiero pensar que no sabías nada de esto.
    —¡Que te follen, toro! Lo único que no sabía es que ese gilipollas es un simple cocinero.
    —¿Que me follen? Me encanta esta cosa, tiene valor. De verdad que lo tiene. ¿Sabes otro error que ha cometido tu amiguito? Te ha llamado fulup delante mío. Seguro que el muy idiota lleva llamándote así todo el rato y ahora se le ha escapado. ¿Sabes qué quiere decir fulup? ¿Quieres saberlo? Significa cebo. Eso eres para él, un cebo —el rey disfrutó viendo la cara de Jaime, sus ojos no podían abrirse más, su mandíbula se apretaba en un gesto de furia—. Sí, eres un elemento nuevo, así que supongo que pensaba matarme mientras te descuartizaba a ti. Eso es todo lo que eres, una presa, una maniobra de distracción.
    —¡Suéltame y verás que no necesito al cebo para matarte!
    —¿Lo ves? Solo hay que presionar un poco para que todo se sepa. Te voy a hacer una oferta, Jaime —el rey chasqueó los dedos y la sombra de Jaime le liberó, se encogió y volvió a adherirse al suelo—. No podrías haberme matado nunca, ¿sabes por qué? Porque para matarme deberías cortarme la cabeza, es la única forma de matarme a mí o a cualquiera de mis soldados. Es el precio de jugar con las sombras, no somos del todo normales. Veo que tienes una espada, perfecto —el rey se agachó y giró la cabeza dejando al descubierto su cuello poderoso, grueso y cubierto de pelo oscuro—, te reto a que me decapites con ese palillo que tienes enfundado. Pero si no lo consigues, si no me cortas la cabeza del todo, la herida se regenerará y tú irás directo a la sala de torturas, donde te aseguro que vivirás rodeado de dolor. ¿No te animas a probar? Bueno, pues entonces te voy a hacer esa oferta, ¿vale? Coge tu espada, córtale la cabeza al traidor y te dejaré formar parte de mi ejército. Te otorgaré los poderes de las sombras, te daré riquezas, haré que Marux te entrene y cuando estés listo te dejaré comandar a tu propio ejército de demonios. Mátale y serás poderoso.
    Jaime miró al rey, luego miró a Gurux y desenvainó la espada. Su respiración se agitó, posó los ojos en el cuello del monarca y apretó la empuñadura con las dos manos. Esta era su oportunidad de hacer historia, su oportunidad de hacer algo con su vida. El corazón le trotaba dentro del pecho pero, por alguna extraña razón, estaba sonriendo.
    —¡Acaba con él, Jaime! —gritó Gurux que seguía preso de su sombra—. ¡Puedes hacerlo, puedes cortarle el cuello, acaba con ese maldito monstru…!
    Gurux no terminó la frase, la hoja de la espada de Jaime atravesó su cuello limpiamente, su cabeza cayó al suelo, rodó hasta que llegó a los pies de su hermano, que la pateó con desprecio. La sombra que le había tenido preso se disipó al instante y su cuerpo cayó al suelo en un charco de sangre oscura. Jaime jadeaba y sonreía.
    —¡Lo has hecho! ¡Marux, le ha matado! ¡Este humano me encanta! Te juro que no pensé que lo harías. En mis siglos de vida he puesto en la misma situación a mil guerreros y ninguno ha matado a su compañero. ¡Eres un psicópata! Me encantas, ¡me encantas! Vas a ser un buen soldado, Jaime, vas a ser de los mejores. ¡Me encanta este humano!
    Jaime sonrió, se sentía lleno, la adrenalina seguía inundando su ser, la sangre de Gurux le había salpicado la cara y su tacto húmedo y cálido le reconfortó. Por fin, después de todo, iba a cumplir su deseo de vivir nuevas aventuras. Había decidido que a partir de ese momento su vida iba a cambiar por completo. Haría historia, le recordarían eternamente, no… le temerían eternamente. El nombre de Jaime resonaría y le quitaría el sueño a los niños de aquel mundo nuevo durante generaciones. Ese era su propósito para aquel año que acababa de empezar.

© M. Floser.

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