El Cuentacuentos: Propósitos 3

•PROPÓSITOS•
TERCERA PARTE

Palabras a añadir:

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Obscenidad.
Argón.
Embotellador.
Orgánico.
Rumboso.
Despistado.
Numerador.
Corchea.
Dimisión.

Lee las partes anteriores:

Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Gurux le dio a Jaime una espada de hoja negra, no brillaba, era completamente mate, y tenía muescas en el filo. Gurux le dijo que aquella espada había pertenecido a un gran guerrero que había hecho muchos sacrificios por la batalla.
    —¿Murió en combate? —preguntó Jaime mientras Gurux le colocaba la espada en la cintura.
    —¡Claro que no! Trabaja como embotellador para la resistencia.
    —¿Desertó?
    —¿Qué otra cosa podía hacer? Perdió las dos piernas en la guerra. Desde entonces ha buscado trabajo de todo tipo. Siempre tenía que pedir la dimisión, pero como embotellador es sublime.
    Jaime miró a Gurux sin saber qué decirle. No esperaba una respuesta tan extraña.
    —Pues ya está, pareces… iba a decir que pareces un guerrero, pero sería mentira. Ni siquiera impones respeto. Esperemos que acabes tu misión con todos los miembros en su sitio. ¿Quieres un consejo? Abre los ojos, fulup, en esta guerra ha habido mucho despistado. Ya puedes imaginarte dónde están colgadas sus cabezas y dónde están tirados sus cuerpos.
    Jaime no tenía la más remota idea de dónde se suponía que estaban colgadas las cabezas de esos idiotas, o dónde narices estaban tirados sus cuerpos. No sabía ni cómo usar la espada que tenía ahora colgando en su cadera izquierda. Supuso que moriría antes de que acabara el día, y todo por cumplir un deseo estúpido.

    Llevaban una hora cabalgando por un camino repleto de gente de todo tipo: habían criaturas que en parte se parecían a él y en parte parecían animales extraños que Jaime no había visto en su vida. Por delante de su caballo pasó un animal completamente rosa que se arrastraba por el suelo haciendo fuerza con una serie de tentáculos que iban dejando un reguero de lo que parecían babas. No tenía ojos, ni boca, ni ningún tipo de rasgo, solo una masa rosa brillante y viscosa, un cruce entre pulpo, medusa y algo asqueroso y desconocido.
    Hacía un rato que solo tenía que estar pendiente de las criaturas que iba encontrándose por el camino. Le había cogido el truco a aquello de cabalgar y, aunque tenía los testículos machacados por el traqueteo, ahora podía pasar por alguien que tenía cierta experiencia con caballos. Gurux, por su parte, cabalgaba erguido, con mucha elegancia, y saludaba a todo el mundo que se topaba con él. Algunos empezaban a caminar junto a su caballo para mantener conversaciones de todo tipo. Uno le habló de las reservas de argón, decían que empezaban a estar en las últimas. Más tarde Jaime se enteró por Gurux de que el argón era un gas muy valioso en aquel mundo, que sin él la guerra estaba claramente de lado del rey. El humano no lo entendió muy bien. Otro ser, alto como pocas criaturas que Jaime hubiera visto antes, comenzó a andar entre su caballo y el de Gurux. Tenía una cabeza alargada y de color azul, tres ojos pequeños, completamente negros, y su boca estaba tapada por un pañuelo que le rodeaba el cuello y se alzaba hasta donde debería haber estado su nariz. Los brazos largos y delgados colgaban y se mecían como péndulos a los lados, sus piernas abarcaban bastante terreno en cada zancada. Debía medir unos tres metros, más o menos. Jaime se fijó en su ropa, parecía perfectamente normal, una especie de chandal verde que combinaba horriblemente con su piel azul. En la muñeca llevaba una pulsera con un adorno en forma de corchea. No llevaba calzado, sus pies eran largos y sus dedos rechonchos. Jaime los miró y se preguntó qué talla de zapato usaría aquel ser.
    —¿Quién es este, Gurux? —la voz del alto era aguda y desagradable.
    —Este es Jaime, un humano que nos va a ayudar.
    —¿Con esa pinta? Parece que vaya a salir corriendo.
    —Al menos yo puedo correr, gigantón, seguro que tú con esas patazas que tienes no puedes dar dos pasos seguidos sin caerte y parecer imbécil.
    Jaime se acababa de dar cuenta de que desde que había llegado a aquel mundo nuevo había dejado de ser él mismo, que había dejado que le avasallara Gurux y había dejado de responder. Él no era así, ya iba siendo hora de que aquellos monstruos se enteraran.
    —Parece más gallito que útil, Gurux. ¿Eres un gallito, Jaime?
    —Oye, tío, apártate un poco, te apesta la boca a mierda y tu voz hace que me duela la cabeza. ¿Por qué no te vas a buscar a otro gilipollas como tú y os matáis diciéndoos chorradas el uno al otro? Quizá consigáis reventaros los tímpanos.
    El ser se quedó parado mirando con odio al humano y Jaime y Gurux le dejaron atrás. Gurux estaba riéndose en su caballo.
    —¿Y tú de qué coño te ríes?
    —De que por fin sacas esos cojonazos que te estabas guardando. Ha sido muy bueno, la verdad. Al final me vas a demostrar que no eres un fulup.
    —Yo no tengo que demostrarte una mierda. ¿Quién era ese idiota?
    —Ese idiota es el alcalde del pueblo. Y sí, le huele la boca a mierda y su voz nos desquicia a todos, pero hay que joderse. Tú no, tú te volverás a la Tierra cuando se acabe esto, así que has hecho bien en decirle todo eso. Los demás lo pensamos, pero nos callamos.
    —¿Tú te callas? Entonces entiendo que te aprovechas de que yo soy nuevo y que no entiendo tres cojones de lo que pasa aquí para sacar toda tu mierda y echármela encima.
    —Supongo que sí. ¿Todas tus frases tienen que tener alguna obscenidad?
    —Solo las que me salen de las pelotas. Si no te gusta cómo hablo te aguantas.
    —Claro, claro, no te sulfures, no sea que me vomites encima y te me mees. No te pases, fulup, no te metas con alguien a quien no conoces bien, no sabes de lo que es capaz.
    Jaime iba a responder pero prefirió callarse. Una pequeña dosis de sí mismo estaba bien de momento. Era lo que necesitaba para marcar el límite de lo que estaba dispuesto a tolerar. Siguieron cabalgando durante un par de horas hasta que llegaron a un arco de piedra en el que ponía algo que Jaime no consiguió entender. Ni siquiera reconocía las letras que había allí talladas. Las criaturas pasaban por debajo del gran arco en ambas direcciones, y a cada lado del arco habían dos seres idénticos que tomaban nota de la gente que iban viendo.
    —¿Qué hacen esos dos?
    —Llevan la cuenta de la gente que entra y sale del pueblo. ¿Ves eso que lleva en la mano? —Jaime se dio cuenta de que uno de ellos llevaba un aparato pequeño con un pequeño botón que pulsaba cada vez que alguien pasaba por su lado. Si pasaban dos personas juntas pulsaba dos veces el botón—, es un numerador. Así llevamos la cuenta de cuánta gente sale y cuánta entra. Ahora nos anotará a nosotros cuando salgamos y solo la suerte decidirá si vuelve a anotarnos cuando volvamos.
    —Pero eso es una idiotez. Pulsará dos veces cuando salgamos y el otro seguirá pulsando cada vez que entre alguien. Solo saben el número de personas que cruzan el arco, pero no tienen forma de ponerle cara a esos números. ¿Todo en tu mundo es igual de absurdo?
    —No todo, has llegado tú para darle una pizca de sentido, ¿no? Sigue cabalgando, a ver si aguantas un rato sin quejarte de mi mundo.
    El terreno más allá del arco era abismalmente distinto, era como si al cruzarlo Jaime y Gurux se hubieran adentrado en otra dimensión. El aire era espeso, asfixiante, el calor que habían sentido hasta ahora les abandonó y, en su lugar, les empezó a azotar un viento gélido. Incluso las criaturas que pastaban en aquella tierra eran distintos: seres oscuros, con aspecto amenazador. Jaime vio algo que quería parecerse a una serpiente, solo que su boca no tenía dientes, su lengua no era bífida y sus ojos eran tan pequeños que podían obviarse. Su cuerpo era alargado y reptaba por el suelo con un movimiento orgánico e hipnótico. Donde debería estar la punta de su cola había otra cabeza, exactamente igual que la primera, apuntando en la dirección contraria. Era un animal curioso, cuando se detenía a pastar, la otra cabeza tiraba del cuerpo y recorría el camino que acababa de reptar.
    Tras otra larga hora de camino en el que Jaime había mostrado interés en las criaturas que se encontraban y Gurux le había dejado claro que no tenía intención de ser su enciclopedia, llegaron a un pequeño puente de madera que cruzaba un riachuelo que podía cruzarse perfectamente sin usar el puente. Jaime miró con mala cara a Gurux.
    —¿Qué problema tienes ahora, fulup?
    —¿Para qué poner un puente en un riachuelo que no hace ni un metro de ancho?
    —Es posible que para ti no sea el río más rumboso que hayas visto, fulup, pero debes saber que en este mundo, de la misma forma que te puedes topar con idiotas como el alcalde, altos como ellos solos, también hay otras criaturas sorprendentemente pequeñas, para ellos este riachuelo es un abismo que, sin el puente que tenemos delante, les sería imposible cruzar. Entonces, fulup, ¿te parece adecuado que haya un puente para esas criaturas? Sé que en tu mundo tratáis a los insectos a zapatazos, los aplastáis sin tener en cuenta que son seres vivos con familia, que su único crimen es tener un aspecto que a los humanos os desagrada, pero aquí se les respeta y se piensa en ellos. Incluso tienen voz y voto en asuntos de estado. Hay héroes del tamaño de cucarachas, se cantan canciones sobre ellos y se recitan poemas.
    Gurux no dio tiempo a que Jaime respondiera, avanzó y cruzó el riachuelo sin que su caballo posara los cascos en el puente de madera. Siguió cabalgando y no se detuvo a esperar al humano. Cuando este se reunió con él al otro lado del estrecho torrente de agua, avanzaron sin decir nada. Siguieron así el resto del viaje hasta que Gurux se detuvo al pie de una montaña de piedra negra como la noche, esperó a que Jaime se uniera a él y señaló a lo más alto de la cumbre.
    —Hemos llegado, fulup, en lo alto de esta montaña está el castillo del rey. Ahora empieza lo importante. No la cagues, fulup, por lo que más quieras, no la cagues. De ti depende que la guerra se decante hacia un bando. Ya lo sabes, solo eso… no la cagues. Vamos.

© M. Floser.

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