Mitología narrada 9: Soucouyant

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

•SOUCOUYANT•

La Soucouyant, también conocida como Soucoyah, Sukuya, Old Hag o Loogaroo, es una criatura de la mitología caribeña que suele situarse en lugares como Trinidad y Tobago y Guadalupe.

Se considera el equivalente caribeño de las vampiresas, aunque también se le otorga hechicería y brujería. Durante el día, la Soucouyant se muestra como una anciana aldeana pero por la noche se desprende de su piel, la introduce en un mortero y, tras el ritual, obtiene poderes mágicos que le permiten volar bajo la forma de una vola de fuego capaz de meterse por la cerradura de la puerta de sus víctimas.

Si la soucouyant absorbe mucha sangre de su víctima esta puede convertirse en otra soucouyant o bien morir, dejando que su asesina tome su piel. Sin embargo dicen que hay una forma de matar a la soucouyant, y es añadiendo sal gorda al mortero donde se encuentra su piel, ya que la soucouyant tiene que volver a ponerse esa piel antes del amanecer y si esta contuviera sal se quemaría hasta morir.

•UN TRABAJO•

Os preguntaréis qué estoy haciendo en medio de la noche, cargado con una espada, delante de esa cabaña mugrosa. También qué hace ese recipiente de latón en el suelo, con la tapa quitada, y qué hay en envoltorio de lino que hay a mis pies. Bueno, digamos que estoy esperando visitas. Una soucouyant para ser exactos. La espada es… bueno, es obvio, ¿no? Es para defenderme, el recipiente de latón es para encerrarla antes de matarla y lo que hay envuelto en lino es mi cena, porque no sé cuánto me va a llevar el trabajo y seguramente me dé hambre. La casa a mi espalda es la de mi cliente, un viejo gilipollas que ofendió a la bicha. Que sea gilipollas es lo de menos, el dinero de un gilipollas paga las facturas tan bien como las de… bueno… las de alguien que no es gilipollas.
    Antes de conseguir que el viejo se encerrase ha empezado a relatarme cómo cargarme a la bicha. Me ha soltado todos los tópicos, los mismos que vosotros conocéis más que de sobra: «pon cereales cerca de la puerta para que se detenga a contarlos y le sorprenda la mañana» me decía, como si una soucouyant fuera tan estúpida. Puede que esta en concreto tenga cerca de doscientos años, pero vamos a engañarla con un puñado de cereales. «Cuélate en su casa y pon sal gorda en el mortero en el que ha dejado su piel», otra leyenda estúpida. Lo de la piel no es cierto y lo de la sal… como mucho sirve para que un puñado de demonios menores se pongan nerviosos. Pero la soucouyant… quizá se la eche por encima al viejo antes de zampárselo.
    Es normal que empiecen a darme consejitos cuando me ven, me miran de arriba a abajo y piensan «¡huy, a este aún no le han salido los pelos en los huevos!». Catorce años tengo, y en estos catorce años he devuelto al abismo a un buen puñado de criaturas. Pero es lo que pasa cuando tu primer regalo es un puñal rúnico, y la primera palabra que aprendes a decir forma parte del lenguaje oculto. No me preocupan los consejos, suelo decir a todo que sí y luego hago lo que de verdad funciona que, en la mayoría de los casos, consiste en atravesar el corazón del monstruo, o los corazones, dependiendo de cada bicho.
    En el caso de la soucouyant lo más peliagudo es su entrada en escena. De las pocas cosas ciertas que hay en las leyendas que circulan a su alrededor. Llegará en forma de una bola de fuego, con su estela, su abrasadora velocidad y toda la pesca. Normalmente se cuela por las cerraduras y prende fuego a la casa mientras le chupa la sangre a su víctima. Pero esta vez no, por eso estoy aquí plantado delante de la puerta para que, cuando me vea, me intente matar a mí. Así que eso es lo que hago en medio de la noche, cargado con una espada, delante de esa cabaña mugrosa, con ese recipiente de latón en el suelo, con la tapa quitada, y el envoltorio de lino que hay a mis pies. ¿Que si tengo miedo a morir? Solo tengo miedo de que esa bicha se retrase y me muera de hambre. Deseadme suerte, mis tripas empiezan a sonar.

© M. Floser.

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2 comentarios en “Mitología narrada 9: Soucouyant

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