EL CUENTACUENTOS: PROPÓSITO 2

•PROPÓSITOS•
SEGUNDA PARTE

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Próstata.
Profilaxis.
Yugular.
Carmín.
Desdichado.
Ecológico.

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Jaime se despertó sobresaltado por un ruido cercano. Entre sus cosas vio un animal rebuscando. Tenía la cabeza y parte del tronco dentro del macuto, y la parte inferior fuera. Una cola larga, gruesa y peluda se movía inquieta. El pelaje era de dos colores en el rabo. Anillos blancos y anillos negros se intercalaban. El cuerpo tenía un pelaje marrón y sus patitas diminutas eran negras. El pelo de las patas hacía que pareciera que el animal llevara botas. Un mapache.
    —¡Eh! —gritó Jaime—, ¡bicho apestoso! ¡Sal de mi bolsa, me vas a joder la cámara!
    El animal se detuvo y empezó a salir muy despacio. Primero sacó una pata delantera, larga y fibrada, con garras afiladas como cuchillos. Luego el cuello, ancho y fuerte y, por último, la cabeza. No era un mapache. Su hocico se asemejaba más al de un perro, pero sus ojos eran claramente felinos. No tenía orejas, y donde estas deberían haber estado Jaime vio dos cuernos negros que se retorcían hacia atrás. El hombre se apartó de un brinco, buscó a tientas por el suelo y cogió una piedra que alzó amenazador.
    —¿A quién llamas bicho apestoso, fulup?
    Los ojos de Jaime se abrieron mucho. Aquel extraño animal estaba hablándole. Su voz era aguda y saltarina. Ahora lo veía perfectamente: erguido sobre dos patas. El pelaje de su pecho era más claro que el del lomo, tenía un bonito color crema. La cabeza era marrón excepto el hocico negro como la noche. Su dentadura se componía únicamente de caninos y, alrededor de los ojos, el pelaje era de un tono marrón oscuro que hacía resaltar sus iris ambarinos estirados en vertical.
    —¡Te estoy hablando, fulup! ¿A quién estás llamando bicho apestoso?
    —Creía que eras un mapache —Jaime sintió que su voz sonaba estúpida yendo dirigida hacia aquel ser.
    —¡Oh, entiendo! ¿Quieres que busque algún mapache para que puedas insultarle a gusto? ¿Qué haces con las tortugas? ¿Las maldices hasta que esconden la cabeza? ¿Y con los perros? ¡¿Qué mierda de excusa es esa, fulup? ¡Vuelve a insultarme y te meto esa piedra por el culo tan hondo que vas a estar vomitando gravilla el resto de tu vida! ¿Capisci? Veo que te has enterado, fulup. Necesito algo que ponerme, el portal se ha abierto justo encima de un charco y… bueno… toda mi ropa se ha ido al cuerno. ¿Tienes algo que dejarme?
    El ser torció el gesto al ver que Jaime le miraba de arriba abajo. Se llevó la zarpa izquierda a la entrepierna y se tapó.
    —¡Eh! Mis ojos están aquí arriba —dijo señalándoselos con dos de sus dedos—. Si es que eres un degenerado. ¿Hola? ¿Algo para taparme?
    El animal miró la manta sobre la que Jaime estaba sentado. El hombre siguió su mirada y, sin saber cómo reaccionar, levantó un poco el trasero y tiró de la manta para dársela. El ser se la quitó de la mano con brusquedad y se la echó por encima.
    —¡Qué amable eres, fulup! Ahora andando, tenemos mucho que hacer —la criatura empezó a alejarse y, unos pasos después, se giró y miró con mala cara a Jaime—. ¿No piensas moverte?
    —¿Qué cojones eres tú?
    —Ah, mierda, es verdad, no me he presentado —la criatura volvió junto a Jaime a grandes zancadas, sacó un brazo y lo estiró hacia el humano con la mano muy abierta. Tenía cuatro dedos, uno de ellos era un pulgar oponible, como el de los humanos—. Mi nombre es Gurux Jine Jaranda Usch. Puedes llamarme Gurux.
    Jaime extendió su brazo y envolvió con su mano la pequeña mano de Gurux. Era como cogerle la patita a un perro, solo que aquel ser le devolvía el apretón.
    —Jaime… ¿qué eres exactamente? ¿Me sentaron mal las albóndigas y por eso estoy teniendo esta pesadilla?
    —No vayas por ahí, fulup, por favor. No hagas el papel de desdichado soñador atribulado. Soy un yinxi.
    Lo dijo como si tuviera que significar algo para Jaime.
    —Y un yinxi es…
    —Un yinxi es el que te va a dar una patada en el culo como no dejes ese tonito —Gurux puso los ojos en blanco—. Yinxi es mi raza. Vengo del reino de Fruey que ahora mismo está en guerra. Me enviaron a buscar un héroe y, no sé muy bien por qué, tú eres lo primero que he encontrado. Hechas las presentaciones… arreando.
    Gurux volvió a sacar el brazo de la manta, dio la espalda a Jaime y empezó a hacer unos gestos con los dedos. Los articulaba y movía la mano como si estuviera hablando en el lenguaje de signos. Por último chasqueó su dedo medio con el pulgar y delante de él se abrió una especie de vórtice luminoso. Gurux se apartó e hizo un ademán hacia Jaime para que pasara él primero.
    —¿Quieres que entre en esa cosa? ¿Qué es?
    —Un bisonte reumático. No te jode. Es un portal que comunica la Tierra con Erogar, mi planeta, más concretamente con el reino de Fruey, más concretamente con mi pueblo, Jukal y, más concretamente, con mi casa. Andando. Hay buena gente muriendo en estos momentos. ¿No querías una aventura? Pues tira.
    Los ojos de Jaime se abrieron de par en par. ¿Qué acababa de decir aquel animal parlante? Su deseo la noche anterior, su deseo de vivir nuevas aventuras. Jaime cogió su mochila, se levantó del suelo y se acercó al portal.
    —Ten cuidado, fulup, te va a doler.
    —¿Cómo?
    Gurux empujó a Jaime dentro del vórtice. El humano desapareció y empezó a caer por un limbo que parecía infinito. Sintió como sus órganos internos se descomponían y su piel se derretía. Notaba que cada una de sus articulaciones chirriaba como las bisagras de una puerta envejecida. Sus ojos le escocían y sus dientes parecían haber desaparecido. Todo su interior estaba a punto de estallar, su próstata, su apéndice, sus testículos. No notaba su pelo, ni sus encías, ni sus uñas. Solo un dolor lacerante recorriéndole de arriba a abajo como si todo su ser fuera ese dolor.
    Jaime cayó de boca en un suelo duro como el hormigón. Sus sentidos volvieron a él de golpe y se sintió mareado. Intentó ponerse en pie, pero su cerebro pareció dar una orden totalmente distinta y lo único que pudo hacer fue vomitar. Se giró en el suelo, quedó boca arriba, y poco a poco empezó a reconocer imágenes. Sobre él había una lámpara de araña con muchas velas. Veía a su derecha el respaldo de una silla de madera y a su izquierda un cuadro que colgaba de la pared. La representación de un barco en medio de una tormenta que agitaba el oleaje. El cuadro estaba torcido y daba la sensación de que el barco iba a salirse de la pintura por el marco y se iba a estrellar contra el suelo de la casa. La vejiga de Jaime reaccionó de repente y el humano notó como su entrepierna se calentaba. Acababa de mearse encima.
    ¡Maldita sea, fulup! —dijo la voz aguda de Gurux. Jaime vio la silueta del animal sobre su cabeza, recortada por la luz de la lámpara de araña que tenía encima—. Te has meado encima y has vomitado… ¿no te da vergüenza? Vamos, levanta. Tengo ropa de sobra.
    Jaime se incorporó y notó un dolor punzante que le atravesaba de sien a sien. Agitó la cabeza, pero no ayudó a sentirse mejor. Luego se levantó e, inmediatamente, cayó de bruces al suelo. Sus piernas temblaban y no conseguía mantenerse en pie.
    Gurux le miró y negó con la cabeza.
    —Creo que no estás habituado a la portación.
    —¿Qué ha sido eso? He notado como sí… no sé… he sentido como si me arrancaran cada parte del cuerpo.
    —¿De verdad? Yo solo noto una pequeña punzada aquí, en la yugular. Quizá nuestra constitución haga que la portación nos afecte de forma distinta. ¿Qué talla usas? Da igual, seguro que te encuentro algo. ¿Armadura o algo más casual? Personalmente creo que la armadura es muy glamurosa, pero limita el movimiento. Déjame ver qué tengo. Tómate tu tiempo, fulup, no sea que te hernies.
    Jaime reunió el valor necesario para intentar levantarse de nuevo. Se sujetó del respaldo de la silla que tenía al lado y se apoyó en él. Cuando hubo estado de pie se dio cuenta de que el respaldo le llegaba por la cadera. Sus piernas temblaban pero parecía que sus rodillas no iban a flexionarse. Miró a su alrededor. Las paredes eran curvas y la casa tenía la forma de una bóveda enorme. La silla estaba delante de una mesa redonda rodeada por otros tres asientos. Todo estaba hecho de madera perfectamente barnizada. Delante de él había un televisor. O lo que parecía un televisor. Era redondo, excepto en su base plana que se apoyaba en un mueble con el mismo acabado que la mesa y las sillas. Sobre el aparato habían estanterías que colgaban por toda la pared, y en ellas había decenas de fotografías color sepia. En una de ellas Gurux estaba con otros tres seres similares. Su familia. Besaba a la criatura que tenía a su lado y, delante de ellos, habían dos pequeñas réplicas de ambos. Una de ellas tenía carmín en el hocico. El otro llevaba una gorra que se acomodaba entre los dos cuernos, mucho más pequeños que los de sus padres.
    —Veo que ya conoces a mi familia —dijo Gurux sobresaltando a Jaime. El ser volvía a la estancia desde un pasillo oscuro, cargado de ropa. Él mismo se había vestido. Llevaba una camisa blanca de algodón con las mangas remangadas. El pelaje del pecho salía por encima del último botón que se había abrochado. La parte de abajo estaba cubierta por un pantalón ancho, negro, bombacho. La goma de las perneras se ajustaban sobre los tobillos de Gurux. Iba descalzo y de la parte de atrás de su pantalón sobresalía la cola anillada.
    —Sí… esto… tienes una mujer… ¿guapa?
    —Ese es mi marido.
    —¡Oh, lo siento! No sabía que tú eras una hembra…
    —No lo soy. ¿Por qué das por hecho que uno de los dos es hembra? ¿Eres de ese tipo de personas que tiene problemas con las relaciones homosexuales? No me gusta eso, así que si tienes algún problema dímelo ahora, te descuartizo, te tiro a las cloacas y busco a otro que me ayude.
    —¡No, no! Yo tenía amigos homosexuales.
    —¿Tenías? ¿Los mataste en cuanto se dieron el primer beso?
    —¡¿Qué?! ¡No! Quiero decir… no me importa que seas gay. Es decir, no me importa lo que seas. Me refiero —Jaime no sabía cómo salir de aquella—… mira… ni siquiera sé qué eres, ¿vale? Siento haberte ofendido. Y no, ya no tengo amigos homosexuales, ni heteros. No tengo amigos.
    Gurux miró a Jaime con una ceja alzada. Suspiró y le ofreció la ropa.
    —Creo que eres un bocazas de campeonato, fulup. Anda, ponte el que más te guste.
    Jaime miró la ropa, no era fea, en realidad era muy elegante, pero extremadamente grande.
    —Dudo que me valga, es enorme.
    —Póntela y deja de tocar las pelotas. ¿Quieres un zumo? Ahí fuera tengo un huerto ecológico.
    —No, gracias, tengo el estómago revuelto.
    Jaime se colocó la ropa. Era una camisa de lino negra y unos pantalones que parecían de algodón, también negros. Obviamente, la ropa le quedaba grande.
    —¿Lo ves? Aquí caben cinco como yo.
    Gurux le miró, negó con la cabeza y luego chasqueó los dedos. La ropa se movió alrededor de Jaime, como si estuviera mecida por un viento inexistente. Luego, en cuestión de segundos, se adaptó al cuerpo del hombre. Jaime dio un salto al notar como la ropa se encogía de golpe.
    —Ahí lo tienes, ¿ves que bien? ¿Alguna cosa más, fulup?
    —¿Qué es eso que me llamas constantemente? —preguntó Jaime mientras se calzaba sus deportivas.
    —¿Fulup? Quizá un día te lo diga. Ahora atiende, porque esto es serio. Ven, siéntate, siéntate —Gurux se acomodó en una silla. Jaime miró incómodo la que le señalaba el animal, era demasiado pequeña para él. Decidió apartarla y sentarse en el suelo, con las piernas cruzadas—. Estamos en guerra. Somos alrededor de veinte razas distintas. Nadie sabe ya de dónde nace esta guerra, pero lo cierto es que llevamos un siglo batallando.
    —¿Un siglo en guerra?
    —Sí, no me interrumpas. Ha llegado un punto en esta guerra en la que todos nos conocemos. Sabemos los puntos débiles de los demás, y sus movimientos. Estamos en lo que ajedrecísticamente hablando se conoce como tablas. ¿Juegas al ajedrez?
    —Sí… lo que me sorprende es que vosotros lo hagáis.
    —Lo inventamos nosotros. En fin. Lo que te vengo a decir es que es imposible avanzar. La guerra no encuentra vencedores, solo víctimas. Ningún bando consigue lo que se propone, porque el otro siempre trunca sus planes. ¡Ahí entras tú, fulup! Eres nuevo, tus ideas, si es que tienes alguna, serán imprevisibles. Podrás decantar la balanza de la guerra en nuestro favor.
    —¿Cuál es tu bando?
    —Pertenezco al Ejército de Resistencia Contra las Fuerzas Oscuras de la Magia Negra. O, dicho de otra forma, los buenos.
    —¿Y qué pretendes que haga yo? Solo soy un currito.
    —¡Pero eres nuevo! ¿No me escuchas? Partiremos hacia la tierra del rey, le conocerás y, como no sabe nada de ti, ni conoce tus intenciones, le rebanarás el cuello. El rey, no hace falta que lo aclare, es el que manda en el Ejército de las Fuerzas oscuras de la Magia Negra. Y ¿cómo vamos a ganar? Seguro que te lo has preguntado, fulup. Vamos a hacer una profilaxis.
    —Perdona, ¿una qué?
    —¿No dices que has jugado al ajedrez?
    —Sí, de pequeño, con el borracho de mi padre.
    Gurux suspiró y se puso la mano en la frente.
    —Se trata de una jugada con la que intentas evitar que tu oponente mejore su situación mientras tú mejoras la tuya. Atacaremos al ejército del rey, él vendrá a por nosotros, como siempre y, mientras tanto, tú le darás matarile. ¡Brillante! ¿No te parece?
    Jaime no sabía qué decir. Seguía pensando que estaba soñando. Miró a Gurux, a sus ojos felinos, a su hocico abierto en una extraña sonrisa. Se encogió de hombros y se preguntó qué perdía por seguir en aquello un poco más.
    —Supongo que sí —fue lo único que consiguió decir.

© M. Floser.

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2 comentarios sobre “EL CUENTACUENTOS: PROPÓSITO 2

  1. Me he reído mucho, me está pareciendo muy interesante. A ver si vemos en el siguiente también un poco de la personalidad de Jaime que parece bastante desarrollable en plan “bah…humbugs!” jajajja ¡Felicidades! Mis siguientes palabras son “obscenidad”, “argón” y “embotellador”.

    1. ¡Gracias! Va a ser toda una lucha de borderías. Ahora está un poco flasheado por haberse encontrado con un bicho parlante que es tan gilipollas como él mismo. ¡Apunto tus palabras para la tercera parte!

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